miércoles, 28 de diciembre de 2011

Alta Bossa! (Alfredo Casero en aquellos buenos viejos tiempos)

Guille Torrent, en el domingo navideño nos trajo el recuerdo de aquellos buenos tiempos de Alfredo Casero, Capusotto y toda la banda de Cha Cha Cha...


martes, 27 de diciembre de 2011

Moyano, Cristina y la “guerra real”

Columna en Diario Alfil, miércoles 28 de diciembre de 2011



Fernando Rosso
frossocba@gmail.com

En un artículo anterior preguntábamos si la dinámica del enfrentamiento entre el Gobierno y Moyano, tendía hacia la “guerra absoluta”. La pregunta era pertinente y podemos decir que todavía lo es. En la teoría militar, la “guerra absoluta” es la ascensión hacia los extremos que toda guerra, como desarrollo complejo del duelo, lleva en su naturaleza. La “guerra real” es la que, entrando en juego la moderación de la política, impone sus límites a esta tendencia. Napoleón fue en la historia, mientras duró su estrella, quien más acercó la guerra a su concepto “natural” y cambió para siempre las reglas de la estrategia.
Con los límites que tiene toda comparación y más aun la que puede hacerse entre guerra y política, podemos afirmar que en el caso del conflicto entre Moyano y Cristina, la política mezquina de los “beligerantes” marca la impronta del limitado enfrentamiento.
La estrategia de Moyano, se mantiene todavía en el clásico “golpear para negociar”, con la intención de sostener su rol como una pata esencial en la estructura de la coalición gobernante. Pretende seguir siendo el garante de las paritarias en “paz” y un factor clave de contención de las aspiraciones de los trabajadores, que fueron en  un lógico aumento durante estos años de crecimiento. Con este objetivo, su “guerra real” no puede pasar del discurso, un tanto subido de tono y hasta desafiante como el que dio en Huracán, pero discurso al fin.

El corporativismo moyanista

Los trabajadores argentinos tienen muchos fundamentos en su cruda realidad objetiva para ir a una disputa con el gobierno. Al programa de Cristina y su arenga permanente contra las huelgas, los piquetes y cualquier acción sindical por mínimos reclamos, se le puede responder en forma contundente o a la manera moyanista.
Luego de casi 9 años a tasas chinas, prácticamente la mitad de los trabajadores está en negro o precario, lo esencial de las leyes flexibilizadoras aprobadas bajo el menemismo y la Alianza (ley de contrato y de trabajo, tercerización y tantas otras modalidades de precariedad laboral), se mantienen vigentes. El empleo creado durante estos años tiene estas características inestables. La recuperación salarial no permitió a la gran mayoría alcanzar la canasta familiar y el fenómeno de “trabajadores pobres”, es decir, personas con empleo que no alcanzan a superar la línea de pobreza, es una novedosa invención de los años kirchneristas.
No hubo reclamo en el discurso moyanista de Huracán que se refiera a alguna de estas cuestiones y desde el mismo gobierno le marcan estos “olvidos” y lo acusan de “corporativo”, que sólo tiene interés en defender su caja y a sus afiliados y no le importa los que están más abajo en la escala social. Si algo de verdad hay en esta afirmación, pierde valor cuando se la escucha cínicamente de boca de un gobierno que no hizo nada por cambiar sustancialmente esta realidad y peor aún se aprovechó de ella para su “milagro económico”. Como sentenció Marshall McLuhan y se evidencia certeramente en este caso, “el medio es el mensaje”. O el medio convierte al mensaje en su contrario.

Ataque en la defensa                       

La estrategia de Moyano es defensiva. Quiere defender su lugar en la inestable coalición de gobierno, consecuentemente, defender la caja de las obras sociales y en última instancia “blindarse” políticamente ante los tribunales. Con ese moderado programa y esos mezquinos objetivos no hay “guerra absoluta” posible y en su “guerra real” busca desesperadamente un armisticio. La amplia masa de trabajadores argentinos, mira el enfrentamiento como algo ajeno, cuando está en juego gran parte de su futuro. Pero el programa de Moyano y sus objetivos no pueden generar una “fuerza moral”, o para decirlo en criollo, lograr el entusiasmo más allá de una franja que, aunque maneja resortes estratégicos, no deja de ser una minoría de la clase trabajadora.
Pero el final sigue abierto, porque el gobierno con su omnipotencia del 54% y su hoja de ruta de “sintonía fina” puede extremar el enfrentamiento, más allá del limitado plan “vandorista” de Moyano.
Las fiestas imponen de hecho un “cese de hostilidades”, habrá que esperar los movimientos del gobierno y el jefe de la CGT, en el año que está por comenzar. Luego de los brindis y los festejos de rigor, las paritarias serán el escenario de los primeros enfrentamientos. Así lo adelantan las escaramuzas de los empleados judiciales y los trabajadores de la AFIP que realizaron paros en los últimos días del año y la amenaza de Pablo Moyano, de “paralizar el país” en los primeros días de enero, si las empresas no otorgan un plus de $2500.  
La cuestión salarial y el cese de subsidios, el encarecimiento de los servicios y su consecuencia lógica en la inflación, arman un combo que deja poco margen de maniobra a la moderación y el resurgimiento de la tendencia hacia los extremos pondrá a la “guerra absoluta”, no sólo con Moyano, sino y más estratégicamente, con el conjunto de los trabajadores, nuevamente como interrogante probable.   

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los mártires de la Revolución egipcia

Reposteamos del blog de Hossam, bloguero trotskista egipcio, este impactante documento sobre la Revolución egipcia y sus mártires. Agradecemos a Carlos Broun del blog Imaginación Subversiva, el envío del link con el video.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Gobierno y pejotismo: otra interna latente

Columna Diario Alfil 20/12/11



Fernando Rosso
frossocba@gmail.com
@RossoFer

Parece que la presidenta y sus principales asesores le dan un valor sin límites a la importante cantidad de votos que le permitieron la reelección el pasado 23 de octubre.
Como si esa foto, que expresó más el pasado de los años de crecimiento, que el presente y futuro de “sintonía fina”, fuera mágica, eterna y le permitiera abrir varios frentes simultáneamente, con  pretensión de triunfo en todos.
Con esta táctica de “ofensiva permanente” y mientras la escena política y mediática de la semana pasada era ocupada por el cruce con Moyano, en otro teatro de operaciones se desataba el enfrentamiento de baja intensidad con Scioli, el más pejotista de los kirchneristas o viceversa, quien apuesta a cambiarle el contenido al cristinismo, por ahora, desde adentro.
La tropa de cristinistas puros que dirige políticamente el vicegobernador de la provincia de Buenos Aires, Garbiel Mariotto y adoctrina “ideológicamente” el periodista Horacio Verbitsky, pretende avanzar en ocupar espacios de poder en esa estratégica provincia, donde se decide gran parte del destino del país.
La gresca entre la división de Infantería de la policía bonaerense y los muchachos de La Cámpora, en las puertas de la Legislatura provincial, el día de la asunción de Socioli, sacó al relucir el primer episodio de un enfrentamiento que seguramente se desarrollará con altas y bajas hasta el 2015.

Scioli y “el Perro”

Horacio Verbistsky dijo alguna vez que el apodo de “El Perro” se lo debe al periodista y escritor Paco Urondo, que lo bautizó de esa manera por “su buen carácter”, otra versión afirma que es por el seguimiento sistemático que le da a los temas o personalidades en sus investigaciones. Menos literaria, mítica o diplomática fue la diatriba del Jefe de Gabinete de Scioli, Aleberto Pérez, en su respuesta a la nota publicada el domingo por el periodista de Página 12. “Por algo le dicen perro”, sentenció el funcionario del gobierno bonaerense, “porque cuando se la agarra con alguien no lo suelta más” explicó, e incluso sugirió que Verbistky escribe y crea “cosas ficticias” cuando se ensaña con una persona.
El motivo de esta virulenta respuesta, a la que se sumaron otras del mismo tenor que deslizaron funcionarios del gobierno bonaerense vía Twiter (el último y modernísimo escenario de disputas políticas en 140 caracteres), se debió a las afirmaciones de Verbistky en su columna del domingo. Allí, aparte de denunciar las evidentes relaciones de la Bonaerense con el poder político y judicial, atacó especialmente a la Secretaria de Derechos Humanos de Scioli, a quien ubicó como parte de una trama de encubrimiento y pacto político – policial para impunidades y negociados mutuos.
Otro “affaire”, esta vez con el ideólogo del oxímoron llamado “izquierda K”, que confía en avanzar sobre los factores reales de poder de los barones del conurbano y su santa alianza con los uniformados de la Bonaerense, disparando salva a través de sus interminables columnas dominicales en Página 12. Como dice el refrán “Perro que ladra…”
Por arriba, la relación entre Cristina Fernández y “Daniel”, mantiene la cordialidad de una alianza política. Sin embargo, sin la posibilidad de reelección, el gobernador bonaerense aparece como uno de los sucesores que puede encolumnar a gran parte del peronismo, incluidos varios gobernadores con una relación tensa con la Casa Rosada (teléfono para De la Sota).
La coalición gobernante cruje y desata crisis políticas, con el moyanismo por un lado y con el “pejotismo” interno y su siempre latente rol de “quinta columna”, por el otro. Todo junto y para nada armoniosamente. Y estas crisis, se dan a poco de ganar las elecciones y cuando todavía la economía argentina no recibió los golpes más serios de la hecatombe que recorre el mundo.
La estructura de poder del “bonapartismo” cristinista, una versión desmejorada del mismo sistema que funcionó bajo la dirección de Néstor Kirchner en "aquellos viejos buenos tiempos”, no aparece como sólida para enfrentar a los poderes fácticos de sindicalistas, barones con poder territorial y policías bravas. No alcanza con las plumas afiladas de periodistas y “jóvenes” trepadores (o “chicos bien” como dulcemente los llamó Moyano) cuya máxima utopía es el cargo más alto al que puedan llegar.
Siempre está la alternativa, que en última instancia se aplicó hasta ahora, del pacto y la subordinación a esos factores reales de poder, que fue dejando cada vez más desilusionados a un lado y otro del camino.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Cristinismo y moyanismo ¿hacia la guerra absoluta?

Columna en Diario Alfil 16/12/2011



Fernando Rosso
frossocba@gmail.com
@RossoFer

“La sangre no va a llegar al río”, repetían, más como expresión de deseo que como realidad, los defensores del gobierno que ven como muy peligrosa una ruptura con Moyano. “Es el clásico ´vandorismo´ que practica Moyano y su táctica de ´golpear para negociar´”, se autoconsolaban otros, para contemporizar la “guerra” dialéctica, que se aceleró en estos días con el discurso de asunción de Cristina Fernández  y la contundente respuesta de Moyano en el masivo acto camionero.
Si no llegó al río, bordea la ribera y más allá de la intención de los protagonistas, la lógica interna del enfrentamiento puede adoptar una dinámica propia y deslizarse hacia los extremos.
La réplica de Moyano al discurso presidencial abarcó todos puntos sensibles al cristinismo. Se despachó contra “La Cámpora” y sus “niños bien”, ya que el 54% de los votos, no son de su exclusividad y por lo menos la mitad, según él, se lo debe “a los trabajadores”. Respondió a la acusación de “extorsión” que había lanzado Cristina, por el supuesto abuso del “derecho de huelga” por parte de sectores de una presunta “aristocracia obrera”, que corporizó en petroleros y docentes santacruceños.  Reclamó por los fondos de las obras sociales y la suba del mínimo no imponible. Facturó todos y cada uno de los actos de apoyo que realizó durante estos años al “proyecto”. Y no se olvidó de los desplantes que tuvieron que tragarse en el armado de las listas, donde fueron pocos los cargos otorgados al sindicalismo. Renunció a sus cargos en el PJ y como si estuviera emulando a alguno de los representantes del Frente de Izquierda lanzó la consigna de “que la crisis la paguen los empresarios y los banqueros y no los trabajadores”.
A partir de ahora, para cierta corporación mediática, Moyano se convirtió en un “alma bella”, un defensor genuino de los trabajadores. Para la obsecuencia kirchnerista que adoptó el nombre de “periodismo militante”, quién hasta ayer era el “compañero Hugo”, pasó a convertirse en cómplice número uno de Clarín.
En su clásico “Adán Buenosayres”, Leopoldo Marechal sentenció que “de todo laberinto se sale por arriba”. Efectivamente del laberinto de relatos que cruzan este enfrentamiento, sólo se puede salir levantando la mirada por arriba de los mezquinos intereses de las industrias comunicacionales, oficialistas u opositoras.

Las razones de Moyano

Son varios los motivos de la respuesta de Moyano. La etapa de “sintonía fina” y la nueva e íntima relación de Cristina con los empresarios, marcaron el fin del “nunca menos” ( del que ya no se escucha ni el candombe). A Moyano, la experiencia le dicta que la combinación de quita de subsidios y contención de paritarias, sin entregar nada a cambio, aunque sea para un sector de los trabajadores, es una movida riesgosa. La diatriba en el acto de Huracán, significó más que un reclamo, una advertencia. Y a la vez, en el recuerdo de todos los momentos en que los dirigentes sindicales fueron útiles al “proyecto” y en el llamado a contener los precios, Moyano se sigue ofreciendo como el mejor garante del “orden” y la pasividad del movimiento obrero. El reclamo por la suba del mínimo no imponible, se plantea como parte de esta estrategia.
El planteo por los fondos de las obras sociales y contra las causas judiciales por los medicamentos, lleva el mensaje implícito de que éste y otros negocios recurrentes entre una millonaria dirigencia sindical, son “legítimas” licencias que se toman y una “justa” contraparte por su importante rol de contención. Y a la vez una amenaza, ante una posible avanzada judicial que el gobierno pretenda alentar.
En el terreno estrictamente político, ante el desplante sufrido en el propio peronismo, parece alentar alguna versión de un “partido sindical”, una especie de laboralismo peronista o de “lulismo” a la argentina. Los espectros del posible relanzamiento del MTA (el Movimiento de Trabajadores Argentinos), el agrupamiento de oposición al menemismo que impulsó Moyano en los 90 pueden indicar señales en ese sentido. El único problema que tiene para este proyecto es su pasado, histórico y reciente. Sus orígenes en lo más rancio de la derecha peronista y sus alianzas sindicales y políticas que incluyen su apoyo militante a la devaluación duhaldista y su defensa corporativa de una dirigencia sindical corrupta, llevan a su imagen por el suelo y una mala fama, bien ganada, que se hace extensiva a gran parte de la dirigencia sindical de este país. Además entre los propios sindicalistas, hasta ahora no tiene muchos seguidores,  gran parte de ellos prefieren seguir ocupando un lugar seguro, bajo el manto del 54%.

Los cálculos del gobierno

Por el lado del gobierno, el cálculo de Cristina Fernández es que los votos de octubre fueron, efectivamente un “cheque en blanco” todo terreno, que le permite armar y desarmar la coalición gobernante y construir desde allí un “cristinismo puro”, prescindente de los aparatos del peronismo. En el incidente de los jóvenes de La Cámpora con la policía bonaerense, salió a la luz el velado enfrentamiento con el pejotismo, que ve en Scioli a su esperanza blanca y a uno de los posibles sucesores. En la pelea con Moyano, hay un mensaje para toda la clase trabajadora.
Estudiosos del peronismo dicen que puede analizarse su historia reciente con una metáfora arquitectónica. El peronismo es como una casa de dos pisos. El “piso de abajo” está conformado por el poder real de intendentes, gobernadores y la CGT, y se mantiene siempre constante. El “piso de arriba”, la conducción y la presidencia (cuando están en el poder) se puede “alquilar” al personal político que responda a las tendencias del momento: neoliberal en los años menemistas, nacional y popular, bajo el kirchnerismo. Como afirmó un bloguero peronista “el problema de La Cámpora” (y ahora de Cristina?), es que pretende “escriturar” el piso de arriba y desde ahí quedarse con la casa entera.
La cuestión adicional, pero no menos importante, es que la Argentina y sobre todo la clase trabajadora de hoy, no es la misma que en los años 90. No sólo ha crecido numéricamente, sino que también y como parte de la experiencia pos – 2001, desarrolló una tendencia, minoritaria pero intensa, conocida como el sindicalismo de base. Los conflictos de Kraft-Terrabusi o ferroviarios, mostraron su potencialidad, que puede ampliarse y desarrollarse en el marco de esta “guerra de consorcio” de la gran casa peronista. Seguramente un daño colateral y un efecto no deseado, ni por Cristina, ni por Moyano.     

El 2001 y los años kirchneristas

Publicado en La Verdad Obrera 457 del 15/12/11




Eduardo Castilla / Fernando Rosso

En anteriores números de LVO reflejamos algunas de las principales discusiones en torno a las jornadas revolucionarias de diciembre del 2001. Intentamos dar cuenta allí de la intervención del movimiento obrero, los movimientos piqueteros y las tendencias políticas que se habían expresado en esta crisis.
Al mismo tiempo discutimos los límites que tuvieron esas jornadas para imponer una salida propia de los explotados, lo que permitió que el proceso terminara siendo encarrilado por la burguesía de la mano del peronismo, primero con Duhalde y después con los Kirchner.
Sin embargo, la clase dominante se vio obligada a recurrir a distintos mecanismos políticos y sociales e ideológicos para poder canalizar la situación, al tiempo que intentaba reconstruir la autoridad estatal, fuertemente cuestionada por la acción de masas.

Crisis de autoridad y restauración

El 2001 expresó un momento de “escisión” (al decir de Antonio Gramsci) entre las masas y sus representantes políticos tradicionales. Tal escisión con el régimen político y sus instituciones - la justicia, el parlamento, los grandes medios de comunicación y la burocracia sindical - se manifestó en el lema de cientos de miles: “que se vayan todos”.
Las jornadas del 19 y 20 dejaron establecida una relación de fuerzas a favor de las grandes masas que no podía ser obviada por quienes tomaron las riendas del poder estatal. Así, se vieron obligados a capear el temporal recurriendo a toda clase de “promesas demagógicas”[1] en la búsqueda de recomponer la autoridad y evitar que la crisis se siguiera llevando puesto al personal político del estado. Esa fue la tarea que el kirchnerismo (bajo el gobierno de Néstor y luego con Cristina Fernández)  vino a realizar.
Hace poco definíamos: “Es evidente el rol restaurador de la coalición gobernante (…). Tuvo su primera fase ("kirchnerista pura") donde la propia burguesía tuvo que aceptar "compromisos y limitaciones" para ocultar el elemento restaurador: paritarias, discurso "setentista", de "no represión" a la protesta social, demagogia en DDHH, ocultamiento de los impresentables del peronismo; y la nueva fase ("cristinista") donde se propone realizar la restauración hasta el final: pérdida de peso y poder de los sindicatos y ataque a la izquierda sindical clasista en particular, discurso contra los piquetes, alianza más fuerte con los empresarios, Boudou como la "gran figura" del "nueva" coalición, apoyo abierto en y al aparato pejotista” [2].
Hoy, con el evidente giro a la derecha, podemos agregar que el acercamiento abierto a los empresarios y la condena a las acciones de lucha de la clase obrera y a sus organizaciones son nuevos elementos que reafirman esa sentencia.
La recuperación económica, que comienza en el año 2003, fue un elemento esencial el asentamiento del proyecto restauracionista. Y esta recuperación tuvo dos motores centrales: la devaluación duhaldista, que significó un saqueo al salario e hizo relativamente “competitiva” a la economía argentina, y el crecimiento internacional que favoreció especialmente a las materias primas que exportaba el país.
Hay un debate sobre el carácter del kirchnerismo, donde los partidarios del gobierno argumentan que éste es la respuesta política  legítima y “progresista” a la crisis del 2001. Hay algo de verdad en esta lectura, no puede entenderse el kirchnerismo sin el 2001. Pero para nosotros más que una respuesta histórica progresiva, fue el emergente de una ausencia: la de la clase obrera ocupada y su representación política, es decir su propio partido revolucionario. Esta ausencia, como describimos en los artículos anteriores, fue producto del rol traidor de la burocracia sindical y de las derrotas que habían minado estructuralmente la fuerza de los trabajadores, durante los años 90 (con la desocupación como máxima expresión). Sobre la base de esta debilidad de “los de abajo” pudo montarse el proyecto restaurador. Los cuestionamientos y las demandas expresadas en las calles en las jornadas del 2001 y durante los meses siguientes no obtuvieron respuestas bajo el ciclo kirchnerista. Se tomaron, sobre todo en el discurso, demandas parciales y se cambiaron las formas, pero la sustancia de la estructura del capitalismo semicolonial argentino quedó, hasta hoy intacta. Las salidas que propone Cristina, ante el nuevo episodio de la crisis internacional, constatan esta realidad.

Las relaciones de fuerza y un nuevo “espíritu de época”, legados del 2001

Si esta fue la salida política “por arriba” a la crisis del 2001, la experiencia de las jornadas revolucionarias y el proceso que abrió, dejaron tendencias profundas “por abajo” y un nuevo “espíritu de época” en la experiencia de las clases.
En primer lugar, las tendencias asamblearias y a la acción directa. Las asambleas populares surgidas al calor de las jornadas de diciembre sentaron una tradición que se continuó en distintos sectores del movimiento de masas. Tradición que se enlazó y combinó con las tendencias a la acción directa como medio de solución a diversos reclamos. El periodista José Natanson señala: “Así como el burbujeo asambleario pos 2001 tenía antecedentes remotos (…), sus secuelas no se limitan a tres o cuatro meses de entusiasmo: desde el movimiento ambientalista de Gualeguaychú a –guste o no– los cortes de ruta decididos en asambleas por los productores rurales durante el conflicto del campo, con su conato de cacerolazo incluido, parece evidente que la dinámica de autoorganización ha dejado una marca y un aprendizaje. Quizás el resultado más significativo de la crisis del 2001 sea el haber consolidado una sociedad en estado de alerta permanente (…)”. (Diez años después, ahora. Le Monde Diplomatique. Diciembre de 2011)
Estas tendencias tuvieron una expresión particular en el movimiento obrero, donde vimos el desarrollo extendido de la ocupación de empresas y luego el fenómeno del  sindicalismo de base, como emergente de un cuestionamiento a la burocracia sindical. La base objetiva de este proceso estuvo en la recuperación económica y en el crecimiento de la ocupación en las filas obreras. Los rasgos de desarrollo subjetivo tuvieron su origen en la continuidad de una burocracia sindical mafiosa y propatronal que contradictoriamente, en estos años, pudo sostener una ubicación negociadora gracias a las enormes ganancias capitalistas, pero que generó el surgimiento de fracciones importantes a su izquierda.
La experiencia de Zanón bajo gestión obrera, que está cumpliendo 10 años y la corriente organizada alrededor del periódico Nuestra Lucha, ayudaron a poner en pie una tendencia clasista en el movimiento obrero a nivel nacional, como parte de ese sindicalismo de base. Una corriente que desarrolle este elemento “democrático” que emergió en el 2001 e incluso de un salto a dar batalla también en el terreno político. Quizá ésta sea la marca más importante, incluso más que la gestión obrera misma, que dejará en la Historia, la enorme epopeya ceramista. El intento de ubicarse como un “nexo” entre lo más avanzado que dieron las jornadas y las experiencias actuales de la clase obrera.  
Asímismo las tendencias a la autoorganización y la acción directa emergieron en grandes luchas estudiantiles. En Córdoba y la UBA se desarrollaron las Asambleas Interfacultades en el 2005. En estas mismas ciudades surgieron asambleas “interestudiantiles” el año pasado, agrupamiento que dirigió la grandes movilizaciones y tomas de establecimientos por las mejoras edilicias y contra la reforma educativa.
Otra expresión de esas tendencias a la acción directa, combinadas con elementos de guerra civil, se vieron en los grandes combates que libraron los hermanos inmigrantes por tierra y vivienda y que culminaron con la salvaje represión del Parque Indoamericano; o la lucha del pueblo de Ledesma en Jujuy, también brutalmente reprimida por el gobernador kirchnerista Barrionuevo y la patronal del “cristinista” Pedro Blaquier.
El segundo aspecto central que emergió en los últimos años y expresa la relación de fuerzas existente desde el 2001, es lo que definimos como “aires igualitarios”, que expresaron el profundo sentimiento de millones de hacer valer en la realidad la presunta “Igualdad ante la ley”. El 2001 fue un golpe fenomenal y una reversión de una parte de las rémoras culturales e ideológicas de la década de los 90. La juventud que creció al calor de aquellas jornadas pudo superar, en parte, el individualismo reinante en los años menemistas, mucho de esos jóvenes entraron a las fábricas y empresas y son parte de una nueva generación obrera y estudiantil que todavía tiene mucho para decir.
Un ejemplo nítido de estas aspiraciones se vio en la conquista de la Ley de Matrimonio Igualitario que se discutió ampliamente en los lugares de trabajo y que contó con un consenso generalizado, derrotando el intento reaccionario de la Iglesia de impedir la sanción de la ley. Otro gran ejemplo de esta tendencia fue la lucha de los tercerizados del ferrocarril Roca, que logró el pase a planta permanente de 3000 trabajadores. (Ver Entre los aires de igualitarismo y los proyectos de restauración, LVO 384).
Sacar lecciones del proceso de conjunto, las grandes maniobras que la burguesía tuvo que llevar adelante, así como retomar las mejores experiencias legadas por el 2001, es una tarea central para dotarse de una programa, una estrategia y un partido que se prepare para vencer.


[1] “La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas; si es necesario hace sacrificios, se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas, pero se mantiene en el poder, lo refuerza por el momento y se sirve de él para destruir al adversario y dispersar a su personal directivo que no puede ser muy numeroso y adiestrado” (http://www.gramsci.org.ar/)
[2] Del "Nac&Pop" a la restauración (leyendo desde Gramsci al kirchnerismo) en http://elviolentooficio.blogspot.com/2011/09/del-nac-la-restauracion-leyendo-desde.html

lunes, 12 de diciembre de 2011

El cristinismo y su nueva guerra “contra el enemigo común”

Columna en diario Alfil 14/12/11





Fernando Rosso
frossocba@gmail.com

El discurso de asunción de la presidenta Cristina Fernández cierra formalmente un ciclo político. Aunque haya sido reelegida, mantenga prácticamente a todos ministros y más en general, aunque el núcleo político que llegó al poder en el 2003 sea esencialmente el mismo; en el inicio de su segundo mandato, termina de abrir una nueva etapa que ya comenzaba a vislumbrarse.
La elección de adversarios y enemigos, marca el tono de la sintonía (“fina” o no) de los nuevos tiempos. Cristina Fernández cambió los adversarios tácticos, por un enemigo estratégico.
No es la pelea con “el campo” que se prepara, a pesar de cierta baja de los precios internacionales de la soja, a una nueva cosecha récord en términos de volumen. Tampoco es la famosa y a esta altura folklórica “guerra” con Clarín, que mantiene gran parte de su poder económico y mediático y en última instancia, fue el argumento para crear un monopolio comunicacional oficial, constructor de un “relato” que no se destaca precisamente por la “objetividad periodística”.
El nuevo desafío estratégico que se propone el “cristinismo” es enfrentar al movimiento obrero, sus organizaciones y sus métodos de lucha.

El peronismo y el (no) derecho a huelga

Para esta nueva “causa”, la presidenta no dudó en ubicarse por arriba e incluso “a la izquierda” del mismo Perón. Su referencia a la no existencia del derecho a huelga en el primer gobierno peronista generó controversias varias y no estuvo exenta de una maniobra y una media verdad histórica. Efectivamente en la constitución peronista aprobada en el 1949 no existía el derecho a huelga. Su mentor intelectual, Arturo Sampay, pertenecía a una corriente ideológica del derecho, conocida como el “constitucionalismo social”, que intentaba dar forma legal a la utopía peronista de la armonización entre el capital y el trabajo. Para Sampay, la huelga era un derecho “natural”, que se imponía en la realidad con la fuerza de un hecho, por lo tanto no debía tomar la forma de “derecho positivo”. José Pablo Feinmann, que no es lo que se dice un crítico del gobierno, respondió al exabrupto, recordándole a Cristina que la Constitución del 49 incluía otros derechos como la pretendida “función social” de la propiedad privada, la “humanización del capital” y el carácter nacional, inalienable e imprescriptible de determinados recursos naturales. Para el peronismo, la no inclusión del derecho a huelga, bajo esta fundamentación, también era una forma de no legislar “positivamente” aspectos y acciones que podían expresar una mínima autonomía de la clase trabajadora. En el mismo sentido fueron la liquidación del Partido Laborista en los orígenes del peronismo, así como la no inclusión de las comisiones internas en su legislación laboral, a pesar de que alentó la organización de sindicatos, a la par que impuso la tutela del Estado y el verticalismo en la conducción.
Si las formas que adopta el Estado tienen su fundamento en las relaciones de fuerzas sociales, el estado peronista fue la condensación de determinadas relaciones de fuerzas, no solo nacionales, sino internacionales, que le permitieron imponer, no sin éxito, la contención del movimiento obrero, cuando comenzaba a adoptar suficiente fuerza objetiva y subjetiva para ser parte de la vida política nacional. Evitar que esta irrupción se diera de manera independiente fue, en términos gramscianos, una “gran política”, que demostró que Perón poseía algunas condiciones de estratega.

Kirchnerismo y estado

Nada en esta historia se asemeja a la situación de la Argentina de los años kirchneristas. La dictadura militar y el llamado “neoliberalismo”, cambiaron radicalmente las relaciones de fuerza y por consecuencia, las formas del estado.
El kirchnerismo, devenido en “cristinismo”, vino a restaurar la autoridad estatal cuestionada por la crisis del 2001. Pero lo que se “restaura”, en esencia, es el mismo estado que legó la dictadura y el menemismo. No por nada el personal político que acompañó a los Kirchner, también estuvo al lado de Menem y de Duhalde (empezando por ellos mismos). Las privatizaciones, las leyes de flexibilidad y la precariedad laboral, la propiedad de la tierra, el dominio transnacional y monopólico de la cúpula empresaria, son condiciones que se sostienen casi inalterables. El “relato” de los primeros años y la conquista de las paritarias, fueron imposiciones de las circunstancias, para apagar las llamas de la crisis y evitar que también se los lleve puestos a ellos, como había sucedido con De la Rua, Duhalde o Rodríguez Saa.
Desde este punto de vista, jactarse de la existencia del “derecho a huelga” y pretender ubicarse como una “superación” del peronismo en este terreno, es una exageración propia de la soberbia inscripta en la naturaleza del kirchnerismo.
Y más aún, cuando esta comparación se utiliza no para una reivindicación de este derecho, sino para su demonización sin pruritos. En los docentes y petroleros santacruceños, condenados por el discurso presidencial, está el espejo en el que deben observarse todos los trabajadores del país.
El “nunca menos” viró hacia la “sintonía fina”, que en principio era un confuso eufemismo y fue tomando formas concretas al calor de los discursos y las medidas de gobierno. La contemporización con los empresarios (exultantes con el último discurso), demuestra que los adversarios tácticos pasan a revistar como aliados estratégicos en esta nueva batalla que, parafraseando a Eric Hobsbawn, es “contra el enemigo común”.
Pero si el mismo Perón “sufrió” los límites que imponía su propio proyecto político a sus condiciones de estratega, Cristina Fernández y su movimiento “invertebrado”, nos permiten dudar de sus capacidades de conducción para esa decisiva guerra, por mucho que se compare y hasta se pretenda superior al fundador del movimiento político más importante de la argentina moderna.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

La dirección, la representación y la autoridad (a propósito del debate con el PO)


Nos pareció muy buena la respuesta de Matías Maiello a Pablo Rieznik, en el debate abierto con los compañeros del PO. Y en parte este último lo reconoce por la forma en que da por concluido el debate, sin responder a ninguna de las cuestiones centrales.
Nosotros queremos agregar o problematizar alrededor de la cuestión de la relación entre dirección y representación de la clase obrera, que Rieznik pone sobre el tapete en una de sus respuestas. 
El dirigente del PO plantea esta relación en términos de opuestos absolutos. Afirma tajantemente que el problema de la clase obrera "no es de representación, sino de dirección".
Discutiendo contra un presunto asambleísmo sin contenido o sin programa, se despacha contra las asambleas porque son la expresión del autonomismo.
Para esto nos remite a al texto de Engles "Sobre la autoridad", que presuntamente vendría a respaldar su planteo.
Hay una extensa literatura en el marxismo (y más aún después de la experiencia estalinista) sobre la compleja relación entre autonomía y dirección consciente, que Rieznik descarta en una frase.
El texto de Engles fue escrito a propósito del debate con anarquistas y "antiautoritarios", que negaban la necesidad, en última instancia, de la dictadura del proletariado. Es decir, de un estado de transición donde la clase obrera necesariamente aplica su autoridad con medios de coerción y violencia si es necesario, a las viejas clases dominantes para obligarlas a ceder su poder. De aquí que califica a las revoluciones como uno de los actos más "autoritarios" que existen en la historia. Para esto analiza el desarrollo de la sociedad y la centralización de la misma producción y del modo de producción de conjunto, para afirmar que la "autoridad", delegada o no, está impuesta por las circunstancias y por lo tanto es necesaria.
Un partido revolucionario que pretenda dirigir a la clase obrera al poder, tendrá que tener autoridad sobre la misma clase y sobre los sectores aliados, para que sean acatadas sus directivas.
Pero la pregunta es ¿como se gana esa autoridad?. Suponemos que vamos a estar de acuerdo en que no será solo repitiendo que "así es la sociedad centralizada, nosotros somos un partido centralizado, con un programa revolucionario, por lo tanto dejen de seguir a la "autoridad" a la que hoy responden y sigan la nuestra". El debate de Engles tenía un carácter teórico-político con sectores avanzados de la clase obrera y de la intelectualidad anarquista y socialista, que negaba toda autoridad y todo estado, no plantea en ese folleto, las vías por las cuales la dirección política puede ganar autoridad sobre la clase obrera. Era una discusión en otro nivel de abstracción sobre la necesidad o no de una autoridad.

Y en esta cuestión, de como ganarse la "autoridad", tiene mucho peso la batalla por la democracia obrera, sobre todo en el proletariado industrial (aunque también en los otros sectores de la clase obrera e incluso del movimiento estudiantil), contra la dictadura patronal-burocrática que reina en las fábricas. 
Cualquier trabajador reconoce la importancia (insistimos sobre todo en el proletariado industrial) no sólo de que se vote efectivamente, sino que se discuta y que se acaten las decisiones de la mayoría. El clasismo cordobés, que desde el punto de vista de la dirección política fue muy limitado, pasó a la historia también porque logró imponer ese poder dentro de las fábricas, que comenzó con el primer paso de poder votar, para avanzar en ganar poder real e imponerle límites a la patronal. Al tal punto que algunos historiadores lo destacan como el elemento esencial de la experiencia clasista.
Entonces, la clase obrera efectivamente tiene "graves" problemas de "representación", tanto por lo que señala Maiello de los sectores a los que no representan los sindicatos etc., pero también porque enfrenta cotidianamente en fábricas y empresas una dictadura patronal-burocrática, interesada en que no decida sobre nada, a lo sumo plebiscite (ante los ojos vigilantes de la patronal y la burocracia), las traiciones cotidianas de sus actuales dirigentes.
Un partido que no esté a la cabeza de esas batallas por una nueva "representación" democrática de la clase obrera, difícilmente gane "autoridad" ante la misma y a través de ella en las masas.
Por lo tanto, la lucha por una nueva "representación" y por la democracia obrera y el sovietismo, entendido en este sentido, es un aspecto clave del programa de un partido revolucionario (así están destacados en el Programa de Transición en los puntos referidos a los "comités de fábrica" o a los soviets). Por supuesto que el programa no se reduce a esto y debe contener las demandas económicas mínimas, democráticas y transitorias que lleven a la clase obrera a la conclusión de la lucha por el poder; pero descartar de plano este aspecto, nos parece un error que expresa un "fetichismo-anti-soviético" y una concepción burocrática sobre la cuestión de como logran conquistar "autoridad" quienes pretenden ser dirección política de la clase obrera.
Dirección y representación expresan una unidad dinámica y dialéctica. A la pregunta ¿soviet o partido?, como bien plantea Maiello, los bolcheviques, Lenín y Trotsky respondieron "soviet y partido". A la pregunta ¿dirección o representación? corresponde plantear "dirección y representación". Una dirección reformista evita por todos los medios el surgimiento de organismos amplios de representación de las masas en lucha y sí surgen tratar de limitar su poder para subordinarlo al poder burgués y liquidarlos (Alemania 18/19). Una dirección revolucionaria lucha por desarrollar y ampliar la representación de la clase obrera y el pueblo, para enfrentar al poder burgués e incluso convertir esa nueva representación en "estado de nuevo tipo" (Rusia 17). Después del "fenómeno aberrante" del estalinismo y sus apelaciones a la "autoridad" (de la Historia y de la Revolución de la que eran "portadores") para imponer sus traiciones burocráticas, este debate es muy importante. Y además es concreto, basado en las tendencias reales con las que hay que luchar en el movimiento obrero (como también era concreto y situado el texto de Engles contra el anarquismo o el "Qué hacer" de Lenín contra el economicismo). Lástima que Rieznik haya concluido la discusión, cuando apenas comenzaba.


lunes, 5 de diciembre de 2011

El eterno presente del policial

Hicimos un "refrito" de este post, con el agregado de la creativa metáfora de Bensaïd sobre la "Novela negra del Capital" y se publicó como nota en diario Alfil. Reposteamos el artículo publicado



Fernando Rosso

frossocba@gmail.com

Es ampliamente conocido que el género policial es uno de los más populares de la literatura mundial. Cuando Borges escribió junto a Bioy Casares los Seis problemas para Don Isidro Parodi, una parodia (la redundancia fonética no es casual) del género, hizo una lectura particular del nacimiento del policial. En una conferencia que luego se introdujo como prólogo de este libro, decía que Edgar Allan Poe, en realidad no sólo había creado un género con su clásico "Los crímenes de la calle Morgue", sino que había engendrado un tipo especial de lector, lo que era un mérito mayor aún. Sí, Poe había creado “un lector desconfiado, lleno de sospechas, que lee con incredulidad, con suspicacia, una suspicacia especial”. Así, según Borges,   un lector de policiales que baja de otro planeta y le informan que "El Quijote" es en realidad un policial, cuando se encuentra con que "En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no acordarme...", comienza a preguntarse ¿cuál es ese lugar?, ¿por qué Cervantes prefiere no acordarse?, seguramente alguna complicidad tiene con aquello que sea que haya sucedido en ese  perdido (o escondido) lugar de la Mancha.... y así continúa su periplo (o su "pesquisa") por El Quijote en busca de descifrar el enigma, por caminos seguramente aterradores.
El fílosofo marxista francés Daniel Bensaid, descubrió que hasta “El Capital” de Marx, podía ser uno de los mejores exponentes del género. Un “enigma”, el de la explotación, basado en un robo y un crimen, el de la extracción “camuflada” de plusvalía. Como diría Engels es un perfecto asesinato, donde “la muerte parece natural”. En la bullanguera plaza del mercado, producto de la gran urbe moderna, se disimula este fenomenal delito con aire de “crimen perfecto”. La verdadera escena del crimen, no está en el mercado, sino escondida en las oscuridades de la producción. Marx-Sherlock y Engles Watson, dedicarán su vida a develar a los ojos de los obreros del mundo, el más bárbaro de los crímenes sociales. Y si falta alguna coincidencia, “El Capital” como muchos policiales, es una trilogía.
De Poe y Wilkie Collins hasta Stieg Larsson y su trilogía sobre "Los Hombres que no amaban a los mujeres", hay un largo camino recorrido por un género que produjo una pasión en esos lectores creados por el primero. Conan Doyle y el genio intelectual y un poco aristocrático de su Sherlock, el clásico de la época limpia de la "novela-problema", donde la escena del crimen nunca estaba presente, lo central eran las capacidades intelectuales para resolver el enigma con el uso racional de la inteligencia, en una época de certezas de las ciencias positivas y de confianza burguesa en la fuerza de la "Razón". Maurice Leblanc y su más mundano y hasta "lúmpen" Arsenio Lupín, “un anti-Sherlock” que trabajaba con la intuición y la astucia, más que con la razón. Chandler y su Marlow que junto a Hammet y otros inauguran el policial negro estadounidense y desde algún punto de vista la etapa crítica del género, donde se confunden buenos y malos, la ley no se sabe muy bien donde está y el Estado pasa de gran "Leviatán" y gran criminal. Expresión de la crisis de los años 20 y 30, la ley seca, el crimen organizado y el irracionalismo de la Gran Guerra.
En Latinoamérica tenemos a Leonardo Padura (famoso últimamente por su novela sobre Trotsky y su sicario), a quién su Mario Conde le permitió retratar (y denunciar) las contradicciones de la vida política y cotidiana de su Habana contemporánea. Mankell nos relata las historias de Kurt Wallander y saca a la luz lo que la Suecia moderna pretende esconder bajo la alfombra. En la misma línea Stieg Larsson que llevó a una fama mayor al policial sueco, nos regaló a Lisbet Salander, una vengadora de los martirios que sufren las mujeres y ella misma en la siempre, en apariencia, "pacífica" y "tranquila" Suecia.
Rodolfo Walsh, supo valerse del género para las más profundas denuncias de los crímenes sociales y políticos cometidos en este país.
Mankell, hace honor a la mejor tradición de la etapa crítica del género y en sus novelas policiales desentraña y se introduce en las complejas historias de los asesinos, el motor de sus odios y los motivos de sus venganzas personales (y sociales), convertidos en algunos casos en fetiches morbosos y sangrientos. Ahí se encuentran las respuestas que la mirada siempre superficial de la policía ("esto solo puede ser obra de un loco"), nunca puede resolver.
“El Chino” responde creativamente a todas las reglas de este canon. Un crimen espectacular en un ínfimo pueblo perdido en los bosques suecos, el asesinato de casi todos los habitantes, la mayoría de ellos ancianos y un niño. Degollados, algunos cortados en pedazos y donde las primeras autopsias muestran que en los asesinatos existió la intención de que se produzca un largo martirio previo a la partida a mejor vida.
Un desquiciado (o varios?)... pero sin embargo terriblemente preciso, un asesinato masivo, meticulosamente planificado. No era un crimen acorde a ese país, podía serlo para EEUU, pero no para Suecia. Mankell nos lleva a los antepasados de alguno de los habitantes de ese pueblo, cuando emigraron a EEUU y trabajaron como "capataces" de las empresas que construyeron las redes de los ferrocarriles y abrieron los caminos estructurales en los primeros pasos de la democracia americana. Empresas que "importaban" esclavos chinos y negros, secuestrados en Cantón o en otras grandes ciudades a las que a su vez habían  llegado desde la pobreza del campo, huyendo de sanguinarios terratenientes y en busca de un destino mejor. Los blancos suecos, a su vez empleados de las empresas constructoras y montadoras de rieles, esclavizando a los "perros amarillos" y a los "demonios" sin alma y sin cerebro de piel negra. Una denuncia, en primer lugar, de un "crimen" masivo y de origen en el surgimiento de los EEUU, pero también una descripción de los odios que casi un siglo después desencadenarían la revolución China. Y a la vez una descripción de las corrupciones y los pasajes por los cuales la burocracia china actual, pasó a nueva clase capitalista. Y "de yapa" una crítica a la vida conyugal y conservadora de las "exitosas" familias suecas, retratada a través de la historia de una jueza (Briggita Roslin), activista radical de los años 60s, que no recuerda en que momento y lugar dejó su vida apasionada de esos años, para convertirse en una esposa infeliz y una funcionaria encargada de impartir una justicia imposible.
Otra pieza (y van...) de la talentosa narrativa de Mankell e indiscutiblemente una de las mejores de su obra, aunque Kurt Wallander, no haya intervenido en este caso.


domingo, 4 de diciembre de 2011

El cordobesismo y la sintonía fina

Columna Diario Alfil 5/12/11



Fernando Rosso
frossocba@gmail.com

Con el cordobesismo se dio una paradoja similar a la que trajo consigo el último grito de la ciencia. Efectivamente, como ocurrió con el neutrino, no sabemos si superó la velocidad de la luz, pero llegó a morir, antes de nacer.
Por estos días, el gobernador electo derrocha gestos hacia el gobierno nacional, con la ambición (y la ilusión) de llegar a algún acuerdo que le permita sobrepasar la crisis económica y financiera del estado provincial.
El cordobesismo, que se promocionó como alternativa al kirchnerismo, trocó hacia una adhesión, prácticamente acrítica al “proyecto”, luego del 54% de Cristina Fernández el 23 de octubre. De la Sota confesó en ese acto ser un verdadero “marxista”, pero no de Carlos, sino de Groucho y su conocido aforismo sobre el necesario cambio de los “principios”, de acuerdo a las circunstancias.
En realidad es la expresión de la clásica “realpolitik” peronista, a la que no es menos afecto el cristinismo, que no tiene pruritos en aliarse a un hijo pródigo del menemismo como Scioli u otros gobernadores pejotistas como Insfrán, Soria o Barrionuevo. Tranquilamente, José Manuel de la Sota podría ser el último “sapo” que debería tragarse ese oxímoron que se conoce como “izquierda K”, en su acostumbrado ejercicio de la batraciofagia. Todo pasa, con una ayudita de Ernesto Laclau y sus teorizaciones sobre el “significante vacío” populista que se puede colmar…con lo que venga.

Años de ajuste y crisis de representación

Las urgencias de la provincia se hicieron patentes en estos días de la transición. Nuevamente se cierra un año, donde prácticamente no se realizaron ninguno de los envíos de fondos acordados entre los respectivos gobiernos. Ni lo que estaban destinados a obra pública, ni los que deberían ir a cubrir gran parte del rojo de la Caja de Jubilaciones.
En relación a la Caja se da otra “paradoja”, el gobierno nacional y popular de la “inclusión social”, le exige al gobierno local que “armonice” la Caja. Este es otro eufemismo que en los hechos significa el pedido de reducir los haberes de los jubilados, que en la provincia se calculan con otra fórmula, lo que implica remuneraciones más altas. De ninguna de las partes se discute la “justeza” o no del 82% móvil que deberían cobrar los jubilados, sino quien paga los costos políticos y financieros de la aplicación (o no) del ajuste.
La sintonía fina local, comenzó con el anuncio de significativas subas del inmobiliario urbano y menores en el rural y con un presupuesto que prevé un magro 12% de aumento para los trabajadores estatales, en las paritarias del año que viene.
El largo conflicto con los trabajadores de la salud muestra la tónica de los años por venir, más que expresar un típico reclamo de transición, como pretendieron presentarlo muchos. Que De la Sota esté utilizando la influencia sobre un histórico aliado como José Pihen del SEP, para embarrarle la imagen su adversario interno, no significa que no haya bases estructurales que motorizan el conflicto. Allí también se están pagando las consecuencias de la cooptación de dirigentes sindicales como el mismo Pihen, que asumirá como legislador delasotista, en medio del conflicto. La pérdida de representatividad ante sus afiliados, impulsó el surgimiento de nuevos agrupamientos que exigen otras representaciones.
En este mismo sentido hay que mirar la evolución dentro de otro sindicato importante, como es el de los mecánicos de SMATA. El moderado dirigente Omar Dragún, próximo a reelegirse como Secretario General, asumirá en el Ministerio de Trabajo en momentos en que las empresas discuten también la “sintonía fina” que debería aplicarse a las próximas paritarias y donde la crisis global deja un signo de interrogación sobre el mantenimiento de las actuales condiciones de producción y exportación, hacia el volátil mercado brasilero. Por las fábricas se extiende un amplio cuestionamiento al índice que toma SMATA para negociar con las empresas, muy alejado de la realidad de la inflación.
En épocas de crecimiento, esta “carrerismo” político de muchos dirigentes sindicales, puede pasar desapercibida sobre la base del conformismo social. En épocas de crisis o de “sintonía fina”, se extienden los cuestionamientos como el que vemos hacia Pihen entre los estatales del sector de la salud o el que recibió la misma cúpula de SMATA cuando permitió pasivamente el despido de cerca mil operarios en la efímera crisis del 2008/2009. Augusto Varas de la UOM (en ese entonces legislador juecista), recibió algunos golpes y el intento de incendio de la sede del sindicato, cuando cometió el “error” de movilizar todos juntos a sus afiliados.
Esta combinación de ajuste en el estado, que deberá ser más profundo si no se rubrica un difícil acuerdo con el gobierno nacional, con desaceleración en el sector privado y una crisis de representación política y sindical, puede ser explosiva para los años delasotistas.
Hay otro “cordobesismo” que puede emerger y que es tributario también de su historia y su tradición. La Córdoba “bipolar” o la que algún historiador llamó “la provincia de los extremos”, alternando años de conservadurismo rutinario casi parroquial, con explosiones de rebeldía que impusieron su impronta a la Nación (e incluso a América Latina), puede mostrar en los años por venir, lo que para algunos es su peor y para otros su mejor rostro.  

Jorge Drexler - Leonor Watling / "Toque de queda"

martes, 29 de noviembre de 2011

Sindicalismo y “cristinismo” en la nueva etapa

Columna en Diario Alfil 30/11/2011





Fernando Rosso

Se aceleraron los tiempos de la pulseada entre Cristina Fernández y la fracción sindical que responde a Hugo Moyano, por ahora, Secretario General de la CGT.
En esta compulsa se cumple la regla sentenciada por el popular aforismo de que “la primera víctima en la guerra es la verdad”. Las crónicas hablan de reuniones “destituyentes” de sectores que pretenden la retirada anticipada de Moyano, cónclaves secretos de dirigentes que hasta ayer eran férreos enemigos, gestos de funcionarios hacia nuevos jerarcas que se anuncian como reemplazantes, intrigas y rumores de todo tipo y color que radicalizan o contemporizan el enfrentamiento, de acuerdo a cuál de los monopolios mediáticos publique la noticia.
Desentrañar el sustrato materialmente real de la disputa de poder y los intereses profundos que se juegan, no es tarea fácil en el cruce de relatos interesados que interpretan este momento  bisagra de la coalición gobernante.
Es que efectivamente, la dirigencia sindical y especialmente su fracción moyanista, fue clave en sostener la estabilidad de las distintas coaliciones armadas en los años kirchneristas y los últimos movimientos tácticos encarados en su etapa “cristinista”, no están exentos de audacia rayana con la aventura.
Se dejó que pasaran los ensayos de la “transversalidad” y la “concertación plural” que fueron útiles para cautivar a cierto progresismo, pero no para reconstruir un sistema político estable luego de la implosión del 2001. Y mientras el peronismo alquilaba “el piso de arriba” de la superestructura política, para estos fracasados experimentos de laboratorio, el “piso de abajo”, es decir el poder real, cumplía su rol de contención y de orden.
La dirigencia sindical encabezada por Moyano fue clave en esta estructura de poder y en cierta medida merece su lugar entre los “arquitectos” del modelo. La temprana formación del “bloque devaluacionista”, que enfrentó a la Alianza y en el mismo movimiento fue garantía para bloquear la unión en la calle del movimiento obrero organizado y los “piquetes y cacerolas”, durante los convulsivos años de la crisis.  Luego el aval disciplinado a la misma devaluación duhaldista, para pasar a los años de la contención de “paritarias razonables”. Todos aportes sustanciales del moyanismo a los gobiernos K y a su proyecto. Y a decir verdad, cumplió su tarea con “lealtad”, concepto tan caro en el imaginario peronista, así como tantas veces negado bajo fundamento de otro aforismo adjudicado al mismo Perón: “el que avisa no traiciona”.
Y quizá en aquel acto cegestista de River en octubre del 2010, estuvo el “aviso” de Cristina, cuando le respondió a Moyano que no hacía falta “soñar” con un trabajador en la Casa Rosada, porque ella “trabajaba desde los 18 años”.

Mala “sintonía” con Moyano

La anunciada nueva etapa de “sintonía fina”, incluye dentro de los planes del gobierno un necesario recambio en su alianza con el sindicalismo.
En el trazo grueso de las tendencias del movimiento sindical, hasta ahora podían divisarse cuatro sectores: el moyanismo aliado al gobierno, los “gordos” duhaldistas y ex menemistas de lo más granado del sindicalismo empresario noventista, los independientes no muy diferentes a los anteriores aunque con menos llegada y alineamiento con el kirchnerismo y por último, el “sindicalismo de base” de minorías intensas en centros nodales de fábricas o servicios, opuesto a las otras tres tendencias.
El gobierno en su nuevo giro pretende apoyarse y concretar una nueva alianza con sectores del sindicalismo “independiente”, representados por la UOM o la UOCRA, junto a un sector de los “gordos” (SMATA), todos dispuestos a imponer el número mágico del 18% en las paritarias, sin exigir mucho a cambio, más que algunos “favores” y la conveniencia de cobijarse bajo el poder político y de esta manera menguar el poder de Moyano.
En su afrenta contra el ahora “compañero Secretario General de la CGT” (que antes era “Hugo”), manda hacia el “frente único” corporativo a las tendencias que hasta hoy eran “irreconciliables”. En este marco surgen las versiones de la nueva alianza entre Moyano y Barrionuevo. Por supuesto que “de paso” también ataca al sindicalismo de base, en última instancia, un peligro mayor para el gobierno, si se fortalece en medio de la actual “rosca”.
No podemos constatar la existencia de estos presuntos nuevos pactos, pero se ajustan a lo que los abogados llaman la comprobación de la “verosimilitud del derecho”, es decir, en la lógica de los acontecimientos.
Cristina Fernández y su grupo de asesores opinan que el 54% le dan la fortaleza necesaria para lanzarse a esta reconfiguración de la alianza con una de las patas de la coalición, impuesta también por las necesidades de los coletazos de la crisis internacional y los límites que comienza a encontrar la maravilla del “modelo”. Se acabó el “nunca menos” y el futuro promete bastante menos.
Pero el combo que prepara el “cristinismo” para el 2012, que combina la eliminación de subsidios con su correspondiente consecuencia para la inflación y la contención de las paritarias al 18%, más una resquebrajada alianza con un sector de peso del movimiento sindical como el moyanismo (e incluso su posible paso a la oposición) y por abajo una nueva representación que se expande sobre la base la crisis de la vieja dirigencia, hablan de un mal cálculo (en criollo una “subida al caballo”) del cristinismo que hasta ahora, además de un importante caudal voto “líquido”, sólo cuenta en la tropa propia con jóvenes de dudosa trayectoria, por más ahora también prometan vocingleramente dar “la vida por Cristina”. 

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La “sintonía fina”, Duhalde y el giro a la derecha

Columna publicada en diario Alfil el 24/11/11
Fina sintonía

Fernando Rosso
frossocba@gmail.com
Intelectuales y analistas que profesan una especie liberalismo republicano, la tribuna de doctrina opuesta a los nacionales y populares del kirchnerismo, abrieron un debate, después de las elecciones del 23 de octubre, sobre las perspectivas políticas del gobierno. La disyuntiva, según ellos, era hacia la moderación o la radicalización. Con moderación, se referían a un gobierno más dialogante, menos intervencionista, con esa visión imbuida de un falso utopismo infantil que tienen de esta democracia los liberales republicanos. Y la radicalización presuponía la continuidad del “decisionismo”, el intervencionismo y el “hegemonismo”, con el mal comprendido y peor usado concepto gramsciano.
Para la sorpresa de estos análisis simplistas, Cristina Fernández se despachó con un minué que incluye moderación y radicalización, bajo la “sintonía fina” de un giro a la derecha.

Subsidios, ajuste y paritarias

El nuevo curso empezó con la eliminación de algunos subsidios. En su primer anuncio, Boudou y De Vido, al quitar subsidios para casinos, bancos y aseguradoras, realizaron una confesión: durante todos estos años se benefició a empresas con amplios márgenes de ganancia.
El segundo anuncio de quita empezó con un mensaje que buscaba un impacto simbólico, eliminando absolutamente los subsidios a dos barrios de la Capital Federal (Puerto Madero y Barrio Parque) y a todos los countrys del país, que parece que hasta ahora necesitaron una ayuda para su “inclusión social”. Pero esta vez también se anunció una resolución que exige a los beneficiados por los subsidios un “certificado de pobreza”, bajo la forma de una declaración jurada que llegará con todas las facturas y será supervisada cruzando la información con el ANSES y la AFIP. Y si hiciera falta, también certificada por un “trabajador social”, que constatará que las condiciones de vida justifican el beneficio. El eufemismo para esta medida fue la “renuncia voluntaria”. Hasta algunos economistas defensores del gobierno (como Alfredo Zaiat en Página 12), cuestionaron la lógica de la “renuncia voluntaria”, basada en la apelación a una filantropía neoliberal, donde “el rico tiene que darle dádivas al pobre”.
Luego vino la avanzada contra el sindicalismo, que toma la forma de una pelea con Moyano, pero que la excede totalmente y busca el objetivo de moderar los reclamos sindicales y sobre todo las paritarias. La disputa con algunos gremios aeronáuticos, donde dirigentes sindicales que no pueden mostrar justamente una trayectoria combativa y mucho menos honesta, es aprovechada por el gobierno, para crear una nueva opinión pública  anti-sindical y demonizar cualquier reclamo. Un cálculo estima que hay alrededor de 4000 procesados por acciones sindicales y esa lista se incrementa día a día, cuando la justicia convierte en acto, el verbo de Cristina.
Se le endilga a algún molesto dirigente sindical haber afirmado que, “esto no es peronismo, es frepasismo rabioso”, en alusión a  aquel movimiento político surgido del peronismo, pero que fue parte central en el armado de la Alianza que entronó a De la Rua en la presidencia. El aspecto que se pretende destacar con esta metáfora, es alguna especie de gorilismo antiobrero del ADN cristinista.
Si hay radicalización, luego de las elecciones, ésta se expresa en el ajuste a gran parte de los trabajadores y la clase media y en los efusivos discursos contra la protesta social. Donde, además, los fines justifican cualquier medio, hasta aquellos que significan un cuestionamiento a pilares del relato como son los DDHH. En la pelea con los gremios aeronáuticos, se devolvió a los militares el control aéreo, en pos de imponer un presunto orden.

En sintonía (fina) con Duhalde

La última pieza discursiva deCristina, muy aplaudida por los empresarios de la UIA, pretendió ser una novedosa creación a ser incorporada en la Enciclopedia de los Eufemismos que componen el relato.
Sin embargo, se cometió otro acto de injusticia para con uno de los “padres del modelo”, haciendo honor a la verdad, la devaluación duhaldista (nunca bien reconocida por el kirchnerismo) y el ataque directo al salario que significó, fueron pilares fundacionales del “modelo”.
Efectivamente, algunos días antes de las elecciones, Duhalde había afirmado en un reportaje a la agencia DyN: “Lo que hay que  hacer es sintonía fina, porque no se puede utilizar la variante  que yo sí pude usar en mi gobierno, que es la variante de la  devaluación, porque estaría en riesgo de generar una hoguera  inflacionaria”. También había explicado que  “(los subsidios) sociales que no se deben cuestionar aunque estén mal dados, pero los 90 mil millones en otros subsidios deben ser eliminados aunque “no de golpe”. Y terminó rematando,  “La sintonía fina es producir más, porque los precios bajan  cuando se producen más bienes, no es inmediato el resultado positivo  de eso, sino que hay un período intermedio, en el que mientras uno  pone en marcha el camino del desarrollo y el crecimiento, queda un  espacio muy riesgoso”
Todo un programa y hasta con las mismas licencias poéticas, pero sobre todo, muy similares conceptos que la presidenta enunció en la cumbre de la UIA. Eliminación de subsidios “no de un golpe”, productividad, a la que Cristina llamó “competitividad”, algún reto “cómplice” sin consecuencias prácticas para la crema de la UIA, una diatriba contra los sindicatos y mensaje a Moyano. Además no habrá control sobre los precios, ni freno al “giro de utilidades” y ni siquiera discusión en el congreso de las ganancias empresarias. Dejó por el suelo la ilusa (y desmovilizadora) estrategia parlamentaria de Moyano para discutir la “redistribución”. Esta “moderación” fue aplaudida rabiosamente por los capitostes de la industria.
Alguien dijo alguna vez que el kirchnerismo, tomado de conjunto, lejos de la “revolución Nac&Pop”, era en realidad una restauración conservadora, con “guiños” a izquierda en los primeros años, impuesto por las urgencias de la crisis del 2001. En esta fase del “cristinismo” (la etapa superior del kirchnerismo), empiezan a coincidir discurso y realidad, para el desencanto de muchas víctimas voluntarias de su propia ilusión.