viernes, 29 de junio de 2012

Clase Magistral: una voz (obrera) clara en medio de tanto ruido

Raúl Godoy dando clase de política obrera independiente en el programa "La Palangana" de Radio Calf de Neuquén. En los últimos minutos, la hinchada gritaba "es una afano, detenganló". Los amigos locutores perdieron por abandono...


jueves, 28 de junio de 2012

Golpear para negociar. Los límites del “vandorismo” moyanista

Artículo enviado a Diario Alfil (antes del la movilización del miércoles 27) y publicado el jueves 28 de junio



Fernando Rosso

En los dos días de aparente furia de la semana pasada, con el paro camionero y los bloqueos a varias destilerías, la periodista Susana Viau puso en boca de algún operador del PJ este balance lapidario: “El Negro estuvo a la altura del mejor Vandor. Cristina no dio la talla del peor Perón”. Ciertas plumas perezosas del periodismo local salieron a repetir un lugar común que a esta altura dice poco nada del presente: “golpear para negociar”.
Esa sentencia que quedó unida en la historia política Argentina al nombre del mítico caudillo metalúrgico es, en cierta medida, la forma natural de la metodología de la burocracia sindical en general y de la peronista en particular. Basta un ejercicio retórico y preguntarse si hubo algún dirigente sindical peronista que haya “golpeado para matar” o para triunfar o para aplastar al adversario, para darse cuenta de que siempre se busca negociar. Otra cosa es definir el álgebra del golpe y la negociación, de la relación de fuerzas, determinados por la estrategia y los objetivos más generales de los dirigentes sindicales. Y todo esto sin perjuicio de que hubo largos periodos de la historia de movimiento sindical argentino en los que los dirigentes se recostaron más en el polo de “negociar” y casi nunca “golpear”. Sobre todo en épocas marcadas por las derrotas, bajo la noche negra del “neoliberalismo”.

La política y la calle

Desde el principio las tácticas de Moyano estaban subordinadas a su estrategia, y ésta determinada, como ya se dijo, por intereses que no eran reductibles a la negociación paritaria en curso en el sindicato camionero. El resultado concreto del 25,5 % de la negociación con las patronales del transporte y estatus “secundario” que le dio Moyano al salario así lo demuestran.
Los hechos son conocidos: dos días de paro, movilización y piquetes y hasta cierta gresca con la Gendarmería. Al tercer día Moyano acuerda un número bastante lejano al 30% reclamado, levanta el paro convoca a la movilización del miércoles a Plaza de Mayo. Las primeras lecturas formales afirman que Moyano avanzó desde su corporativismo hacia demandas más universales que afectan a muchos más trabajadores que los 200 mil camioneros, al reclamar por la suba del mínimo no imponible del impuesto a las ganancias y por al pago de asignaciones familiares. Sin embargo, una mirada de contenido más profundo nos dicta que, con la firma del acuerdo cercano al techo que están negociando la mayoría de los sindicatos, optó por sostener un estatus quo, no exento de enfrentamiento y ataques discursivos, pero estatus quo al fin.
Moyano utilizó una contenida acción directa para rápidamente sacar el conflicto desde ese espinoso lugar y llevarlo al terreno de la política, que en la Argentina contenciosa siempre se hace con diferentes grados de movilización callejera. No por nada Hilda Sábato tituló su estudio sobre el temprano amanecer político de Buenos Aires (1862-1880) como “La política en las calles”, y esa “anomalía” del país de la movilización permanente marcó la historia de la Argentina moderna.
La movilización de este miércoles es una movilización política, o mejor dicho está enmarcada en una estrategia política, si se entiende esto no como negación de las demandas progresivas que se levantan, sino como oposición a la acción directa que se expresó en los días de paro.

El factor Moyano

La nueva gravitación de Moyano en la escena nacional tiene varias causas. Es, por un lado, una expresión distorsionada del nuevo protagonismo social del movimiento obrero y los sindicatos. Un retorno que es, si se quiere, un fenómeno internacional pero que en nuestro país habla en el lenguaje de su propia tradición nacional. La tarea de contención de esta nueva clase trabajadora, elemento esencial para sostener el equilibrio de poder, no sería efectiva si todos los dirigentes sindicales actuarían total y absolutamente dirigidos por la Casa Rosada. Las tendencias “naturales” a la autonomía, propias de los momentos de recomposición social del movimiento obrero se expresarían de manera peligrosamente directa para las empresas y gobiernos. Este esquema tácito une a Moyano a los intereses a largo plazo del gobierno y toda la clase dirigente Argentina. No por nada los jefes de la UIA expresan que su mayor preocupación no es Moyano en sí, sino la “atomización” de las dirigencias sindicales.
Pero además, el camionero tiene intereses materiales concretos económicos y políticos. Como dirigente de un sindicato de una rama que se volvió estratégica para la circulación nacional, una vez liquidado el sistema ferroviario. Que además organiza en su seno a muchos “propietarios independientes” con una pequeña flota o un solo camión. Una estructura que organiza el transporte y la logística esenciales para la economía nacional. El pacto de Néstor Kirchner con Moyano se basaba en esta fortaleza estructural, además de lograr la “colaboración” para la regulación moderada de las negociaciones paritarias.
Además de su rol social de representación distorsionada del movimiento obrero, también debe defender los intereses del “emporio Moyano S.A.”.
Por último, Moyano tiene sus objetivos políticos, muy alejados de su discurso de “la defensa de todos los trabajadores”. La realidad es que pretende su cuota de poder como “columna vertebral” del peronismo. Si esto se da bajo el mando del kichnerismo con relato Nac&Pop o del intento de un “kirchnerismo con rostro humano” que pretende estructurar Scioli, es una cuestión secundaria.

Jugar con fuego

Juega con fuego un gobierno que demostró la semana pasada que sin Cristina, no hay cristinismo; y que todas las fortalezas del bonapartismo en momentos de crecimiento pueden trocarse a la vez en todas sus debilidades, en tiempos de crisis.
Con el retorno de la cuestión obrera, la Argentina retoma a sus contradicciones clásicas. No solo las divisiones verticales de las dirigencias sindicales que responden a las diferentes líneas políticas del peronismo, sino también los quiebres horizontales con el surgimiento de fenómenos por abajo que la prensa denominó “sindicalismo de base”, influenciado en su mayoría por la izquierda que se reivindica clasista. Del resultado de este terreno en disputa abierta dependerán los éxitos o fracasos del movimiento obrero para enfrentar los tiempos marcados por una nueva crisis global que ya está aterrizando en la Argentina.

viernes, 22 de junio de 2012

Los dos días que estremecieron al kirchnerismo

Sin Pan y Sin Trabajo (Ernesto de la Cárcova)


Moyanismo pagano y kirchnerismo líquido

Lo más interesante que tuvieron estas jornadas es que fueron un ensayo general que hizo evidente las fortalezas y, sobre todo, las debilidades tanto de Moyano como del gobierno.
El enfrentamiento tiene razones económicas y políticas que superan por lejos la paritaria camionera. Moyano lo confesó cuando se hizo el anuncio del moderado acuerdo del 25,5% comunicado por el capo de la Federación patronal, ya que en líneas generales ronda el promedio que acordaron los demás gremios e incluso está por abajo de otros acuerdos (como el de la alimentación).

Más profundamente, la disputa empezó cuando el kirchnerismo como proyecto restaurador pasó de su etapa inferior de coaliciones y alianzas útiles para contener y encauzar a una “sociedad civil” que había dejado maltrecha la autoridad estatal luego del 2001, a su etapa superior más abiertamente bonapartista, cuando se creyó con una fuerza inusitada para independizarse de los factores reales de poder. Las etapas no son antagónicas y son parte de la restauración. Como dijo Gramsci "Todo gobierno de coalición es un grado inicial de cesarismo que puede o no desarrollarse hasta los grados más significativos". Y efectivamente las distintas coaliciones del kirchnerismo de los orígenes fueron abriendo el camino al desarrollo del bonapartismo del presente. Que las etapas coincidan en su distinción con los gobiernos de Néstor en la primera y Cristina en la segunda es simple casualidad. Néstor hoy estaría haciendo más o menos lo mismo que Cristina, quizá con un poco más de muñeca política porque había sutiles diferencias en el ADN más peronista de Néstor Kirchner y el frepasismo rabioso de Cristina Fernández. Pero en general, como gobiernos de desvío y de contención debían seguir más o menos el mismo libreto. Aunque la Historia a veces también se encarga de buscarse los hombres y las mujeres “necesarixs” para cada período: el negociador Néstor para el momento inicial, la pedante de Cristina para la etapa superior. Con la astucia un poco siniestra de que la muerte de uno fue un factor clave para el poder de la otra.
Claro que “sobreterminando” todos estos movimientos políticos estuvo el viento de cola de la economía mundial que favoreció a la Argentina y anteriormente la devaluación duhaldista (con ayuda moyanista). El último gran servicio del impresentable “Tachuela” a la patria…capitalista. Es cierto, no fue todo simple determinación de la economía, después de todo somos de los que creemos que la superestructura tiene cierta autonomía, pero “en última instancia” ahí está la estructura que impone su dictadura de hierro. 
Cuando el “Proyecto” (restaurador) llegó a ese momento bisagra, cooptando y desarticulando al movimiento de desocupados y al de derechos humanos, disciplinando a los gobernadores pejotistas con la abultada caja, ganándose el apoyo popular expresado en el 54%; creyó contar con una “independencia y una fuerza excepcionales”. Quien se encuentra en la cúspide en esos momentos no puede evitar enfermarse de un “complejo de superioridad” propio de todos los bonapartismos. Hasta que la realidad que se empecina con ser la única verdad, lo despierta del “sueño dogmático” (como Hume a Kant) y en la Argentina de estos días esa irrupción tomó la forma de un paro nacional de los camioneros y el bloqueo a las destilerías que se transformó en una crisis política.
Fue ese momento de cambio de etapa cuando le agradecieron los servicios prestados a Moyano y (se podría decir que hasta injustamente) lo despacharon de la coalición de gobierno. El camionero (“ponele”, como dicen en Córdoba, ya que hace largo que no maneja ningún camión) tuvo la política de persuadirlos durante todo este tiempo de que él y su organización son necesarios para sostener el orden en el movimiento obrero y “sólo” pedía un poco más de poder político (que le garanticen mantener su emporio, además de su impunidad). Si la guerra es la continuación de la política pero por otros medios, el paro y los piquetes no fueron más la continuidad de esta línea de persuación de Moyano, aunque ahora este servicio sea ofrecido a Scioli.
Las anécdotas de todo este tiempo no fueron más que episodios de este álgebra de fondo.
Pero estos días, decíamos al principio, mostraron todas juntas las debilidades del bonapartismo líquido del cristinismo para los momentos de crisis más o menos agudas. Como se dijo, la virtud del estadista se mide esencialmente en estos momentos cuando la fortuna acompaña bastante menos.
La camarilla kirchnerista fue durante estos dos días una especie de “Orquesta de San Ovidio” (imagen que  utiliza mucho un amigo) y encima con la ausencia de nuestra “Cesar”.
Boudou, una de las figuras con menos poder político de este gobierno al punto de que casi se caía de la mesa en la última conferencia de prensa de tan al borde que lo pusieron, fue el encargado de amenazar a los camioneros en un acto que tuvo tanta eficacia como el estado de sitio de De la Rua. El rosquero de la Universidad de Lomas de Zamora, "Piñón Fijo" Mariotto, creía que paraba la crisis repitiendo como loro el “relato” por la televisión. A propósito, ni se lo vio a “mi pobre angelito” que era la presunta nueva estrella del kirchnerismo. Al tan renombrado nuevo fenómeno militante de la juventud, es decir a La Cámpora, no lo vimos yendo a los piquetes a defender el proyecto como tan “valientemente” hizo con un indefenso grupo de originarios Qom en la 9 de Julio, ese ex – estalino devenido en peronista que es el “Cuervo” Larroque, con los mamarrachos que lo acompañaron. Los que  se retorcieron en una angustiosa impotencia fueron los que pertenecen a ese oxímoron llamado “izquierda kirchenrista” (el "seissieteochismo"). Porque otra de las cuestiones que emergió en la coyuntura fue el ADN gorila y antiobrero del cristinismo. El frepasismo rabioso que en la historia política de nuestro país nos fue más que un “menemismo celeste” materializado en la Alianza. Para descalificar la huelga sacaron a luz los argumentos del clásico manual del gorilismo criollo.
En síntesis, fue el momento más “delarruísta” del kirchnerismo y a decir verdad ante la primera crisis seria que amenaza con no ser la única, ni la última en momentos en que la economía se deteriora aceleradamente y el “bonapartismo del anuncio permanente y la cadena nacional” es cada vez menos eficaz. A propósito ¿no habían retomado la agenda con otro plan (y van...) de viviendas? Al que no le quedaba claro, a esto referíamos con "debilidad estratégica".

La estrategia de Moyano y los límites de la guerra

El que dio por cerrada la crisis nacional fue Moyano. Como aprendimos del clásico teórico de la guerra “Cuanto más importante y de mayor entidad sean los motivos de la guerra, cuanto más afectan a los intereses vitales de los pueblos, con mayor empeño se tratará de derribar al adversario, entonces tienden a confundirse objetivo guerrero y fin político" (Carl Von Clausewitz, De la Guerra).
Es una traducción posible de este complejo aforismo de Clausewitz, que sintetizamos en algún otro lugar como “cuando más política, más guerrera”. Es decir, la política (que siempre dirige a la guerra) puede actuar como moderadora o llevarla hasta el final y de esta manera acercarla a su concepto, que tiene la forma más pura en el duelo.
Más importante que la convocatoria al paro y  la marcha para el miércoles fue el anuncio que Moyano “terciarizó” en boca del jefe de las patronales transportistas, el acuerdo del 25,5 % con el que de hecho firmaba el armisticio. Si continuaba con el paro y los piquetes para acercarse al 30% podía desatar fuerzas incontrolables y abría una crisis con las paritarias de todo el movimiento obrero. Al sentenciar que el salario se volvía una "cuestión secundaria" obturó esta posibilidad y reafirmó su carácter de estratega de la división de las filas obreras, bajo el “relato” (Moyano también tiene el suyo) de la defensa de los intereses de todos lo trabajadores.
La posibilidad del 30% se acercaba más a los intereses vitales de toda la clase obrera (aunque por supuesto no los incluía a todos) y acercaba a la “guerra” un poco más hacia los extremos.
Observan sólo la apariencia aquellos que ven en la convocatoria a la marcha y al paro un redoble de la apuesta. Es un retroceso más que táctico, estratégico como bien definieron los (entrañables) amigos Castilla y Del Caño acá.
La estrategia y la naturaleza del moyanismo lo limitan estructuralmente para llevar la guerra hasta el final. El programa del aumento del mínimo no imponible y las asignaciones, aunque progresivas no unifican vitalmente al movimiento obrero. Sino que dividen a sus sectores más altos de los "sin pan y sin trabajo" de hoy (retratados tan vivamente por De la Cárcova en la imagen que ilustra este post) y que incluyen no solo a los desocupados propiamente dichos, sino a la masa de precarios, contratados, en negro, tercerizados y esa mayoría del subsuelo de la patria que son los "excluidos" del programa moyanista.
Y su programa corresponde a sus estrategia, sus medios a sus fines. La apuesta a un lugar bajo el proyecto sciolista, que junto a Clarín lo condujeron y le pidieron (o le impusieron?) moderación orienta sus tácticas y su programa que necesariamente suponen la contención y la división del movimiento obrero. Aunque su carácter y oficio de burócrata sindical  le impongan, a veces, jugar con fuego.
Para llevar la guerra a su concepto, o lo que es lo mismo, la lucha de clases hasta el final es necesario cambiar la conducción, la estrategia y el programa. Es decir tener una orientación política que unifique en sus intereses vitales a toda la clase trabajadora y con ella pelear por la hegemonía.
Esto implica diferenciar bases de direcciones, para lo cual es necesaria la experiencia del frente único y la participación activa en la marcha del miércoles con un programa y estrategia independiente.
Pero lo destacado es que este episodio en el drama (o la farsa) kirchnerista abrió un nuevo escenario y desnudó los límites de su ingeniería de poder, además de mostrar el potencial poder social de clase obrera (más allá de su dirección) en tiempos de viento de frente y crisis anunciadas que llegan a estas pampas.


(Agradecemos a LL, la primera crítica del post, por el aviso para corregir los "horrores" de redacción, así como también mejorarlo políticamente)