viernes, 30 de noviembre de 2012

La mentira del "desendeudamiento"

Ni un peso para la deuda






Plan de lucha y un programa obrero y popular para darle continuidad al 20N


Luego del fallo del juez norteamericano Thomas Griesa, que ordenaba pagar 1.330 millones de dólares a los fondos “buitres”, la Corte de Apelaciones de la justicia de Nueva York aceptó la apelación argentina y dejó en suspenso la medida por tres meses. El nuevo fallo le da tiempo al gobierno para cumplir tranquilos con los pagos que restan para este año (3.300 millones de dólares el 15/12) y renegociar con los “buitres” que no aceptaron formar parte de las reestructuraciones de deuda que llevó adelante el gobierno en 2005 y 2010.
El conflicto judicial que se juega en los tribunales estadounidenses y que sigue latente demostró el fracaso de la política “nacional y popular”, respecto a la usuraria deuda externa.
La particular política de “desendeudamiento soberano”, la renegociación que terminó pagando religiosamente a la mayoría de los bonistas (93%) luego del “default” (cese de pagos) de 2001, demostró una subordinación completa al capital financiero internacional, pese al discurso “nacionalista”. Desde 2003 hasta agosto de 2012, se pagaron sólo en concepto de intereses de deuda, 52 mil millones de dólares. La intervención de los tribunales norteamericanos fue reconocida por Néstor Kirchner en 2005 durante el primer canje que, pese a la “quita”, fue un negocio millonario para los “buitres” que lo aceptaron. Hoy, el gobierno vuelve a aceptar de hecho la jurisdicción de los tribunales imperialistas sobre los conflictos de la deuda, presentando su apelación ante la justicia yanky.
Para “honrar” los compromisos, el gobierno echó mano a los fondos del Anses y del Banco Central, mientras niega el 82% móvil a los jubilados, llevando a cabo una verdadera política de descapitalización de las reservas nacionales. La cuestión de la deuda externa sigue ahogando a la economía nacional (pág. 3). El IVA que afecta al consumo de los sectores populares y las clases medias y el impuesto al salario, son el gran sustento de la recaudación estatal, absorbida en gran parte por la deuda. Además, para hacerse de dólares que le permitan pagar deuda y garantizar la importación de combustibles, aplicó el “cepo” cambiario que profundizó la desaceleración y afectó a la economía en su conjunto, además de precipitar la ruptura de las clases medias expresada en los cacerolazos del 13S y el 8N.
En su apelación contra el fallo Griesa, el gobierno dejó abierta la posibilidad de renegociar con los fondos buitres que no aceptaron el canje y litigan contra la Argentina en los tribunales imperialistas. En esto fue apoyado por toda la oposición patronal (la UCR, el peronismo disidente y el FAP). Binner declaró “Son fondos cuestionados, pero no podemos resolver que no los vamos a pagar. Luego de la posición firme de Griesa, nosotros debemos realizar otra propuesta de pago. Debemos responder a las demandas, si Argentina no lo concreta, realmente no avanzaremos a integrarnos al mundo”. Toda una confesión de que no sólo es un “socialista” trucho pro-sojero, sino también pro-imperialista.

La sucesión, la interna peronista y la burocracia sindical

La apretada de los fondos “buitres” golpea a un gobierno ya debilitado. Por más que Cristina Kirchner siga intentando transformar el 7D en la “madre de todas las batallas” contra el “monopolio” para retomar un poco de aire (pág. 4), no logra recuperarse y reganar base social.
El paro nacional fue la gota que rebalsó el vaso y dejó al kirchnerismo maltrecho. El gobierno ya sabía que había perdido a la clase media. Pero ahora, fue una gran parte de la clase obrera, la propia base social del gobierno, la que pasa a la oposición levantando sus propios reclamos. Los trabajadores están hartos de la inflación, del impuesto al salario, del verso de que se defiende a los jubilados cuando millones siguen cobrando $ 1800.
En este contexto, quedó catapultada definitivamente cualquier idea de re-reelección. Quien lo sabe y aprovecha el momento es Daniel Scioli, que aunque no rompa con el gobierno, ya los medios dan por hecha su candidatura para 2015. Los caminos se cierran para el kirchnerismo y es ahora el propio aparato del PJ (intendentes y gobernadores), el que se siente fuerte para obligar al gobierno a negociar la candidatura a la presidencia del bonaerense como única perspectiva. El verso progresista K terminará en la reconstrucción del más crudo pejotismo.
Con los “aliados” en el movimiento obrero tampoco le va bien. La CGT oficialista no sólo quedó muy mal parada ante los trabajadores con el carneraje del paro. La pelea de Aníbal Fernández contra Hugo Moyano, a quien acusó de “Augusto Timoteo Moyano” ofendió a la CGT de Caló que tiene en Vandor a su más encumbrado ejemplo. Ambas CGTs hicieron sendos homenajes a ese traidor a la clase trabajadora. No se trata sólo de compatibilidades ideológicas y de reivindicar una misma “tradición” en ese paradigma de la burocracia sindical peronista (pág. 4). Pese a los cruces entre Moyano y Caló, se sabe que quien fuera el mejor ladero de Cristina Fernández, el sindicalista buchón del batallón 601, Gerardo Martínez, viene trabajando en pos de la “unidad” de ambas centrales burocráticas.

Plan de lucha con un programa obrero y popular.Asamblea Nacional de Trabajadores

El paro del 20N mostró el descontento de gran parte de la clase trabajadora. No podemos dejar que la fuerza expresada en el paro y los piquetes sea utilizada por los dirigentes sindicales para apoyar proyectos patronales. Moyano no se cansa de declarar su apoyo a Scioli y Pablo Micheli de la CTA opositora a Binner. Ninguno se plantea seriamente darle continuidad al 20N. Moyano habló de convocar a una marcha en diciembre para apoyar un proyecto de ley por la universalización de las asignaciones familiares que impulsan los diputados de la CGT, pero luego la puso en duda porque todavía no juntaron el millón de firmas. Barrionuevo propuso una “marcha del silencio” para sumar a los que impulsaron los cacerolazos, una parodia de “alianza obrera y popular”, que impulsa este burócrata que apoya al derechista De la Sota.
La verdadera alianza de los trabajadores con los sectores populares y las clases medias empobrecidas sólo puede venir de un plan de lucha serio y un programa, discutido democráticamente en fábricas, empresas y establecimientos.
Este programa debe partir de terminar con el impuesto al salario y reabrir las paritarias, exigiendo en lo inmediato un plus de fin de año como se reclama en muchas empresas, así como el 82% móvil para los jubilados. Para lograr la unidad de toda la clase trabajadora, debemos reclamar por el fin del trabajo precario y en negro.
Contra el saqueo nacional que viene aceptando el kirchnerismo con el pago de la deuda, hay que partir de rechazar la injerencia de los tribunales imperialistas, imponer el no pago de la usuraria deuda externa y exigir la nacionalización de toda la banca, para utilizar los recursos nacionales al servicio de la economía del país. Para poner fin a la fuga de capitales y otorgar créditos baratos para los trabajadores y los demás sectores populares. Hay que terminar con el IVA y los impuestos regresivos sobre el pueblo, mientras la renta financiera no paga impuestos y las mineras tienen amplios beneficios impositivos. Hay que cobrar impuestos progresivos a los grandes capitalistas nacionales y extranjeros para obtener recursos para obra pública, vivienda, hospitales o para un plan integral de transporte que debe ser nacionalizado bajo administración de los trabajadores, así como todas las empresas privatizadas que garantizan sus ganancias a costa de los subsidios del Estado. Hay que luchar por la expropiación de la oligarquía terrateniente y las grandes patronales agrarias y por la nacionalización integral bajo administración obrera del petróleo y el gas.
Los sectores antiburocráticos del movimiento obrero y la izquierda (especialmente las fuerzas que integramos el FIT) demostramos el 20N que tenemos influencia en un importante sector de quienes estuvieron a la vanguardia del paro. Unir a todos esos sectores, a las comisiones internas, cuerpos de delegados y activistas combativos en una Asamblea Nacional de Trabajadores fortalecería el combate por imponer la continuidad mediante un plan de lucha. Así como la pelea política contra los proyectos pro-patronales de la burocracia sindical.

El pase a la oposición de las clases medias y el parazo del 20 abrieron un gran debate político nacional. La clase obrera no puede ser “neutral”. Debemos construir nuestro propio partido de trabajadores sin patrones. El Frente de Izquierda debería incluir esta perspectiva que venimos levantando desde el PTS en la batalla que tiene planteada hacia las elecciones de 2013.

martes, 27 de noviembre de 2012

Egipto: 27N en Plaza Tahrir contra Morsi


Malerba, Dios y el Diablo (Guillermo Saccomano)

Villa Gesell
Un duro no se retira, dice Dante. Lo retiran. Y precisa: de Malerba, hablo. En los setenta, a mediados de los setenta, se vino Malerba a la Villa. Vino y compró un balneario por el sur: el Bora-Bora. La tela toda junta la puso, de una. Nadie le preguntó de donde procedía. Tampoco nadie se iba a animar a preguntarle. Su fama puede ser una respuesta.
Dicen que una mañana de ese invierno la policía le rodeó el balneario. Que había guardado unos erpios que rajaban después de la batalla de Monte Chingolo. Pudo ser, por qué no. Nunca sabremos la verdad. Y menos por boca de Malerba. No me caso con ninguno, decía Malerba. Todos me pretenden, se reía con un whisky en la barra de Poker. Porque Malerba no era de venir mucho a Moby. Le tiraba más la onda whiskera de Poker que la onda pub jipona de Moby. Pero no quiero desviarme. Y sigue: De Malerba se ha dicho que trabajó para la derecha sindical y también para los marinos de la base de Mar del Plata. Podés estar del lado de Dios, sabe decir Malerba, pero no te olvides que Dios inventó el infierno, así que no te hagas el escrupuloso si pinta transar con el Diablo. Cuando vino la democracia la cana le cayó otra vez en el balneario. Fierros le encontraron además de frula. Y eso que parecía retirado. Jubilado, decía él. Estoy jubilado. Antes que me den de baja, me jubilo. Eso decía, pero como dice Dante que también le escuchó decir a Malerba, un pesado no se retira y entonces pasa lo de Pedroza. La piba de Pedroza, de Luz hablo. El Napia, el diler, le contagia la peste a la piba. Y Pedroza lo contrata a Malerba. Nadie se tragó lo del suicidio del Napia. Y tampoco nadie le va a preguntar a Malerba si tiene que ver con el asesinato del pendejo. Hoy por hoy, para sobrevivir, a un jubilado le resulta imposible sin una changa, dice Dante que dice Malerba.

Guillermo Saccomano.  "Cámara Gesell". Planeta. 2012

lunes, 26 de noviembre de 2012

Dos textos sobre las huelgas (Lenín y Trotsky)

Dos textos útiles para pensar el pos-20N y las perspectivas, tomando lo que tienen de común, más allá de las enormes diferencias históricas y de todo tipo. El primero "Sobre las huelgas" de Lenin (1899). El segundo es un capítulo, ("La estrategia de las huelgas") extraído de esta versión de "La lucha contra el fascismo en Alemania" de Trotsky, también publicado acá.
Para pensar las potencialidades y límites de las huelgas, los cambios que operan en la subjetividad de la clase obrera. Las relaciones del partido con la clase. El planteamiento serio de la cuestión de la "Huelga General" y su ubicación dentro de la estrategia, frente tanto planteo irresponsable (en el sentido literal: "del que no tiene responsabilidad") y en última instancia democratizante de la Huelga General, cuando no es más que un "medio" en el marco de la estrategia. Y algo sobre la cuestión de los desocupados y su relación con los ocupados (aunque hoy no sea relevante, lo será seguramente en futuras crisis), que tantos debates generó en la izquierda argentina.
Todos los resaltados son nuestros.


SOBRE LAS HUELGAS (Lenín - 1899)

En los últimos años, las huelgas obreras son extraordinariamente frecuentes en Rusia. No existe ni una sola provincia industrial donde no haya habido varias huelgas. En cuanto a las grandes ciudades, las huelgas no cesan. Se comprende, pues, que los obreros conscientes y los socialistas se planteen cada vez mas a menudo la cuestión del significado de las huelgas, de los modos de llevarlas a cabo y de las tareas que los socialistas se proponen al participar en ellas.
Queremos intentar hacer una exposición de algunas de nuestras consideraciones sobre estos problemas. En el primer artículo pensamos hablar del significado de las huelgas en el movimiento obrero en general; en el segundo, de las leyes rusas contra las huelgas, y en el tercero, de cómo se han desenvuelto y se desenvuelven las huelgas en Rusia y cuál debe ser la actitud de los obreros conscientes ante ellas.
En primer término, es preciso ver cómo se explica el nacimiento y difusión de las huelgas. Quien recuerde todos los casos de huelgas conocidos por su propia experiencia, por los relatos de otros o a través de los periódicos, verá enseguida que las huelgas surgen y se extienden allí donde aparecen y se extienden las grandes fábricas. De las fábricas más importantes, en las que trabajan centenares (y a veces miles) de obreros, apenas si se encontrará alguna donde no haya habido huelgas. Cuando en Rusia eran pocas las grandes fábricas, escaseaban las huelgas, pero desde que aquellas crecen con rapidez, tanto en las antiguas localidades fabriles como en las nuevas ciudades y pueblos industriales, las huelgas son cada vez más frecuentes.
¿Por qué la gran producción fabril conduce siempre a las huelgas? Ello se debe a que el capitalismo lleva necesariamente a la lucha de los obreros contra los patronos, y cuando la producción se transforma en una producción hecha en gran escala esa lucha se convierte necesariamente en lucha huelguística. Aclaremos esto.
Se denomina capitalismo a la organización de la sociedad en la que la tierra, las fábricas, los instrumentos de producción etc., pertenecen a un pequeño número de terratenientes y capitalistas, mientras la masa del pueblo no posee ninguna o casi ninguna propiedad y debe, por lo mismo, alquilar su fuerza de trabajo. Los terratenientes y los fabricantes contratan a los obreros, les obligan a producir tales o cuales artículos, que ellos venden en el mercado. Los patronos abonan a los obreros únicamente el salario imprescindible para que estos y sus familiares puedan bien que mal subsistir y todo lo que el obrero rinde por encima de esa cantidad de productos necesaria para su mantenimiento se lo embolsa el patrono; esto constituye su ganancia. Por tanto, en la economía capitalista, la masa del pueblo trabaja a jornal para otros, no trabaja para sí, sino para los patronos, y lo hace por un salario. Se comprende que los patronos traten siempre de reducir el salario: cuanto menos entreguen a los obreros, más ganancia les queda. En cambio, los obreros tratan de recibir el mayor salario posible, para sostener a su familia con una alimentación abundante y sana, vivir en una buena casa y no vestirse como pordioseros, sino como se viste todo el mundo. Por tanto, entre patronos y obreros se libra una lucha constante por el salario: el patrono tiene libertad para contratar el obrero que le venga en gana, por lo que busca el más barato. El obrero tiene libertad para alquilarse al patrono que quiera, y busca el más caro, el que más pague. Trabaje el obrero en el campo o en la ciudad, alquile sus brazos a un terrateniente, a un trabajador rico, a un contratista o a un fabricante, siempre regatea con el patrono, luchando contra él por el salario.
Pero, ¿puede el obrero, por sí solo, sostener esta lucha? Cada vez es mayor el número de obreros: los campesinos se arruinan y huyen de las aldeas a las ciudades y a las fábricas. Los terratenientes y los fabricantes introducen máquinas, que dejan sin trabajo a los obreros. Las ciudades aumenta sin cesar el número de desempleados, y en las aldeas, el de gente reducida a la miseria; la existencia de un pueblo hambriento hace que bajen más y más los salarios. Al obrero le es imposible luchar él solo contra el patrono. Si el obrero exige mejor salario o no acepta la rebaja del mismo, el patrono contestará: Vete a otra parte, son muchos los hambrientos que esperan a la puerta de la fábrica y se verán contentos de trabajar aunque sea por un salario bajo.
Cuando la ruina del pueblo llega a tal grado que en las ciudades y en los pueblos hay siempre masas de desempleados, cuando los patronos amasan enormes fortunas y los pequeños propietarios son desplazados por los millonarios, entonces el obrero aislado se transforma en un hombre absolutamente desvalido frente al capitalista. El capitalista obtiene la posibilidad de aplastar por completo al obrero, de condenarle a muerte en un trabajo de forzados, y no sólo a él, sino también a su mujer y a sus hijos. En efecto, ved las industrias en las que los obreros no han conseguido aun estar amparados por la ley y no pueden ofrecer resistencia a los capitalistas y comprobaréis que la jornada es increíblemente larga, hasta de 17 y 19 horas, que criaturas de cinco o seis años ejecuta un trabajo extenuador y que los obreros padecen hambre constantemente, condenados a una muerte lenta. Un ejemplo es el de los obreros que trabajan a domicilio para los capitalistas; ¡pero cada obrero recordará otros muchos ejemplos! Ni siquiera bajo la esclavitud y el régimen de servidumbre existió jamás una opresión tan tremenda del pueblo trabajador como la que sufren los obreros cuando no pueden oponer resistencia a los capitalistas ni conquistar leyes que limiten la arbitrariedad patronal.
Pues bien, para no permitir verse reducidos a esta situación tan extremada, los obreros inician la lucha más porfiada. Viendo que cada uno de ellos es pos sí solo impotente en absoluto y vive bajo la amenaza de perecer bajo el yugo del capital, los obreros empiezan a alzarse juntos contra sus patronos. Dan comienzo las huelgas obreras. Al principio es frecuente que los obreros no tengan ni siquiera una idea clara de lo que tratan de conseguir, no comprenden por qué actúan así: simplemente rompen las máquinas y destruyen las fábricas. Lo único que desean es dar a conocer a los patronos su indignación, prueban sus fuerzas mancomunadas para salir de una situación insoportable, sin saber por qué su situación es tan desesperada y cuáles deben ser sus aspiraciones.
En todos los países, la indignación de los obreros comenzó con disturbios aislados, con motines, como los llaman en nuestro país la policía y los patronos. En todos los países, estos disturbios dieron lugar, de un lado, a huelgas más o menos pacíficas y, de otro, a un lucha multifacética de la clase obrera por su emancipación.
¿Cuál es el significado de las huelgas (o paros) en la lucha de la clase obrera? Para responder a esta pregunta debemos reparar primero con más detalle en las huelgas. Si el salario del obrero se determina -como hemos explicado- por un convenio entre el patrono y el obrero, y si cada obrero por separado es en todo sentido impotente, resulta claro que los obreros deben necesariamente defender juntos sus reivindicaciones, recurrir a las huelgas para impedir que los patronos rebajen el salario o para lograr un salario más alto. Y, en efecto, no existe país capitalista alguno en el que no estallen huelgas obreras. En todos los países europeos y en América, los obreros se sienten impotentes cuando actúan individual mente; sólo pueden oponer resistencia a los patronos si están unidos, bien declarándose en huelga, bien amenazando con ésta. Y cuanto más se desarrolla el capitalismo, cuanto más se multiplican las grandes fábricas, cuanto más son desplazados los pequeños capitalistas por los grandes, tanto más imperiosa es la necesidad de una resistencia conjunta de los obreros, porque se agrava la desocupación, tanto más se agudiza la competencia entre los capitalistas, que tratan de producir las mercancías lo más baratas posible (para lo cual es preciso pagar a los obreros lo menos posible), y tanto más se acentúan las oscilaciones de la industria y las crisis. Cuando la industria prospera, los fabricantes obtienen grandes beneficios y no piensan en compartirlos con los obreros; pero durante las crisis tratan de cargar las pérdidas sobre los obreros. La necesidad de las huelgas en la sociedad capitalista está tan reconocida por todos en los países europeos que allí la ley no las prohíbe; sólo en Rusia siguen vigentes las bárbaras leyes contra las huelgas (de estas leyes y de su aplicación hablaremos en otro momento).
Pero las huelgas, que son determinadas por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, significan el comienzo de la lucha de la clase obrera contra esa estructura de la sociedad. Cuando con los potentados capitalistas se enfrentan obreros desposeídos que actúan individualmente, ello equivale a la total esclavización de los obreros. Pero cuando estos obreros desposeídos se unen, la cosa cambia. No hay riquezas que puedan reportar provecho a los capitalistas, si éstos no encuentran obreros dispuestos a trabajar con los instrumentos y los materiales de los capitalistas, y a producir nuevas riquezas. Cuando los obreros se enfrentan individualmente con los patronos, siguen siendo verdaderos esclavos que trabajan siempre para un extraño por un pedazo de pan, como asalariados siempre sumisos y silenciosos. Pero cuando proclaman juntos sus reivindicaciones y se niegan a someterse a quien tiene bien repleta la bolsa, entonces dejan de ser esclavos, se convierten en hombres y comienzan a exigir que su trabajo no sólo sirva para enriquecer a un puñado de parásitos, sino que permita a los trabajadores vivir como seres humanos. Los esclavos empiezan a presentar la reivindicación de convertirse en dueños: trabajar y vivir no como quieran los terratenientes y los capitalistas, sino como quieran los propios trabajadores. Las huelgas infunden siempre tanto espanto a los capitalistas precisamente porque comienzan a hacer vacilar su dominio. “Todas las ruedas se detienen, si así lo quiere tu brazo vigoroso”, dice sobre la clase obrera una canción de los obreros alemanes. En efecto: las fábricas., las fincas de los terratenientes, las máquinas, los ferrocarriles, etc., etc., son, por decirlo así, ruedas de un enorme mecanismo: este mecanismo extrae distintos productos, los elabora, los distribuye adonde es menester. Todo este mecanismo lo mueve el obrero, que cultiva la tierra, extrae el mineral, elabora las mercancías en las fábricas, construye casas, talleres y líneas férreas. Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros, que proclaman con creciente fuerza sus derechos.
Cada huelga recuerda a los obreros que su situación no es desesperada y que no están solos. Véase qué enorme influencia ejerce una huelga tanto sobre los huelguistas como sobre los obreros de las fábricas vecinas o próximas, o de las fábricas de la misma rama industrial. En tiempos normales, pacíficos, el obrero arrastra en silencio su carga, no discute con el patrono ni reflexiona sobre su situación. Durante una huelga, proclama en voz alta sus reivindicaciones, recuerda a los patronos todos los atropellos de que ha sido víctima, proclama sus derechos, no piensa en sí solo ni en su salario exclusivamente, sino que piensa también en todos sus compañeros, que han abandonado el trabajo junto con él y que defienden la causa obrera sin temor a las privaciones. Toda huelga acarrea al obrero gran número de privaciones, terribles privaciones que sólo pueden compararse con las calamidades de la guerra: hambre en la familia, pérdida del salario, a menudo detenciones, expulsión de la ciudad donde se ha acostumbrado a vivir y trabajar. Y a pesar de todas estas calamidades, los obreros desprecian a quienes abandonan a sus compañeros y entran en componendas con el patrono. A pesar de las calamidades de la huelga, los obreros de las fábricas vecinas sienten entusiasmo siempre cuando ven que sus compañeros han iniciado la lucha. “Los hombres que resisten tales calamidades para quebrar la oposición de un solo burgués sabrán quebrar también la fuerza de toda la burguesía”, decía un gran maestro del socialismo, Engels, hablando de las huelgas de los obreros ingleses. Con frecuencia, basta que se declare en huelga una fábrica para que inmediatamente comience una serie de huelgas en otras muchas fábricas. ¡Tan grande es la influencia moral de las huelgas, tan contagiosa es la influencia que sobre los obreros ejerce el ver a sus compañeros que, aunque sólo sea temporalmente, se convierten de esclavos en personas con los mismos derechos que los ricos! Toda huelga infunde con enorme fuerza, a los obreros, la idea del socialismo: la idea de la lucha de toda la clase obrera por su emancipación del yugo del capital. Es muy frecuente que, antes de una gran huelga, los obreros de una fábrica o de una industria o una ciudad cualquiera no conozcan casi el socialismo ni piensen en él, pero que después de la huelga se extiendan cada vez más entre ellos los círculos y las asociaciones, y sean más y más los obreros que se hacen socialistas.
La huelga enseña a los obreros a adquirir conciencia de su propia fuerza y de la de los patronos; les enseña a pensar no sólo en su patrono y en sus compañeros más próximos, sino en todos los patronos, en toda la clase de los capitalistas y en toda la clase de los obreros. Cuando un fabricante, que ha amasado millones a costa del trabajo de varias generaciones de obreros, rechaza el más modesto aumento del salario e incluso intenta reducirlo todavía más y, si los obreros ofrecen resistencia, pone en el arroyo a miles de familias hambrientas, entonces resulta claro para los obreros que toda la clase de los capitalistas es enemiga de toda la clase de los obreros, y que los obreros pueden confiar sólo en sí mismos y en su unión. Ocurre muy a menudo que un fabricante trata de engañar a todo trance a los obreros, de presentárseles como su bienhechor, de encubrir la explotación de sus obreros con una dádiva cualquiera, con promesas falaces. Cada huelga destruye siempre de un golpe todo este engaño, mostrando a los obreros que su “bienhechor” es un lobo con piel de cordero.
Pero la huelga abre los ojos a los obreros, no sólo en lo que se refiere a los capitalistas, sino también en lo que respecta al Gobierno y a las leyes. Del mismo modo que los patronos quieren hacerse pasar por bienhechores de los obreros, los funcionarios y sus lacayos se empeñan en convencer a los obreros de que el zar y su Gobierno se preocupan de los patronos y de los obreros por igual, con espíritu de justicia. El obrero no conoce las leyes ni se codea con los funcionarios, y menos aún con los altos, por lo que frecuentemente da crédito a todo esto. Pero estalla una huelga, se presentan en la fábrica el fiscal, el inspector de trabajo, la policía y a menudo las tropas, y entonces los obreros se enteran de que han violado la ley: ¡la ley permite a los fabricantes reunirse y discutir abiertamente cómo reducir el salario de los obreros, mientras que éstos son tildados de delincuentes por tratar de ponerse de acuerdo! Desahucian a los obreros de sus viviendas, la policía cierra las tiendas en que podrían adquirir comestibles a crédito y se trata de azuzar a los soldados contra los obreros, incluso cuando éstos mantienen una actitud serena y pacífica. Se llega a dar a los soldados la orden de abrir fuego contra los obreros, y cuando matan a trabaja dores inermes, disparando contra ellos por la espalda, el propio zar manifiesta su gratitud a las tropas (así lo hizo con los soldados que en 1895 asesinaron a huelguistas de Yaroslavl). A todo obrero se le hace claro que el Gobierno zarista es su enemigo jurado, que defiende a los capitalistas y maniata a los obreros. Comienza a comprender que las leyes se dictan en beneficio exclusivo de los ricos, que también los funcionarios defienden los intereses de los ricos, que al pueblo trabajador se le amordaza y no se le permite expresar sus necesidades, y que la clase obrera debe necesariamente luchar por el derecho de huelga, de publicar periódicos obreros y de participar en una asamblea representativa popular, encargada de promulgar las leyes y de velar por su cumplimiento. A su vez, el Gobierno comprende muy bien que las huelgas abren los ojos a los obreros, y por ese motivo les tiene tanto miedo y se esfuerza a todo trance por sofocarlas lo antes posible. Un ministro alemán del Interior, que adquirió particular fama por su enconada persecución de los socialistas y los obreros conscientes, declaró no sin motivo, en una ocasión, ante los representantes del pueblo: “Tras cada huelga asoma la hidra (monstruo) de la revolución”. Con cada huelga crece y se desarrolla en los obreros la conciencia de que el Gobierno es su enemigo y de que la clase obrera debe prepararse para luchar contra él, por los derechos del pueblo.
Así pues, las huelgas habitúan a los obreros a unirse, les hacen ver que sólo en común pueden sostener la lucha contra los capitalistas, les habitúan a pensar en la lucha de toda la clase obrera contra toda la clase de los fabricantes y contra el Gobierno autocrático y policíaco. Por eso los socialistas llaman a las huelgas “escuela de guerra”, escuela en la que los obreros aprenden a librar la guerra contra sus enemigos, por la emancipación de todo el pueblo, de todos los trabajadores, del yugo de los funcionarios y del yugo del capital.
Pero la “escuela de guerra” no es aún la propia guerra. Cuando alcanzan gran difusión las huelgas, algunos obreros (y algunos socialistas) comienzan a pensar que la clase obrera puede limitarse a las huelgas y a las cajas o sociedades de resistencia, que tan sólo con las huelgas la clase obrera puede conseguir una gran mejora de su situación e incluso su propia emancipación. Viendo la fuerza que representan la unión de los obreros y hasta sus pequeñas huelgas, algunos piensan que a los obreros les basta declarar la huelga general en todo el país para conseguir de los capitalistas y del gobierno todo lo que quieran. Esta opinión la expresaron también los obreros de otros países cuando el movimiento obrero estaba en su etapa inicial y los obreros tenían aún muy poca experiencia. Pero esta opinión es errónea. La huelgas son uno de los medios de lucha de la clase obrera por su emancipación, pero no el único, y si los obreros no prestan atención a otros medios de lucha, con ello demoran el desarrollo y los éxitos de la clase obrera.
En efecto, para que las huelgas tengan éxito son necesarias las cajas de resistencia, a fin de mantener a los obreros mientras dure el conflicto. Los obreros (ordinariamente los de cada industria, cada oficio o cada taller) organizan estas cajas en todos los países, pero en Rusia esto es sumamente difícil, porque la policía las persigue, se apodera del dinero y detiene a los obreros. Naturalmente, los obreros saben resguardarse de la policía; naturalmente, la organización de estas cajas es útil, y nosotros no queremos disuadir a los obreros de que se ocupen de esto. Pero no se debe confiar en que, estando prohibidas por la ley, las cajas obreras puedan contar con muchos miembros; y siendo escaso el número de cotizantes, dichas cajas no reportarán gran utilidad. Además, hasta en los países en que existen libremente las asociaciones obreras, y en los que son muy fuertes las cajas, hasta en ellos la clase obrera de ningún modo puede limitarse en su lucha a las huelgas. Bastan con que sobrevengan dificultades en la industria (una crisis, como la que, por ejemplo, se acerca en toda Rusia), para que los patronos provoquen incluso premeditadamente huelgas, porque a veces les conviene suspender temporalmente el trabajo, les trae cuenta que las cajas obreras agoten sus fondos. De ahí que los obreros no pueden de ningún modo circunscribirse a las huelgas y a las sociedades de resistencia. En segundo lugar, las huelgas sólo son victoriosas donde los obreros poseen ya bastante conciencia, donde saben elegir el momento para declararlas, donde saben presentar reivindicaciones, donde mantienen contacto con los socialistas para recibir octavillas y folletos. Pero obreros así hay todavía pocos en Rusia, y es necesario dirigir todos los esfuerzos a aumentar su número. A dar a conocer la causa obrera a las masas obreras, a hacerles conocer el socialismo y la lucha obrera. Esta es la misión que deben asumir los socialistas y los obreros conscientes, formando para ello el Partido Obrero Socialista. En tercer lugar las huelgas muestran a los obreros, como hemos visto, que el gobierno es su enemigo y que es preciso luchar contra él. En efecto, las huelgas han enseñado gradualmente a la clase obrera, en todos los países, a luchar contra los gobiernos por los derechos de los obreros, y por los derechos de todo el pueblo. Como ya hemos dicho, esta lucha sólo puede llevarla a cabo el Partido Obrero Socialista, difundiendo entre los obreros las justas ideas sobre el gobierno y sobre la causa obrera. En otra ocasión nos referiremos en particular a cómo se realizan en Rusia las huelgas y a cómo deben utilizarlas los obreros conscientes. Por ahora debemos indicar que las huelgas son, como ya hemos anotado más arriba, una “escuela de guerra”, pero no la guerra misma; las huelgas son sólo uno de los medios de lucha, una de las formas del movimiento obrero. De las huelgas aisladas los obreros pueden y deben pasar, y pasan realmente en todos los países, a la lucha de toda la clase obrera por la emancipación de todos los trabajadores. Cuando todos los obreros conscientes se hacen socialistas, es decir, cuando tienden a esta emancipación, cuando se unen en todo el país para propagar entre los obreros el socialismo y enseñarles todos los medios de lucha contra sus enemigos, cuando forman el Partido Obrero Socialista, que lucha por liberar a todo el pueblo de la opresión del gobierno y por emancipar a todos los trabajadores del yugo del capital, sólo entonces la clase obrera se incorpora realmente al gran movimiento de los obreros de todos los países, que agrupa a todos los obreros y enarbola en alto la bandera roja en la que están inscritas estas palabras: “¡proletarios de todos los países, uníos!


13. LA ESTRATEGIA DE LAS HUELGAS (León Trotsky - 1933)

En la cuestión sindical, la dirección comunista ha embrollado definitivamente al partido. El curso general del “tercer período” iba encaminado a la creación de sindicatos paralelos. Se partía de la hipótesis de que el movimiento de masas desbordaría a las viejas organizaciones, y que los órganos de la RGO (Oposición Sindical Revolucionaria) se convertirían en los comités de iniciativa para la lucha económica. Para realizar este plan no faltaba más que un pequeño detalle: el movimiento de masas. Durante las crecidas de primavera, el agua arrastra un gran número de empalizadas. Intentemos arrancar la empalizada, decidió Lozovsky, quizá así brotarán las aguas de primavera 
Los sindicatos reformistas han resistido. El Partido Comunista ha logrado excluirse a sí mismo de las fábricas. A partir de lo cual, se ha comenzado a rectificar parcialmente la política sindical. El Partido Comunista se negó a llamar a los obreros no organizados a entrar a formar parte de los sindicatos reformistas. Pero se pronunció igualmente contra la salida de los sindicatos. Al tiempo que creaba organizaciones paralelas, ha vuelto a dar vida a la consigna de la lucha por ganar influencia en el seno de las organizaciones reformistas. En su conjunto, esta dinámica es un modelo de autosabotaje. 
Die Rote Fahne se lamenta de que muchos comunistas consideren inútil participar en los sindicatos reformistas. “¿Para qué revivir estos mercadillos?” declaran. Y, en efecto, ¿con qué objetivo? Si se trata de luchar seriamente para apoderarse de los viejos sindicatos, entonces hay que llamar a los no organizados a entrar: son las capas nuevas las que pueden crear una base para un ala izquierda. Pero, en tal caso, no hay que crear sindicatos paralelos, es decir, una agencia competitiva para reclutar a los trabajadores. En su política con respecto a los sindicatos, la dirección alcanza las mismas cimas de confusión que en el resto de problemas. Die Rote Fahne del 28 de enero criticaba a los militantes comunistas del sindicato de metalúrgicos de Düsseldorf por haber avanzado la consigna de “lucha sin cuartel contra la participación de los dirigentes sindicales” en el apoyo al gobierno Brüning. Estas reivindicaciones “oportunistas” son inaceptables, porque presuponen (!) que los reformistas son capaces de dejar de apoyar a Brüning y sus leyes de excepción. ¡A decir verdad, esto tiene todo el aspecto de una broma de mal gusto! Die Rote Fahne cree que es suficiente con llenar de injurias a los dirigentes, pero que es inaceptable someterlos a la prueba política de las masas. 
A pesar de ello, los sindicatos reformistas ofrecen en la actualidad un campo de acción extraordinariamente favorable. El partido socialdemócrata tiene todavía la posibilidad de engañar a los obreros con su algazara política; por el contrario, el callejón sin salida del capitalismo se levanta ante los sindicatos como el muro de una prisión. Los 200 o 300.000 obreros organizados en los sindicatos rojos independientes pueden convertirse en un precioso fermento en el interior de los sindicatos reformistas. 
A finales de enero ha tenido lugar una conferencia de los comités de empresa comunistas de todo el país en Berlín. Die Rote Fahne ha dado el siguiente informe: “Los comités de empresa forjan el frente obrero rojo” (2 de febrero). Sería vano buscar datos sobre la composición de la conferencia, sobre el número de obreros y empresas representadas. A diferencia de los bolcheviques, que anotaban cuidadosa y públicamente toda modificación en la correlación de fuerzas en el seno de la clase obrera, los estalinistas alemanes, imitando en esto a los de Rusia, juegan al escondite. ¡No quieren reconocer que los comités de empresa comunistas no representan más que el 4% del total, frente al 84% de los socialdemócratas! El balance de la política del “tercer período” está contenido en este informe. ¿Es que el hecho de bautizar como “frente rojo” el aislamiento de los comunistas en las empresas va a hacer avanzar las cosas? 
La crisis prolongada del capitalismo traza en el interior del proletariado la línea de división más dolorosa y más peligrosa: entre los que tienen trabajo y los parados. El hecho de que los reformistas tengan preponderancia en las empresas y los comunistas en los parados paraliza a ambas partes del proletariado. Los que tienen trabajo pueden esperar durante más tiempo. 
Los parados son más impacientes. Hoy en día, su impaciencia tiene un carácter revolucionario. Pero si el Partido Comunista no logra encontrar las formas y las consignas de lucha que, uniendo a los parados y a los que trabajan, abran la perspectiva de una salida revolucionaria, la impaciencia de los parados se volverá ineluctablemente contra el Partido Comunista. 
En 1917, a pesar de la política correcta del partido bolchevique y del desarrollo de la revolución, las capas más desfavorecidas e impacientes del proletariado comenzaron desde septiembre-octubre, incluso en Petrogrado, a apartar su mirada del bolchevismo y volverse hacia los sindicalistas y los anarquistas. Si la Revolución de Octubre no hubiese estallado a tiempo, la desagregación del proletariado habría tomado un carácter agudo y habría llevado a la descomposición de la revolución. En Alemania no hay necesidad de anarquistas: los nacionalsocialistas pueden ocupar su lugar, combinando la demagogia anarquista con sus objetivos abiertamente reaccionarios. 
Los obreros no están en absoluto inmunizados de una vez por todas contra la influencia de los fascistas. El proletariado y la pequeña burguesía se presentan como vasos comunicantes, sobre todo en las condiciones actuales, cuando el ejército de reserva del proletariado no puede dejar de suministrar pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, etc., y la pequeña burguesía desarraigada, proletarios y lumpemproletarios. 
Los empleados, el personal técnico y administrativo, ciertas capas de funcionarios, constituyeron en el pasado uno de los apoyos importantes de la socialdemocracia. En la actualidad, estos elementos se han pasado o se están pasando a los nacionalsocialistas. Tras de sí pueden arrastrar, si no han comenzado a hacerlo ya, a la aristocracia obrera. Siguiendo esta línea, el nacionalsocialismo penetra por arriba en el proletariado. 
De todas formas, su eventual penetración por abajo, es decir, por los parados, es mucho más peligrosa. Ninguna clase puede vivir durante mucho tiempo sin perspectiva ni esperanza. Los parados no son una clase, pero constituyen ya una capa social muy compacta y muy estable, que busca en vano sustraerse a unas condiciones de vida insoportables. Si es cierto, en general, que sólo la revolución proletaria puede salvar a Alemania de la descomposición y la desagregación, esto es cierto en primer lugar para los millones de parados. 
Dada la debilidad del Partido Comunista en las empresas y los sindicatos, su crecimiento numérico no resuelve nada. En una nación conmovida por la crisis, minada por sus contradicciones, un partido de extrema izquierda puede encontrar decenas de millares de nuevos partidarios, especialmente si todo el aparato del partido, metido en una carrera "competitiva", está exclusivamente vuelto hacia el reclutamiento individual. Lo decisivo son las relaciones entre el partido y la clase. Un obrero comunista elegido para un comité de fábrica o la dirección de su sindicato, tiene más importancia que millares de nuevos miembros, reclutados aquí y allá, que entran hoy en el partido para dejarlo mañana. Pero este aflujo individual de nuevos miembros no va a durar eternamente. Si el Partido Comunista continúa postergando la lucha hasta el momento en que haya desplazado definitivamente a los reformistas, habrá de comprender pronto que, a partir de un cierto momento, la socialdemocracia deja de perder influencia en favor de los comunistas, y que, por el contrario, los fascistas comienzan a desmoralizar a los parados, base principal del Partido Comunista. Un partido político no puede abstenerse impunemente de movilizar sus fuerzas por las tareas que se desprenden de la situación. El Partido Comunista se esfuerza en desencadenar huelgas sectoriales para abrir el camino a una lucha de masas. Los éxitos en este terreno son magros. Como siempre, los estalinistas se entregan a la autocrítica: “No sabemos todavía organizar”, “no sabemos todavía arrastrar”, además “no sabemos” significa siempre “no sabéis”. La teoría de triste memoria de las jornadas de marzo de 1921 hace su reaparición: “electrizar” al proletariado mediante acciones ofensivas minoritarias. Pero los obreros no tienen ninguna necesidad de ser “electrizados “. Quieren que se les den perspectivas claras y que se les ayude a crear las premisas de un movimiento de masas. 
En la estrategia de las huelgas, está claro que el Partido Comunista se apoya en citas aisladas de Lenin, con la interpretación que les dan Lozovsky y Manuilski. Es cierto que hubo períodos en los que los mencheviques luchaban contra la “huelgomanía”, mientras que los bolcheviques tomaban la cabeza de cada nueva huelga, arrastrando en el movimiento a masas cada vez más importantes. Esto correspondía a un período de despertar de nuevas capas de la clase. Así fue la táctica de los bolcheviques en 1905, en el período de expansión industrial que precedió a la guerra, en los primeros meses de la Revolución de Febrero. 
Pero en el período inmediatamente anterior a Octubre, a partir del conflicto de julio de 1917, la táctica de los bolcheviques fue distinta: no impulsaban las huelgas, las frenaban, porque cada gran huelga tenía tendencia a En los albores del movimiento obrero, los agitadores se abstenían a menudo de desarrollar perspectivas revolucionarias y socialistas para no espantar a los obreros a los que trataban de arrastrar a una huelga. Hoy la situación se presenta en forma totalmente opuesta. Las capas dirigentes de los obreros alemanes no decidirán participar en una lucha económica más que si las perspectivas generales de la lucha por venir les resultan claras. En la dirección comunista no encuentran estas perspectivas. 
A propósito de la táctica de las jornadas de marzo de 1921 en Alemania (“electrizar” a la minoría del proletariado en lugar de ganarse a la mayoría), el autor de estas líneas declaraba en el III Congreso: “Cuando la mayoría aplastante de la clase obrera no se encuentra a sí misma en el movimiento, no simpatiza con él o incluso duda de su éxito, mientras que la minoría, por el contrario, continúa adelante y se esfuerza por empujar a los obreros a la huelga, en este caso esa minoría impaciente puede, en la persona del partido, entrar en conflicto con la clase obrera y estrellarse de cabeza”. 
¿Hay que renunciar a la huelga como forma de lucha? No, no hay que renunciar, sino crear las premisas políticas y organizativas indispensables. 
El restablecimiento de la unidad sindical es una de ellas. La burocracia reformista, naturalmente, no la desea. Hasta la fecha, la escisión le ha asegurado la mejor posición posible. Pero la amenaza directa del fascismo modifica la situación en los sindicatos, con gran desventaja para la burocracia. La aspiración a la unidad crece. La camarilla de Leipart siempre puede intentar, en la actual situación, rechazar el restablecimiento de la unidad: esto duplicará o triplicará la influencia de los comunistas en el interior de los sindicatos. Si la unidad se llega a realizar, tanto mejor: se abrirá ante los comunistas un amplio campo de actividad. ¡Lo que se necesita no son medidas tibias, sino un giro radical! 
Sin una amplia campaña contra la carestía, por la reducción de la semana laboral, contra la disminución de los salarios, sin la participación de los parados en esta lucha, sin la aplicación de la política de frente único, las pequeñas huelgas improvisadas nunca harán al movimiento desembocar en una lucha de conjunto. 
Los socialdemócratas de izquierda hablan de la necesidad, “en el caso de la llegada al poder de los fascistas”, de recurrir a la huelga general. Es muy posible que el mismo Leipart llegue a blandir esa amenaza cuando esté encerrado entre cuatro muros. Die Rote Fahne habla a este respecto de luxemburguismo. Esto es calumniar a la gran revolucionaria. Si Rosa Luxemburgo ha sobrestimado la importancia específica de la huelga general en el problema del poder, ha comprendido muy bien que no hay que llamar arbitrariamente a la huelga general, que ésta es preparada por todo el itinerario anterior del movimiento obrero, por la política del partido y de los sindicatos. En la boca de los socialdemócratas de izquierda, la huelga general es sobre todo un mito consolador que les permite evadirse de la triste realidad. 
Durante muchos años los socialdemócratas franceses han prometido recurrir a la huelga general en caso de guerra. En el Congreso de Basilea de 1912 prometieron incluso recurrir al levantamiento revolucionario. Pero la amenaza de huelga y de levantamiento no era en estos dos casos más que un rayo de opereta. No se trata en absoluto de la oposición entre huelga y sublevación, sino de la actitud abstracta, formal, puramente verbal tanto frente a la huelga como frente a la sublevación. El socialdemócrata bebeliano de antes de la guerra era un reformista armado con el concepto abstracto de revolución; el reformista de posguerra, blandiendo la amenaza de la huelga general, es ya una verdadera caricatura. 
La actitud de la dirección comunista con respecto a la huelga general, evidentemente, es mucho más seria. Pero le falta claridad, incluso en esta cuestión. Sin embargo, la claridad es necesaria. La huelga general es un medio de lucha muy importante, pero no es un remedio universal. Existen situaciones en las que la huelga general entraña el riesgo de debilitar más a los obreros que a su enemigo directo. La huelga debe ser un elemento importante del cálculo estratégico, pero no una panacea en la que se ahogue toda estrategia. 
Hablando en general, la huelga general es el instrumento de lucha del más débil contra el más fuerte, o, más exactamente, del que al comienzo de la lucha se siente más débil contra el que se considera a sí mismo como el más fuerte: cuando, personalmente, yo no puedo utilizar un instrumento importante, intento evitar al menos que se sirva de él mi enemigo: si yo no puedo disparar con un cañón, le arrancaré al menos el percutor. Esa es la “idea” de la huelga general. (el más clasusewitziano de los marxistas se dijo acá NDR)
La huelga general ha aparecido siempre como un instrumento de lucha contra un Estado establecido que dispone de los ferrocarriles, del telégrafo, de las fuerzas militares y policiales, etc. Al paralizar el aparato del Estado, la huelga general, o “asustaba” al poder o creaba las premisas para una solución revolucionaria del problema del poder. 
La huelga general se ha mostrado como un instrumento de lucha particularmente eficaz cuando las masas solamente están unidas por el entusiasmo revolucionario, no permitiéndoles la ausencia de organización y de un estado mayor de combate apreciar el avance de las relaciones entre las fuerzas ni elaborar el plan de operaciones. Podemos pensar que la revolución antifascista en Italia, cuyo inicio será marcado por un cierto número de conflictos localizados, pasará inevitablemente por el estadio de la huelga general. Esta es la única vía por la que la clase obrera italiana, hoy atomizada, cobrará de nuevo conciencia de que constituye una sola clase y podrá medir las fuerzas del enemigo al que tiene que derrocar. 
La huelga general solamente seria una forma adecuada de lucha contra el fascismo en Alemania si este último estuviese ya en el poder y controlase firmemente el aparato del Estado. Pero la consigna de la huelga general no es más que una fórmula vacía si se trata de aplastar al fascismo en su tentativa de apoderarse del poder. 
En el momento de la marcha de Kornílov sobre Petrogrado, ni a los bolcheviques ni a los sóviets en su conjunto se les ocurrió desencadenar una huelga general. En los ferrocarriles, los obreros luchaban por transportar a las tropas revolucionarias y retener los destacamentos de Kornílov. Las fábricas sólo se pararon en la medida en que los obreros debían partir al frente. Las empresas que trabajaban para el frente revolucionario redoblaron su actividad. 
La huelga general no se planteó durante la Revolución de Octubre. En la víspera de la revolución, la inmensa mayoría de las fábricas y los regimientos se habían adherido ya a la dirección del sóviet bolchevique. En esas condiciones, llamar a las fábricas a la huelga general significaba debilitarse a si mismo, y no debilitar al adversario. En los ferrocarriles, los obreros se esforzaban por ayudar a la insurrección; los funcionarios, aun simulando un aire de neutralidad, ayudaban a la contrarrevolución. La huelga general de ferrocarriles no habría tenido ningún sentido; el problema se resolvió con la preponderancia de los obreros sobre los funcionarios. En Alemania, si la lucha estalla a partir de conflictos localizados debidos a una provocación de los fascistas, es poco probable que un llamamiento a la huelga general responda a las exigencias de la situación. La huelga general significaría sobre todo aislar a una ciudad de otra, a un barrio de otro e incluso a una fábrica de otra. Sería más difícil encontrar y reunir a los parados. En esas condiciones, los fascistas, a los que no les falta un estado mayor, pueden ganar cierta superioridad gracias a una dirección centralizada. Es cierto que sus tropas están hasta tal punto atomizadas que, incluso en ese caso, la tentativa de los fascistas puede ser rechazada. Pero ese es ya otro aspeto del problema. 
El problema de las comunicaciones ferroviarias debe ser abordado no desde el punto de vista del “prestigio” de la huelga general que supone el que todos vayan a la huelga, sino desde el punto de vista de su utilidad en el combate: ¿a quién y contra quién servirán las vías de comunicaciones durante el enfrentamiento? 
En consecuencia, hay que prepararse no para la huelga general, sino para resistir a los fascistas. Esto implica crear en todas partes bases de resistencia, destacamentos de choque, reservas, estados mayores locales y centros de dirección, una ligazón efectiva, planes muy sencillos de movilización. 
Lo que han hecho las organizaciones locales en un rincón de una provincia, en Bruchsal y Klingenthal, donde los comunistas junto con el SAP y los sindicatos han creado una organización de defensa, a pesar del boicot de las altas esferas reformistas, es un ejemplo para todo el país, a pesar de sus modestas dimensiones. ¡Oh jefes poderosos, oh estrategas siete veces sabios, sentimos deseos de gritaros: aprended la lección de los obreros de Bruchsal y de Klingenthal, imitadles, extended su experiencia, aprended la lección de los obreros de Bruchsal y de Klingenthal! 
La clase obrera alemana dispone de poderosas organizaciones políticas, económicas y deportivas. Esto es lo que constituye la diferencia entre el “régimen de Brüning” y el “régimen de Hitler”. Brüning no tiene ningún mérito: la debilidad burocrática no es un mérito. Pero hay que mirar las cosas cara a cara. El hecho principal, capital, fundamental, es que la clase obrera de Alemania está todavía en plena posesión de sus organizaciones. La única razón de su debilidad es una utilización incorrecta de su fuerza. Basta con extender a todo el país la experiencia de Bruchsal y Klingenthal y Alemania presentará, un panorama totalmente distinto. En esas circunstancias, la clase obrera podrá recurrir contra los fascistas a formas de lucha mucho más eficaces y directas que la huelga general (una necesidad así podría nacer de un cierto tipo de relaciones entre los fascistas y el Estado), el sistema de comités de defensa constituidos sobre la base del frente único garantizaría por adelantado el éxito de la huelga de masas. La lucha no se detendría en esa etapa. En efecto, ¿qué es lo que hay en el fondo de la organización de Bruchsal y Klingenthal? Hay que saber discernir lo que hay de importante en los acontecimientos menores: este comité local de defensa es de hecho el comité local de los diputados obreros; no se llama así y no tiene conciencia de ello, porque se trata de un pequeño rincón de una provincia. Aquí también, la cantidad determina la cualidad. 
¡Trasladad esta experiencia a Berlín y tendréis el sóviet de diputados obreros de Berlín!

sábado, 24 de noviembre de 2012

Milonga del solitario - Soledad Villamil

20N: paro general, fin de ciclo y escisión

Berni - Manifestación

Desplazamientos

En un post anterior, después del 8N decíamos: "Lo importante no es que pasa con el conglomerado del 46%, parte del cual salió a la calle el jueves y que tiene el mérito de sacar a la luz los límites de la hegemonía kirchnerista que, a fuerza de guita y consumo sin problemas, los mantenía a raya; sino los desplazamientos y condensaciones que se pueden estar produciendo en 54%".
El 20N fue una demostración categórica: una significativa parte del 54% está descontenta. 
El manual del kirchnerismo para las "situaciones de crisis" dictaba una serie de pasos que cumplía a rajatabla: primero el silencio, después alguna mención muy por arriba y finalmente un anuncio y hasta quizá el pase a segundo plano de un ministro.
Por el contrario, en el 20N Cristina irrumpió rabiosa el mismo día del paro, le urgía manifestar su repulsa hacia la clase obrera, sobre todo cuando rompe la subordinación al paternalismo bonapartista y se pone en movimiento, es decir, cuando toma la fisonomía de "movimiento obrero".
Otra vez estuvo filoso el comentarista estrella de la Tribuna de Doctrina. Primero fueron las clases medias, después los trabajadores y por último el juez Griesa, Cristina sentenció "a mi no me van a correr", pero "ya la están corriendo", chicaneó Pagni.
El relato que ubica toda demanda u oposición social "del lado Magnetto del mundo" o  pone a todos en igualdad de condiciones "ante la ley"...de medios, como criticó sagazmente un bloguero kirchnerista "de los orígenes", es tan impotente que ya ni contiene a la tropa propia. No sólo se distancia lentamente el pejostismo, sino también ciertos sectores intelectuales que apoyaron al proyecto.
El paro general hizo hablar con voz y métodos propios a una fracción significativa de la clase obrera que asustó al gobierno y en cierta medida a toda la burguesía, más por la peligrosa potencialidad que puso de relieve, que por el presente de la acción misma determinada por los límites que le puso la cobarde dirección. Y a pesar de esos límites el crujir siempre violento de la huelga y los piquetes encendió la alarma, mucho más que el "tilín tilín" histérico y perfumado de las cacerolas.
Este es el primer hecho sustancial, en cierta medida histórico, la vuelta al paro general después de 11 años.

Escisión y fin de ciclo

Aunque como afirmó un amigo, por suerte la realidad es un poco menos gramsciana y un poco más trotskista, la verdad es que estamos ante una transición. Por lo tanto hay que combinar el "marxismo de la defensiva", el de los cambios graduales entre representantes y representados dentro de la democracia "occidental" (Gramsci), con el "marxismo de la ofensiva", el de los cambios bruscos y lo saltos (Lenín-Trotsky). Y esto porque si bien el paro significó un cambio en el escenario, no llegó a tomar la dimensión de una acción histórica independiente que transforme cualitativamente la relación de fuerzas y abra una nueva situación 180° opuesta a la anterior.  
La coyuntura-situación se caracteriza por el ya no más del kirchnerismo, (lo que no es sinónimo de su debacle inmediata) y el todavía no de una oposición burguesa con suficiente fuerza y capacidad de persuasión como para plantearse como alternativa (por ahora). Esas brechas relativas por arriba están cruzadas por la manifestación de cierto espíritu de escisión por abajo.
La apropiación gramsciana del concepto "soreliano" de "espíritu de escisión" puede ajustarse al presente argentino en términos de la relación de fuerzas y de los niveles de conciencia. En este breve texto, Gramsci parte de afirmar que la historia de las clases subalternas es "disgregada" por definición y  destaca la importancia de definir las fases  posibles en el camino hacia la autonomía. Politiza al sorelismo, la expresión teórica del sindicalismo revolucionario, muy superior al sindicalismo actual, ya que era, según Trotsky, "una teoría incompleta del partido proletario".
La escala definida por Gramsci parte de la fuerza objetiva económica (la recomposición social de la clase obrera bajo en los años kirchneristas); sigue con la capacidad de influir en los grupos dirigentes con "reivindicaciones propias" (el "homenaje" a la fuerza de la clase obrera que en última instancia fue el "desvío" kirchnerista y las concesiones impuestas); puede continuar con el nacimiento de nuevos grupos o partidos "que buscan mantener el control" (hoy todavía "inexistente" por la debilidad de opción burguesa de recambio, eso es lo que distingue a la coyuntura-situación); la formación de grupos subalternos con reivindicaciones de carácter "reducido o parcial" o partidos o grupos que afirman la autonomía dentro de los "viejos marcos" (partidos obreros reformistas o "vandorismos", como el moyanismo actual, esa forma particular de laborismo peronista que tomó el movimiento sindical en la historia argentina, cuando hubo crisis de conducción política del peronismo); y finalmente la autonomía "integral" (las condiciones para la emergencia de un partido revolucionario).
Pero lo destacado es que plantea que se pueden precisar "fases intermedias" (transicionales), y reafirma que hay prestarle particular atención a "toda manifestación del espíritu de escisión"

Entonces la cuestión es poder captar cuando el espíritu de escisión se manifiesta de manera abierta y genera las posibilidades de avances hacia la "autonomía integral". Si ya antes había señales, el 20N fue una manifestación "extrema" del espíritu de escisión, en el terreno de la lucha de clases. Un hecho que marca un salto  y una manifestación de la clase como clase, superior a las luchas corporativas por fábrica o por gremio, que marcaron los últimos años, aunque no hegemónica todavía.
Esto se combina con el "fin de ciclo" del kirchnerismo, que es producto de la ausencia de sucesión política y la crisis del "modelo", que no cae catastróficamente, pero tiene serios límites y está agotado, como lo demuestran la (no) inversión, la baja de la recaudación y muchos otros índices (aunque existan contratendencias, como los precios de los productos agrarios).
Está en proceso de construcción la nueva coalición que le permita a los "grupos dirigentes"  garantizar la continuidad en el ejercicio de su hegemonía y no está dicho de antemano que tengan éxito pacíficamente en esta empresa.
El fin de ciclo económico-político, combinado con el fin del nunca menos (esto y esto, son sólo ejemplos) y el espíritu de escisión (no solo de la clase obrera sino, previamente con el 13S y el 8N, de las clases medias) fueron las condiciones para el contundente paro general del 20N y la apertura de nuevas probabilidades en la lucha de clases. Los tres elementos, que no son independientes entre sí, se retroalimentan y se potencian.
Esto abre una coyuntura-situación para la posibilidad de la construcción de una "izquierda de los trabajadores", como transición hacia un partido revolucionario o, en términos gramscianos, para avanzar hacia la autonomía integral, posibilidad que no es un producto de la inmanencia objetiva, sino la consecuencia de un combate político que se impone como una obligación.


Izquierda y movimiento obrero

Se ha destacado el rol de la izquierda en el 20N y particularmente del trotskismo con peso orgánico en centros estratégicos del proletariado industrial y los servicios. El paro generó las condiciones para su expresión como un actor indiscutible de la política nacional, con influencia en minorías intensas del movimiento obrero.
El fin de ciclo menemista (y su continuadora la Alianza) encontró a la extrema izquierda mucho más débil y al mismo movimiento obrero en condiciones de división y todavía con el peso de las derrotas. La izquierda realmente existente era la corriente cuyo máximo referente era el "Perro" Santillán, en ese momento en el PCR, subordinado a la burocracia sindical y a Moyano, que fue el hombre clave para la salida devaluatoria, la transición duhaldista y el kirchnerismo.
El fin de ciclo alfonsinista permitió la emergencia del MAS, que degeneró en el sindicalismo y el electoralismo y fue impotente en los combates que permitieron el asentamiento del ciclo menemista (las batallas de las privatizaciones). Además ese momento todavía estaba marcado por la cercanía de la derrota del ensayo setentista.
Después de muchos años se combinan condiciones excepcionales: una recomposición obrera, una contradictoria historia reciente de desvíos y no de derrotas, lo que implicó un aspecto de aumento de las aspiraciones a las que Cristina, contra toda la experiencia histórica, quiere poner fin "por decreto" bonapartista. Y la existencia de una izquierda no reformista (aunque tampoco en su totalidad revolucionaria), que mostró su potencialidad el 20N. La conciencia de esta situación plantea una gran responsabilidad y muchas tareas: el avance en una construcción política, en combate contra el sindicalismo y el electoralismo; la construcción de una fuerza militante de miles con claridad estratégica y ambición política de vencer.
Quedan muchos contornos concretos de la coyuntura-situación: las fortalezas y debilidades de la burocracia sindical, el futuro rol del moyanismo, los índices concretos de las posibilidades de la economía que pueden acelerar o retardar los ritmos, los desplazamientos e internas en el pejotismo, la carrera de velocidades entre las estrategias de la izquierda, la subjetividad del movimiento obrero etc. etc. Pero creemos que todos estos movimientos se dan en el marco de estas tendencias generales.

domingo, 18 de noviembre de 2012

"Chatila o la vida extraterrestre" (video: refugiados palestinos en el Líbano)

Sabra y Chatila
"Estos palestinos jodidos y olvidados de Líbano viven como perros; se les trata como perros. Pero no son perros. No se comportan como perros. Ajenos a la tierra, carentes de derechos civiles, envueltos en la miseria, los refugiados palestinos de Líbano resisten con su sola presencia al acuerdo universal para obviar su existencia". Basado en el texto homónimo de Santiago Alba Rico.
ACÁ, los 26 minutos del video: "Chatila o la vida extraterrestre" (sobre los refugiados palestinos en el Líbano y sobre la cuestión palestina en general)

jueves, 15 de noviembre de 2012

Otra vez, Palestina....

La eterna lucha del pueblo palestino parece ir en camino de nuevos episodios violentos. Un pueblo que escribió su historia con el nombre de las masacres sufridas a manos del colonialista Estado Sionista: desde la "Nakba" fundacional del estado terrorista, pasando por Deir Yassin, Lydda o el crimen masivo de Sabra y Schatila, para nombrar solo las más relevantes. 
Acá un gran trabajo de Rodolfo Walsh, publicado en Noticias en 1974. Vale por la rigurosidad de la investigación histórica (con referencias a Abraham León) y por su contundente denuncia del terrorismo sionista. Más allá de sus simpatías políticas y su estrategia.

Masacre de Sabra y Schatila 


LA REVOLUCION PALESTINA - Un articulo de Rodolfo Walsh


Es ésta la VERDADERA HISTORIA, documentada aún con fuentes que, como la ONU, si pueden ser sospechadas de parcialidad, no es precisamente en favor de la Resistencia Palestina, y relatada por un Rodolfo Walsh sobre el que hoy ya es universal su credibilidad y honestidad intelectual, un escritor alabado mundialmente y reconocido como un clásico de la literatura política y como un excelso, penetrante e insuperable investigador. 


El presente trabajo de Rodolfo Walsh fue publicado en el diario Noticias, en junio de 1974. Publicamos además la polémica posterior entre Walsh y el entonces embajador del Estado de Israel en Argentina. 

El conjunto de estos materiales es reproducido en base a los Cuadernos de la revista Jotapé (que aparecía en los ’80) y a la edición realizada por la Editorial Último Recurso, en mayo de 2005. 

La Revolución Palestina 

Rodolfo Walsh, enviado de Noticias, estaba en Beirut el 15 de mayo cuando un comando palestino golpeó en Maalot. Caminó al día siguiente entre las ruinas de las aldeas libanesas bombardeadas por la aviación israelí. Entrevistó a los principales dirigentes de la Resistencia Palestina; antes había pulsado el sentimiento dominante en El Cairo, Damasco, Argel. En su opinión, los acuerdos tramitados por Kissinger no sellarán la paz en Medio Oriente. La explicación está en el pueblo palestino expulsado de su tierra y en la marea revolucionaria que sacude a ese pueblo. 

Esa Revolución es el tema de la serie que empieza a publicar Noticias. 



TRES MILLONES DE PALESTINOS DESPOJADOS DE SU PATRIA CUESTIONAN TODO ARREGLO DE PAZ EN MEDIO ORIENTE 

- ¿Cómo te llamás? 

- Zaki. 

- ¿Qué edad tenés? 

- Siete. 

- ¿Vive tu padre? 

- Murió. 

- ¿Qué era tu padre? 

- Fedaí. 

- ¿Qué vas a ser cuando seas grande? 

- Fedaí. 


El chico rubio de cabeza rapada y uniforme a rayas que da estas respuestas en una escuela de huérfanos al sur de Beirut, Líbano, resume la mejor alternativa, que tras 26 años de frustración resta a tres millones de palestinos despojados de su patria: convertirse en fedayines, combatientes de la Revolución Palestina. 

-¿Palestinos? No sé lo que es eso, declaró en una oportunidad la ex primer ministro de Israel, Golda Meir. 

Se conoce la eficacia ilusoria del argumento, utilizado en Argelia, Vietnam, colonias portuguesas, para negar la existencia de sus movimientos de liberación. Muyaidín? Connait pas. Libération Front? Never heard of it. FRELIMO? Nao conhece. 

El enemigo no existe y todo está en orden. Cada una de estas negativas ha hecho correr un río de sangre pero no ha detenido la historia. 

Desde hace un cuarto de siglo la política oficial del Estado de Israel consiste en simular que los palestinos son jordanos, egipcios, sirios o libaneses que se han vuelto locos y dicen que son palestinos, pero además pretenden volver a las tierras de las que se fueron voluntariamente en 1948, o que les fueron quitadas no tan voluntariamente en las guerras de 1956 y 1967. Como no pueden, se vuelcan al terrorismo. 

Son en definitiva terroristas árabes. 

Es inútil que en el Medio Oriente estos argumentos hayan sido desmantelados, reducidos a su última inconsecuencia. Israel es Occidente y en Occidente la mentira circula como verdad hasta el día en que se vuelve militarmente insostenible. 

La hoja 1974 de esta historia no ha sido todavía doblada y ya tiene varios renglones sangrientos: Keriat Shmonet, Kfair, Maalot, Nabatyé. Es difícil entenderla si se ignoran las hojas 1967, 1948, 1917, y aún las anteriores, incluso las que se salen de la historia y se hunden en la literatura religiosa. 



EN EL PRINCIPIO FUE… 

Primero –dicen– fueron los caanitas y después fueron los hebreos. Faltaban mil años para que naciera Cristo cuando Saúl fundó su reino, que después se partió en dos. Hace casi 2700 años el reino de Israel fue abatido por los asirios. Hace 2560 años el reino de Judá fue liquidado por los babilonios, y en el año 70 de nuestra era los romanos arrasaron Jerusalén. 

Estos son los precedentes históricos del Estado de Israel, sus títulos de propiedad sobre Palestina. 

El Sha de Irán podría alegar títulos análogos fundado en la invasión persa del siglo VI antes de Cristo, la Junta Militar griega podría recordar que Alejandro ocupó Palestina el año 331, Paulo VI acordarse de que en el año 1099 los cruzados católicos fundaron el reino de Jerusalén. 

Los propios historiadores árabes han señalado burlonamente que los caanitas que ocuparon Palestina antes que los hebreos, venían de la península arábiga y eran, en consecuencia, árabes. 

Con la destrucción de Jerusalén –dicen– empezó la diáspora judía, la dispersión. Desde entonces, según la leyenda moderna, el judío anduvo errante por el mundo esperando el momento de volver a Palestina. 

¿Cuántos volvieron realmente? 

Historiadores ingleses afirman que en el siglo XVI vivían en Palestina menos de 4.000 judíos, en el siglo XVIII, 5.000, y a mediados del siglo pasado, 10.000. Es recién a fines de ese siglo cuando algunos judíos empiezan a plantearse el retorno masivo, y cuando ese retorno asume una forma política y una ideología: el sionismo. ¿Por qué? 



UN FRUTO TARDIO DEL CAPITALISMO 

Una respuesta posible a esa pregunta surgió del campo de concentración nazi de Auschwitz. La escribió en 1944, su último año de vida, un judío marxista de 26 años, Abraham León: -El sionismo, que pretende extraer su origen de un pasado dos veces milenario, es en realidad el producto de la última fase del capitalismo. 

En esa fase todos los nacionalismos europeos han construido sus estados y no necesitan ya de la burguesía judía que ayudó a construirlos, pero que ahora es un competidor molesto para el capitalismo nativo. repentinamente surge en esos países el chovinismo antisemita, y se convierten en extranjeros indeseables judíos integrados durante siglos a la vida de los mismos, que, como dice León, -tenían tan poco interés en volver a Palestina como el millonario norteamericano de hoy. 

Las persecuciones del siglo XIX afectan más a la clase media judía que a la clase alta, cuyos representantes notorios iban a lograr una nueva integración a nivel del capital financiero internacional. 

Aquellos judíos europeos perseguidos que descubrieron en el capitalismo la verdadera causa de sus males, se integraron en los movimientos revolucionarios de sus países reales. 

El sionismo evidentemente no lo hizo y se configuró como ideología de la pequeña burguesía, alentada sin embargo por aquellos banqueros que –como los Rotschild– veían venir la ola y querían que sus hermanos se fueran lo más lejos posible. 

A fines del siglo pasado esa ideología encontró su profeta en un periodista de Budapest, Teodoro Herzl, su programa en las resoluciones del Congreso de Basilea de 1897 y su herramienta en la Organización Mundial Sionista. 

El retorno a Palestina tropezaba sin embargo con el inconveniente de que el país estaba ocupado por una población –500.000 habitantes– que desde la conquista islámica del siglo VII era árabe. 

Los fundadores del sionismo negaron el problema. 

En 1898 Herzl hizo un viaje a Palestina y preparó un informe donde la palabra árabe no figuraba. Palestina era una tierra sin pueblo donde debía ir el pueblo sin tierra. 

El palestino se convirtió en el hombre invisible del Medio Oriente. Algunos alcanzaron sin embargo a descubrirlo. 

El escritor francés Max Nordau vio un día a Herzl y le dijo asombrado: -Pero en Palestina hay árabes y agregó: -Vamos a cometer una injusticia. 



EN MEDIO SIGLO EL SIONISMO REEMPLAZÓ LA POBLACIÓN ÁRABE DE PALESTINA POR INMIGRANTES EUROPEOS 

-Palestina es mi país dice Ihsan. -Nunca estuve en Palestina, dice, -pero algún día volveré porque nuestros comandos están peleando para que volvamos. 

-Mi padre murió en Abar el Djelili, dice Naifa. -La muerte de mi padre no me duele, porque murió por nosotros. 

-Mi padre se llamaba Salah, dice Randa. -Estaba peleando y murió. 

Ninguno de los 480 huérfanos de la escuela de Suq el Garb, al sur de Beirut, había visto Palestina si no era a través de los ojos del padre muerto. 

En el aula las muchachas se levantaron para saludar al visitante que venía de tan lejos. 

En el pizarrón había una inscripción en árabe. Pregunté qué decía. Decía: Historia Palestina. 

La idea del Estado Judío surgió a fines del siglo pasado, como el último proyecto de un estado europeo cuando ya no existía en Europa lugar para un nuevo estado. 

Ese estado debía en consecuencia instalarse fuera de Europa y el lugar elegido resultó Oriente. 

La contradicción fue resuelta a través de la ideología –el sionismo– y la ideología se alimentó en el mito bíblico y en la simulación de que Palestina estaba deshabitada. 

Históricamente, estas construcciones mentales producen víctimas. En 1900 había en Palestina 500.000 árabes y 30.000 judíos. Si en 1974 hay tres millones de israelíes y 350.000 árabes, no hace falta preguntarse dónde están las víctimas: están afuera de Palestina, expulsadas de su patria. 

Conviene recordar –porque es la cuestión de fondo– cómo se produce ese trasvasamiento sin precedentes en que la población de un país es reemplazada por otra. 

Los primeros inmigrantes no provocaron la desconfianza de los árabes. En 1883 los habitantes de Sarafand recibieron a los colonos que llagaban con estas palabras. -Desde tiempo inmemorial somos hermanos de nuestros vecinos, los hijos de Israel, y viviremos con ellos como hermanos. 

Ocho años después sin embargo los notables de Jerusalén pidieron al imperio otomano, que gobernaba Palestina, que prohibiera la inmigración judía, y en 1898 los árabes de Transjordania expulsaron violentamente una colonia judía. 

A pesar de las prohibiciones oficiales la inmigración continuó, aprovechando la corrupción de funcionarios turcos y de terratenientes árabes ausentistas que vendían sus tierras. En 1907 se estableció el primer kibutz, granja colectiva que desde el principio excluyó al trabajador árabe. 

Cuando en 1914 los turcos hicieron su primer y último censo, resultó que había en Palestina 690.000 habitantes, de los que 60.000 eran judíos. Ese año la guerra mundial dio al sionismo su gran oportunidad. 



INGLATERRA REGALA PALESTINA 

Foreign Office, Noviembre 2, 1917. 

Querido Lord Rotschild: 

Tengo mucho placer en transmitirle, de parte del gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las aspiraciones Judías Sionistas, que ha sido sometida al Gabinete y aprobada por él. 

El gobierno de Su Majestad contempla con simpatía en establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo Judío, y usará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de ese objetivo, quedando claramente entendido que nada se hará que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de comunidades no-Judías existentes en Palestina, o los derechos y el status político de que disfrutan los Judíos en cualquier otro país. 

Le agradeceré ponga esta declaración en conocimiento de la Federación Sionista. 

Este trozo de papel, en apariencia inofensivo, es el fundamento moderno del Estado de Israel. Se lo conoce como de declaración de Balfour, y lleva la firma del canciller inglés. 

Dos años después Balfour aclaró lo que quería decir: -El sionismo, bueno o malo, es mucho más trascendente que los deseos y prejuicios de los 700.000 árabes que ahora habitan esa antigua tierra… En Palestina no pensamos llenar siquiera la formalidad de consultar los deseos de los actuales habitantes del país. 

Dos años antes de la Declaración, Gran Bretaña había prometido al Shariff Hussein, la independencia de los países árabes, a cambio de su ayuda en la guerra contra Turquía, aliada de Alemania. Y en efecto fueron soldados árabes los que liquidaron el dominio otomano en Medio Oriente. 

La declaración Balfour se conoció después y, finalizada la guerra, sirvió de base para la resolución de la Liga de las Naciones que convirtió a Palestina en mandato británico. En la redacción de ese documento participó la Organización Mundial Sionista. 

A partir de ese momento la inmigración creció inconteniblemente, organizada por la Agencia Judía, que formaba parte de la administración británica. 

Cuando los ingleses hicieron su primer censo en 1922 había en Palestina 760.000 habitantes, de los que algo más de 80.000 eran judíos: o sea el 11%. Esa proporción había subido en 1931 al 16 y en 1936 al 28%. Ese año se produciría la primera rebelión palestina contra los ingleses, que duró tres años y costó millares de muertos. 

MANUAL DEL COLONIALISMO 

Todavía en 1917 David Ben Gurion afirmó que “en un sentido histórico y moral” Palestina era un país sin habitantes. 

Ben Gurion no ignoraba que el 90% de los habitantes eran árabes: decía simplemente que no existían como seres históricos o morales. Por la misma época, según relata Fanon, los profesores franceses de la Universidad de Argel enseñaban seriamente que los argelinos eran más parecidos a los monos que a los hombres. 

Este tren de pensamiento, llevado a sus conclusiones prácticas, puede encontrarse en el propio fundador del sionismo, Teodoro Herzl. -La edificación del Estado Judío escribió -no puede hacerse por métodos arcaicos. 

Supongamos que queremos exterminar los animales salvajes de una región. 

Es evidente que no iremos con arco y flecha a seguir la pista de las fieras, como se hacía en el siglo XV. Organizaremos una gran cacería colectiva, bien preparada, y mataremos las fieras lanzando entre ellas bombas de alto poder explosivo. 

Algunos colonizadores admitían que los palestinos eran hombres, aunque más parecidos a los pieles rojas. “¿Quién ha dicho –preguntaba en 1921 la Organización Sionista de Gran Bretaña– que la colonización de un territorio subdesarrollado debe hacerse con el consentimiento de sus habitantes? Si así fuera… un puñado de pieles rojas reinarían en el espacio ilimitado de América. 

UN GHETO MÁS GRANDE 

La mentalidad colonial marcó profundamente el establecimiento de la inmigración judía en Palestina. Se formaron comunidades cerradas, exclusivas, donde el árabe era un intruso. 

La reventa de tierras a los árabes se convirtió en pecado que las organizaciones terroristas judías castigaron sangrientamente. 

Aún a nivel de la clase obrera se instala una perversión de la conciencia que convierte al trabajador árabe primero en competidor del inmigrante, después en enemigo, finalmente en víctima. 

La Histradut, central sindical judía, no admite en su seno, los boicotea, prohíbe a las empresas judías que compren materiales trabajados por los árabes. 

David Hacohen, miembro de la Histradut y años después parlamentario israelí, ha recordado las dificultades que tuvo para explicar a otros socialistas ingleses que -en nuestro país uno adoctrina a las amas de casa para que no compren nada a los árabes, se piquetean las plantaciones de citrus para que ningún árabe pueda trabajar en ellas, se vuelca petróleo sobre los tomates árabes, se ataca en el mercado a la mujer judía que ha comprado huevos a un árabe, y se los rompe en la canasta… 

La soberbia racial va moldeando esa sociedad en el más absoluto aislamiento, como si todos los ghettos del mundo se juntaran en un ghetto más grande, pero esta vez deliberadamente encerrado en sí mismo. 

Simón Luvich, israelí exiliado en Londres, recuerda con asombro aquella época de su infancia: -Para nosotros, los árabes eran una especie de exótica minoría étnica, que a veces bajaba de las montañas con sus kufeyas… Nunca entendimos de qué se trataba, porque no los veíamos. 

Galili, ministro de Información de Israel, seguía sin verlos en 1969: -No consideramos a los árabes del país un grupo étnico ni un pueblo con carácter nacional definido. 

Si es ceguera no ver lo que existe, a esa ceguera debe atribuirse la sangre que ha corrido y seguirá corriendo en Palestina. 


EN 1947, UNA RESOLUCIÓN DE LAS NACIONES UNIDAS QUITÓ A LOS PALESTINOS EL DERECHO A TENER UNA PATRIA 

El israelí se jacta ante el mundo de ser el máximo representante en la historia de la Diáspora… Pero quien posee en tal grado el sentimiento del destierro, llega a ser completamente incapaz de comprender que otros puedan tener ese mismo sentimiento. 

No es cruel que digamos que el comportamiento de los israelíes sionistas con el pueblo original de Palestina es similar a la persecución nazi contra los propios judíos. (Mahmud Darwis, poeta palestino). 

El mandato británico sobre Palestina después de la primera guerra mundial permitió cumplir con la promesa, contenida en la declaración de Balfour de 1917, de establecer un hogar nacional judío en un territorio poblado por los árabes. 

Para el sionismo el Mandato era una etapa intermedia, necesaria antes de establecer una población propia en Palestina como base del Estado Judío, objetivo permanente detrás de la fachada del hogar nacional. 

Gran Bretaña favoreció ese proyecto hasta que la inminencia de la segunda guerra mundial le hizo ver que el riesgo de que los pueblos árabes se alinearan junto a Alemania. Las falsas promesas de 1915 se renovaron en 1939. 

En mayo de ese año el gobierno británico publicó un Libro Blanco donde reafirmaba que no tenía el propósito de imponer la nacionalidad judía a los árabes palestinos, prometía limitar a 75.000 el número de inmigrantes en los próximos cinco años y, a partir de 1944, no admitir nueva inmigración sin el consentimiento explícito de los árabes. 

El Libro Blanco fue un producto tardío e ineficaz del colonialismo ingles. En los primeros 20 años de Mandato la proporción de habitantes judíos en Palestina pasó del 10 al 30%. Solamente en 1935 habían entrado más de 60.000 colonos: en 1940 la población judía se acercaba al medio millón.


ACEITANDO EL FUSIL 



Los jefes de la Agencia Judía concibieron desde el principio la inmigración como una colonización armada y construyeron una organización semiclandestina, el Haganah, de la que en 1935 se separó un brote terrorista de ultraderecha, el Irgun, cuyo lema era un mapa de Palestina y Transjordania atravesado por un brazo armado y un fusil con el lema hebreo Rak Kach ( Sólo así ). 

Inicialmente estas organizaciones se limitaron a asegurar mediante el terror la vigencia del boycot antiárabe, pero a partir de 1939 empezaron a prepararse para combatir, también a los ingleses. 

Curiosamente uno de esos preparativos consistió en el ingreso masivo de judíos en el ejército británico: al final de la segunda guerra su número llegaría a 27.000 hombres, que serían el núcleo del ejército judío para la confrontación final en dos tiempos: contra los ingleses y contra los árabes. 

EL EMPUJÓN NAZI 

El estallido de la guerra llevó a su paroxismo la persecución de los judíos en Alemania y brindó un nuevo argumento para la inmigración en Palestina. Ben Gurion resumió en estos términos el sentido y los límites de la alianza entre el sionismo y Gran Bretaña: -Lucharemos junto a Gran Bretaña en esta guerra como si el Libro Blanco no existiera, y lucharemos contra el Libro Blanco como si no existiera la guerra. 

En la práctica esto significó desconocer las cláusulas restrictivas del Libro Blanco e intensificar la inmigración clandestina, aún desafiando el bloqueo inglés. Buques cargados de inmigrantes europeos fugitivos del nazismo empezaron a llegar a las playas palestinas. 

Cuando en 1940 los ingleses pretendieron devolver el cargamento de dos de esos barcos, el buque Patria que debía transportarlos confinados a la isla Mauricio, saltó en pedazos en el puerto de Haifa. Allí murieron 250 personas, en su mayoría mujeres y niños. Aunque el sionismo alegó que los propios refugiados volaron el Patria, la opinión mundial se indignó ante la insensibilidad británica. 

Recién 18 años después un miembro del Comité de Acción Sionista, Rosenblum, reveló que el Patria había sido volado por la Haganah, sin consultar a las víctimas. -Con nuestras propias manos asesinamos a nuestros hijos, escribió Rosenblum. 

LLEGAN LOS AMERICANOS 

En 1942 el centro de gravedad del sionismo se había desplazado de Gran Bretaña a los Estados Unidos. 

El 11 de mayo de ese año la Organización Sionista Americana publicó un manifiesto que luego fue conocido como el Programa de Baltimore. Planteaba cuatro exigencias: el fin del Mandato, el reconocimiento de Palestina como Estado soberano judío, la creación de un ejército judío, la formación de un gobierno judío. 

En Jerusalén, la Agencia Judía adoptó el Programa de Baltimore como política oficial del sionismo y se desligó del Mandato. Gran Bretaña había cumplido su ciclo. Iba a librar aún acciones de retaguardia, condenadas de antemano, pero dejaría en Medio Oriente –como en la India, como en Irlanda– la semilla de un conflicto inagotable. 

Los norteamericanos tomaron el relevo de los ingleses y no lo abandonaron hasta hoy. 

Cuando en 1945 se desmoronó el nazismo y se abrieron las puertas de los campos de concentración –las cámaras de gas, los patéticos restos de una infinita carnicería–, un sentimiento de horror sacudió a Europa. 

Los europeos tienen una singular capacidad para proyectar los propios demonios a lejanos escenarios. Muchos franceses creen que las atrocidades de Hitler son distintas de sus propios crímenes en Indochina y Argelia: ingleses que no han oído de Kenya se asustan de las persecuciones de Stalin, y algunos italianos están convencidos de que el fascismo nació en la Argentina. 

De acuerdo con este esquema, el exterminio de los judíos iba a ser purgado no en el lugar donde ocurrió, sino en Medio Oriente: no por quienes lo ejecutaron o lo permitieron sino por gente que no tenía nada que ver. 

El proyecto de un Estado Judío en Palestina se convirtió así en clamor mundial y los dirigentes sionistas lo explotaron serenamente. Los 225.000 sobrevivientes de los campos de concentración fueron canalizados a Palestina aumentando una población que ya al fin de la guerra ascendía al 32%. 

Entretanto se preparaba la guerra. No se había disipado el humo sobre las ruinas de Berlín ni se había desenterrado el espanto total de Auschwitz cuando David Ben Gurion, futura cabeza del Estado de Israel, negociaba en Estados Unidos la compra de armamento pesado y la reorganización de la Haganah por militares norteamericanos. 

NACE UNA NACIÓN 

Una fulgurante campaña de terror contra los ingleses precipitó el epílogo. En febrero de 1947 Gran Bretaña anunció que, en esas condiciones, no estaba dispuesta a seguir gobernando Palestina, y devolvió a las Naciones Unidas el Mandato que le había entregado la Liga de las Naciones. 

La Asamblea de la UN discutió siete meses el tema y finalmente elaboró una solución salomónica. Palestina sería dividida en dos Estados: uno judío, otro árabe. 

En ese momento había en Palestina 1.200.000 árabes y 600.000 judíos. Los palestinos poseían el 94% de la tierra y los judíos el 6%. 

El Plan de Partición de las Naciones Unidas dividió el país en dos. En uno, que se convertiría en el Estado de Israel, y que abarcaba el 60% de las mejores tierras cultivables, había 500.000 judíos y 400.000 palestinos. En el 40% restante, que nunca llegó a convertirse en Estado, y que hoy forma parte de Israel, había 800.000 palestinos y 100.000 judíos. 

El mapa resultante es un notable ejercicio de topología en que ambos países aparecen superpuestos, con pasadizos y corredores para comunicar regiones separadas. 

Lo que no dice el mapa es que la mitad de las tierras de propiedad palestina caían bajo jurisdicción israelí, y que en millares de casos la aldea árabe quedaba separada de las tierras que cultivaban sus habitantes. 

El 29 de noviembre de 1947, por una mayoría de dos tercios que encabezaban los Estados Unidos y la Unión Soviética, la Asamblea de la UN aprobó el Plan de Partición y desencadenó la desgracia del pueblo palestino, el genocidio, el éxodo y la guerra. 

En la votación los norteamericanos presionaron hasta el límite a los dóciles gobiernos asiáticos y latinoamericanos. Una empresa yanqui compró a la vista de todo el mundo el voto de un país africano. 

El secretario de Defensa norteamericano James Forrestal, que no era propenso a escandalizarse, pudo escribir: -Los métodos que se han usado en la Asamblea General para presionar y coercionar a otras naciones, bordean el escándalo. 

Así nació Israel. Pero la historia no terminaba. Al día siguiente de la votación, el sionismo lanzó todo el peso del terror para despojar a los árabes del territorio que le había dejado el Plan de Partición. 


EL TERROR SIONISTA Y EL ÉXODO PALESTINO. LA MASACRE DE DEIR YASSIN SENTÓ UN MODELO DE ESCARMIENTO 

-Durante tres días, del 11 al 13 de diciembre, atacamos en Haifa y en Jaffa, en Tireb y Yazur. Atacamos y volvimos a atacar en Jerusalén… Las bajas enemigas en muertos y enemigos fueron muy altas. 

De este modo describe Menajem Begin, el jefe del Irgun, el comienzo de la guerra que durante siete meses sacudió a Palestina en 1947-48. 

El objetivo de esos ataques no eran ya los ingleses. 

El 29 de noviembre las Naciones Unidas habían votado la partición de Palestina y Gran Bretaña anunció el 14 de mayo de 1948 que retiraba sus últimas tropas. 

El blanco de la ofensiva en que participaron la Haganah, el Irgun y la Banda Stern era la población Palestina, desarmada y desorganizada. 

En septiembre de 1946 la Haganah había caracterizado al Irgun y la Banda Stern como -organizaciones que se ganan la vida mediante el gangsterismo, el contrabando, el tráfico de drogas en gran escala, el robo a mano armada, el mercado negro. 

Esta suma de dicterios expresaba en realidad diferencias políticas y de método. Mientras la Haganah, brazo armado de la Agencia Judía, se definía como socialista y buscaba una imagen de respetabilidad, el Irgun evolucionaba hacia las posiciones fascistas que hoy sostiene el partido Herut, encabezado por el mismo Begin y la Banda Stern era un grupo de desesperados de ultraderecha. 

A pesar de las acciones espectaculares del Irgun, Haganah fue siempre la organización de mayor peso y de ella surgieron los líderes, hasta hoy, del Estado de Israel. 

Como jefe militar aparecía Moshe Sneh. La cabeza real era Ben Gurion –luego primer ministro– y entre sus dirigentes figuraban Moshe Dayan, hasta hace poco ministro de Defensa, y el actual primer ministro Itshak Rabin.

Un comité anglonorteamericano de investigación sobre la violencia en Palestina describió en 1946 los efectivos de la Haganah: una fuerza territorial de reserva de 40.000 colonos, un ejército de campaña de 16.000, y una fuerza de choque, el Palmach, que oscilaba entre 2.000 y 6.000. 

El Irgun tenia de 3.000 a 5.000 combatientes; la Banda Stern alrededor de 300. 

Separadas por ácidas disputas, estas tres fuerzas confluyeron rápidamente ante el anuncio de la retirada inglesa, aceptaron la hegemonía de la Haganah y pusieron en práctica el llamado Plan D, que consistía en aterrorizar a la población árabe en el período de vacío político comprendido desde el voto de la UN y la retirada inglesa y limpiar de árabes el Estado Judío y ocupar todo el territorio posible del Estado Árabe previsto por el Plan de Partición. 

DEIR YASSIN 

Las primeras operaciones combinadas de las organizaciones sionistas se desataron en diciembre de 1947 sobre la carretera que unía los dos principales baluartes judíos: la ciudad costera de Tel Aviv y el barrio judío de Jerusalén. La carretera estaba flanqueada por aldeas árabes, lo que equivalía al bloqueo de Jerusalén. 

La primera etapa consistió en operaciones de hostigamiento contra esas aldeas, duró hasta marzo de 1948 y dejó 1700 muertos. La ofensiva en gran escala comenzó el 3 de abril cuando el Palmach tomó por asalto la aldea de Qastall, situada sobre un cerro que dominaba la carretera. 

Seis días después el Irgun con el conocimiento de la Haganah, desarrolló una operación que hasta el día de hoy aparece ante cien millones de árabes como el símbolo del horror: el asalto y la masacre de Deir Yassin. 

Deir Yassin era una pequeña aldea árabe situada cinco kilómetros al oeste de Jerusalén. No tenía importancia estratégica alguna y sus habitantes permanecían al margen de la conflagración. En la mañana del 9 de abril, 200 efectivos del Irgun y la Banda Stern entraron a sangre y fuego casa por casa, masacrando a 254 hombres, mujeres y niños, saquearon, violaron, mutilaron cadáveres y los arrojaron a una fosa común. 

El baño de sangre de Deir Yassin –admitió después el escritor judío Arthur Koestler- -fue la peor atrocidad cometida por los terroristas en toda su carrera. 

DISCURSO DEL MÉTODO

En su libro La Rebelión, el autor de la masacre, Menajem Begin, aclaró sus motivos. Después de Deir Yassin, dice, -un pánico sin límites asaltó a los árabes, que empezaron a huir en salvaguarda de sus vidas. Esta fuga en masa se convirtió en un éxodo enloquecido e incontrolable. De los 800.000 árabes que vivían en el actual Estado de Israel, sólo quedaron 165.000. 

La opinión de Begin es confirmada por Koestler: -La población árabe fue presa del pánico y escapó de sus pueblos y aldeas lanzando el lastimero grito: Deir Yassin. Huyeron de sus casas dejando a medio beber el último café en el pocillo de porcelana. 

Si los detalles de la masacre de Deir Yassin merecen un tratamiento aparte cuando se discuta el rol del terrorismo en las luchas palestinas, sus efectos políticos y militares se hicieron evidentes enseguida. 

Tres días después el Palmach tomó Kolonia sin lucha y dinamitó una por una las casas árabes. Cinco aldeas más fueron destruidas por la fuerza de choque del Haganah antes del 17 de abril con un saldo de 350 muertos. El 21 de abril, dice Begin, -todas las fuerzas judías penetraron en Haifa como un cuchillo entra en la manteca. Los árabes escapaban aterrados gritando Deir Yassin. 

Haifa era la segunda ciudad de Palestina. En una semana su población se redujo de 60.000 a 9.000. 

El 25 de abril el Irgun atacó Jaffa, la ciudad árabe contigua a Tel Aviv. Al principio hubo resistencia, pero después se repitió el fenómeno: los árabes escapaban por decenas de millares. Aquí no fue necesario el ejemplo de Deir Yassin: los últimos defensores de Jaffa fueron fusilados sobre el terreno, los sobrevivientes expulsados con lo puesto, y las casas dinamitadas una tras otra. 

El mismo día la Haganah tomó Acre. Bastó un megáfono y el anuncio de represalias, para que el éxodo se repitiera. 

Mientras estos episodios se repetían en centenares de aldeas y decenas de millares de familias palestinas ambulaban por los caminos que conducían al Líbano, Siria, Jordania, las tropas británicas observaron con singular indiferencia, limitándose a impedir que los incipientes ejércitos de los países árabes violaran las fronteras del nuevo Estado de Israel. 

El 14 de mayo las últimas columnas del ejército inglés desfilaron al son de las gaitas por las calles de Jerusalén. 

En el primer minuto del 15, una exclamación de júbilo brotó de las posiciones conquistadas por los israelíes: era el Día de la Independencia. 

Nathan Chowsi, un judío que emigró a Palestina en 1906, ha calificado ese júbilo: 

-Los viejos colonos de Palestina podríamos relatar de que manera nosotros, los judíos, expulsamos a los árabes de sus ciudades y sus aldeas… Aquí había un pueblo que vivió 1300 años en su propia tierra. Vinimos nosotros y convertimos a los árabes en trágicos refugiados. Y todavía nos atrevemos a calumniarlos y difamarlos, a ensuciar su nombre. En vez de sentirnos profundamente avergonzados por lo que hicimos, y tratar de enmendar todo el mal que hemos cometido, ayudando a esos infelices refugiados, justificamos nuestros actos terribles, y tratamos inclusive de glorificarlos. 


PRODUCTO DE TRES GUERRAS Y DE INNUMERABLES PERSECUCIONES EL PUEBLO DE LAS TIENDAS AGUARDA SU HORA 

- ¿Usted de dónde es? 

- Soy de Jaffa. 

- ¿Y dónde vive? 

- Yo vivo en una carpa. Y usted, ¿de dónde es? 

- Soy de Bulgaria. 

- ¿Y dónde vive? 

- Vivo en Jaffa. 

(Arlette Tessier. Diálogo en Gaza) 

-Esta es una transmisión de la Haganah, intimidando a los árabes a que abandonen esta distrito antes de las 5:15 de la madrugada. Tengan piedad de sus mujeres y de sus hijos y salgan de este baño de sangre. Váyanse por el camino de Jericó, que todavía está abierto. Si se quedan, vendrá el desastre. 

Aún no había amanecido el 15 de mayo de 1948, Día de la Independencia de Israel, cuando decenas de camiones equipados con altoparlantes transmitían este mensaje a las poblaciones árabes. 

El desastre que se invocaba no era una amenaza hueca. El recuerdo de la masacre de Deir Yassin se unía en la mente de los palestinos al de decenas de pueblos y ciudades ocupados a sangre y fuego. 

El Plan Dalat o Plan D, puesto en ejecución por el alto mando de la Haganah, al que se plegaron las otras dos organizaciones terroristas –Irgun y Stern- incluyó trece campañas militares en regla entre el 1º de abril (Operación Nachshon) y el 14 de mayo (Operaciones Ben Ami, Pitchfork y Schfilon). Ocho de ellas se desarrollaron fuera de Israel. 

El resultado de estas operaciones fue la ocupación de Haifa, Jaffa, Beisan, Acre, barrio residencial árabe de Jerusalén y otras poblaciones menores, así como la “purificación” de Galilea. 

Antes que Ben Gurion proclamara el Estado de Israel en un museo de Tel Aviv, bajo un retrato de Teodoro Herzl fundador del sionismo, había ya 400.000 palestinos fugitivos. Pero en la madrugada del 15 las fuerzas israelíes cruzaron arrolladoramente las fronteras del Estado árabe consagrado por el Plan de Partición de la UN que, de ese modo, no llegó a existir. 

Es entonces cuando se produce, según la historia oficial israelí, pródiga en mitos, -la invasión de cinco poderosos ejércitos árabes contra el indefenso Estado de Israel. 


EL COWBOY Y EL PIELROJA 

Después de la guerra del 48, cada bando hizo su balance militar. Solamente la Haganah, que en 1946 tenía 65.000 hombres (fuente británica) y en 1948, 90.000 (fuente israelí), contaba un año antes de la guerra con 10.000 fusiles, 1.900 metralletas, 600 ametralladoras y 768 morteros: en este caso la fuente es Ben Gurion. 

En los meses anteriores a la Partición, ese armamento se multiplicó merced a la introducción clandestina de una fábrica capaz de producir 100 metralletas y 50.000 balas por día. Y en vísperas de la guerra, agentes israelíes contrabandearon por barco y por avión millares de fusiles y ametralladoras checas. 

Fuentes árabes estiman el total de sus fuerzas en 21.000 hombres mal equipados, con largas líneas de comunicaciones. En Egipto reinaba el corrompido rey Faruk, cuyo primer ministro Nokrashy no tenía el menor interés en mandar hombres a Palestina, desafiando a los ingleses que aún ocupaban el Canal de Suez. En Irak gobernaba un títere de los ingleses, Nuri as Said. Siria acababa de independizarse de los franceses y su ejército no superaba los 3.000 hombres. 

El ejército libanés tenía apenas 1.000 reclutas. 

La única fuerza militar atendible, la Legión Árabe, reunía 4.000 hombres adiestrados y conducidos por oficiales ingleses. El Foreign Office llegó a un acuerdo con el rey Abdullah, por el que se impidió a la Legión violar la frontera israelí. (Abdullah pagó después su traición a manos de un refugiado palestino) 

En estas condiciones la invasión de los -poderosos ejércitos árabes en apoyo de sus hermanos palestinos resultó apenas un gesto desesperado. 

A pesar de todo, esas fuerzas consiguieron algunos éxitos iniciales, cuyo eje era el bloqueo de Jerusalén, pero el 11 de junio aceptaron una tregua que les hizo perder todas las ventajas conseguidas. 

En menos de un mes la Haganah terminó de convertirse en un ejército regular, y cuando el 7 de julio se reanudó la lucha, duró apenas diez días. Ahora sí, los árabes estaban vencidos. 


EL MASACRADOR DE LYDDA 



En el contexto de la derrota, cabe el estilo de la victoria. El 11 de julio de 1948, la población árabe de Lydda, que se había rendido a los israelíes, se sublevó al advertir la presencia de unos tanques jordanos. 

El tercer regimiento del Palmach liquidó en horas la insurrección, entrando casa por casa y disparando sobre todo lo que se movía. Según fuente israelí, hubo 250 muertos. Según fuente árabe, entre 500 y 1.700, de los cuales 150 fusilados en la Gran Mezquita convertida en prisión. 

El escritor inglés Erskine Childers dice que una columna israelí entró en el pueblo disparando en todas direcciones: -los cadáveres de hombres, mujeres y niños quedaron desparramados en las calles, tras esta carga implacablemente brillante. 

Y dice quién iba al frente de la columna: Moshe Dayan, un nombre que haría historia. 

Tras la firma del armisticio, Israel se quedó con 3.500 kilómetros cuadrados más de tierra palestina, Faruk se apropió la franja de Gaza y la monarquía hachemita anexó la Cisjordania. Palestina había dejado de existir. Casi 900.000 palestinos se amontonaban en los campamentos de refugiados de Jordania, Siria, Líbano, Gaza, alimentándose con las raciones de socorro de la UN. Una generación entera nació y creció bajo las carpas. 

En 1954 eran más de un millón, en 1956, 1.300.000. Otros 500.000 habían emigrado al Canadá, al Brasil y a otros países. 

En 1956 esos desterrados vieron pasar entre columnas de polvo los tanques israelíes que se lanzaban sobre el Sinaí, mientras los ingleses y los franceses ocupaban el Canal. Meses después los vieron regresar. 

En 1967 el dios de la guerra volvió a tronar en los escuálidos campamentos del Pueblo de las Tiendas. 

LA PAZ ISRAELÍ 

-Fue con repugnancia que vi por televisión las escenas de Israel en aquellos días; la ostentación del orgullo y la brutalidad del conquistador; los estallidos del chauvinismo; y las salvajes celebraciones del inglorioso triunfo, contrastando con las imágenes del sufrimiento y desolación árabe, las caravanas de refugiados jordanos y los cadáveres de los soldados egipcios muertos de sed en el desierto. Contemplé las figuras medievales de los rabís y los khassidim saltando de alegría en el Muro de los Lamentos; y sentí como los fantasmas del oscurantismo talmúdico –que bien conozco- se amontonaban sobre el país, y cómo la atmósfera reaccionaria de Israel se volvía densa y sofocante. 

Este es el comentario de un escritor judío, Isaac Deutscher, a la fulgurante campaña de los Seis Días que, en junio de 1967, arrojó al ejército egipcio al otro lado del Canal de Suez. Sus glorias han sido suficientemente cantadas. 

Entre ellas no figura probablemente la expulsión de 250.000 palestinos que aún quedaban en Cisjordania y Gaza. 

En el vacío que dejó el largo éxodo palestino, se estableció la Paz Israelí. 

El profesor de matemáticas italiano le sacó la casa al tendero árabe. 

El lingüista inglés construyó la suya sobre un espacio demolido. 

El pintor apátrida del Quartier Latin se rodeó de un ambiente oriental. 

El ingeniero agrónomo argentino se fue al kibutz donde ya no quedaba ni memoria del fellah que durante trece siglos le preparó la tierra: como si no hubiera tierra en la Argentina.

EN LA RESISTENCIA ARMADA EL PUEBLO PALESTINO ENCONTRÓ AL FIN SU IDENTIDAD NEGADA POR LA OCUPACIÓN 

-Yo soy de Djebelia, en la franja de Gaza. Allí éramos 16.000 concentrados. Nos quitaron las casas, destruyeron los campos y se repartieron todo. Quieren que todo cambie de aspecto, que nada sea árabe. A la gente más vieja, la que se fue en 1948, no la dejan volver para que no puedan reconocer los lugares. Nos incitan a irnos, nos ofrecen dinero para que nos vayamos a países más ricos. ¡Vayan a Canadá, a Argentina, allá van a estar bien! Tal vez ellos han venido de allá, ¿no? 

-Djebelia tenía fama de brava. A los que éramos de Djebelia no nos daban trabajo, decían que éramos peligrosos. Un día, en 1969, nos bombardearon. Empezaron a las 10 de la mañana y nos cañonearon hasta las 5 de la tarde. Hubo 500 muertos. ¿Por qué? Porque somos palestinos. De noche rodean el campamento con tanques, no nos dejan salir. Y sin embargo, tienen miedo: yo aprendí el israelí y los oigo conversar. Cuando pasan en un jeep, van sentados alrededor del jeep, apuntando en distintas direcciones. 

-El muchacho se ríe. Estamos en el campamento de Borje Barashne, al sur de Beirut, capital de Líbano, a cuya Universidad ha venido a estudiar. Hay 20.000 refugiados en este campamento que es en realidad un pueblo, una villa cuya copia casi exacta son algunas manzanas de la villa de Retiro: pequeñas casas de bloques con techos de chapa, pasillos de material con la canaleta por donde circula el agua, canillas colectivas. E igual que nuestro villero, el palestino pone una planta, aunque sea una maceta, en el mínimo espacio libre: recuerdo del campo al que uno y otro pertenecen. 

Después las diferencias. No hay calles, solamente pasillos, porque en Medio Oriente el espacio es distinto que en Argentina: Líbano cabe dos veces en la provincia de Tucumán. Pero otra diferencia que al principio casi no se nota, va penetrando como la verdad esencial del campamento. 

Son los hombres vestidos de caqui que sentados en alturas estratégicas vigilan con el fusil AK cruzado sobre las rodillas, es el jefe de la milicia local que sale a recibirnos, es la puerta de madera de una casa donde el refugiado que la habita ha pintado todo a lo alto la bandera roja, verde, blanca y negra de la Resistencia palestina, y adentro de la bandera su nombre en árabe. 

Administrativamente, el campamento depende de la UN. Políticamente, la palabra es Fatah. 

LA LUZ DE LA ESPERANZA 

En una oficina de Beirut, Abu Hatem, miembro del Comité Central de Fatah (sigla de Movimiento Nacional de Liberación Palestina) enumeró ante el enviado de Noticias las etapas de la Resistencia. 

-La primera etapa, antes de 1965, fue de preparación y organización. Llegamos a la conclusión de que la lucha armada era la única salida para el pueblo palestino, y desde ese año empezamos a ponerla en práctica. Fue una época llena de dificultades: teníamos tantos enemigos… No eran sólo los israelíes, sino también el imperialismo y los elementos reaccionarios en los países árabes. Nuestro primer mártir, Ahmed Muza, fue abatido por el ejército jordano al cruzar la frontera con Israel. 

-Nuestras operaciones militares fueron una de las razones que alegaron los israelíes para desencadenar la guerra de 1967. Pero allí los países árabes fueron derrotados y se instaló un clima de derrota. Era importante acabar con ese clima, y por eso, apenas terminada la guerra, nosotros reanudamos las hostilidades. Eso fue el 28 de agosto de 1967. 

-En cuatro meses, lanzamos 79 operaciones en el interior de Palestina, pusimos fuera de combate a más de 300 sionistas, volamos dos trenes militares, derribamos tres helicópteros, destruimos medio centenar de vehículos, hicimos estallar el depósito de explosivos de Acre y bombardeamos con bazukas los suburbios de Jerusalén y Tel Aviv. 

-El precio fue duro: perdimos 46 hombres, de los cuales la mitad eran cuadros de conducción. 

-Pero en todo el mundo árabe esa actividad de Fatah fue percibida como una luz de esperanza, que se agrandó el 21 de marzo de 1968, cuando dimos la batalla de Al Karameh”. 

EL SIGNO DE KARAMEH 

Si Deir Yassin es para los palestinos el recuerdo que sobrecoge y enfurece, Al Karameh simboliza la recuperación de la propia identidad negada tras la derrota, la confiscación, la persecución, el exilio. Dice un combatiente: 

-En esa época, nuestro problema era obtener bases permanentes. En la guerra de junio habíamos perdido las bases de Gaza y Cisjordania. Entonces empezamos a filtrarnos en Jordania, por separado, de a uno o de a dos. Así se formó la base de Al Karameh, en el campamento de ese nombre que existía desde 1948. Juntamos 500 combatientes en la zona. De allí lanzamos una escalada operativa. 

-El gobierno de Jordania quería echarnos, pero no se atrevía. Los israelíes empezaron a fastidiarse. Al fin planearon una operación de represalia en gran escala, para aplastarnos. Concentraron 15.000 soldados, con tanques. Pero estaban tan orgullosos de la victoria de junio, tan seguros de que nadie podía oponerles resistencia, que no tomaron medidas de seguridad. Nosotros nos enteramos 48 horas antes de la operación. 

-Llamamos a todas las organizaciones palestinas para que discutiéramos si debíamos enfrentar el ataque o retirarnos. Algunos dijeron que los principios de la guerrilla prohibían el choque frontal, que si el enemigo ataca en fuerza, nosotros nos retiramos, todas esas cosas. 

-Fatah sostuvo que todo eso era cierto, pero que aquí lo fundamental era el marco político: la derrota árabe, el pueblo desesperado. Fatah decidió dar la batalla, a todo o nada. Sólo nos acompañó una pequeña organización, el Ejército de Liberación Palestino. 

-Con ellos distribuimos los 500 puestos de combate. No era una emboscada, Al Karameh era terreno llano, con una población, una villa de emergencia. Había que pelear como se pudiera. Durante toda la noche cavamos pozos, nos enterramos, y esperamos el amanecer. 

LA PICADURA Y EL BURRO 

-A las 5 de la mañana empezaron la preparación de artillería, después avanzaron los tanques. Venían como para desfile. Traían periodistas y Dayan les dijo que iban a almorzar en Amán, la capital de Jordania. 

-Cuando les paramos un tanque con un bazukazo, y después otro, se quedaron como sorprendidos. No esperaban eso. Retrocedieron, después volvieron a avanzar. Ahora venían con aviones y helicópteros además de los tanques. Les resistimos trinchera por trinchera, les resistimos hasta el mediodía. 

-Y en esas siete horas interminables, detrás nuestro estaba el ejército jordano, inmóvil. Los oficiales miraban la batalla con sus prismáticos. El rey Hussein había ordenado no intervenir, y los oficiales miraban: oficiales árabes. 

-No se sabe quién dio el grito, quién no aguantó más. Y de pronto el ejército jordano avanzaba, desobedeciendo órdenes, se juntaba con nosotros. Eso fue a mediodía. 

-A las ocho de la noche la división israelí empezó a retirarse. No podíamos creerlo, era la primera vez que sucedía, la primera vez en la historia. Y cuando avanzamos vimos el daño que les habíamos hecho: los tanques destruidos, los equipos abandonados. 

-Al día siguiente Hussein se hizo fotografiar en un tanque capturado. A Dayan le preguntaron para cuando era el almuerzo en Amán, y él contestó que sólo el burro no cambia de opinión. A Levy Eshkol le preguntaron que había sucedido, y él dijo que el que busca miel, debe esperar algunas picaduras. 

-Aquella picadura la hicimos nosotros, y nos costó. Nos costó 90 muertos, que son muchos cuando sólo teníamos 500 hombres. Pero Al Karameh cambió todo, fue un viraje decisivo. Les demostró a todos los árabes que ellos podían derrotar al ejército israelí. 

-Para nosotros, el resultado fue tremendo. Hasta entonces, Al Fatah era una organización estrictamente secreta, un puñado de hombres. La batalla de Al 

Karameh demostró a las masas que éramos sinceros, que podíamos convertirnos en el cuchillo y en la víctima como dice uno de nuestros documentos, -entrar en la batalla para crearlo todo de la nada, que los palestinos podíamos cerrar el puño sobre la brasa ardiente, como dice nuestro hermano Abu Ammar (Arafat)” 

Después de la batalla de Al Karameh millares de palestinos acudieron a incorporarse a Al Fatah, que aún no estaba preparado para recibirlos, aunque tuvo que abrir las puertas. 

Otras organizaciones se enriquecieron con ese flujo. 

Un año después la Resistencia palestina se paseaba libremente por Siria, tenía una estación de radio en El Cairo, dominaba prácticamente en Líbano Jordania. 

Sobre ese transitorio triunfo iba a abatirse la traición del rey Hussein. 

La esperanza palestina ardería en las calles de Amán, en las montañas de Jordania, antes de renacer poco a poco como una llama que no está destinada a apagarse. 

EL SIONISMO NO ES SÓLO EL ENEMIGO DE LOS ÁRABES, ES EL ENEMIGO DE TODA LA HUMANIDAD - FATAH 

En la oficina de Fatah en Beirut, Abu Hatem, miembro del Comité Central de la Organización, refirió a Noticias las etapas posteriores a la batalla de Karameh, que en 1968 demostró por primera vez que una fuerza árabe podía enfrentar al ejército israelí. 

“En Karameh, la Revolución Palestina creó las circunstancias de su propio crecimiento. Todo el mundo árabe se acercó a nosotros. Inversamente nuestros enemigos redoblaron sus esfuerzos para destruirnos. 

-Los israelíes atacaron nuestras bases y nuestros campamentos, y los gobiernos árabes reaccionarios también. Esas tentativas culminaron en Jordania, en setiembre de 1970. El ejército de Hussein atacó nuestras bases y nuestros pueblos, con tanques y aviones. 

-No consiguió aplastarnos pero mató a muchos miles de compañeros. La masacre se reanudó en julio de 1971. Tuvimos que salir de Jordania. 

-Con la pérdida de nuestras bases jordanas, empieza la cuarta etapa de nuestras luchas. Al principio nuestra actividad disminuyó. Tuvimos que adoptar una nueva política, concentrar la fuerza de Fatah en los propios territorios ocupados. El resultado se vio después de un año, con el aumento de las operaciones. 

-También aumentamos la acción política, la duplicamos. El resultado es que actualmente la opinión pública mundial empieza a comprender que no hay acuerdo estable en Medio Oriente sin el pueblo palestino, que no hay paz sin Revolución Palestina.Actualmente la totalidad de los países africanos, con excepción por supuesto de los residuos coloniales, reconocen a la OLP como el único representante legítimo del pueblo palestino. 

-En la Conferencia de Países no Alineados de Argel, el año pasado, 72 estados reconocieron a la OLP. O sea que las relaciones de la Revolución Palestina con el resto del mundo crecen día a día, y particularmente con el bloque socialista encabezado por la Unión Soviética. 

-Por supuesto que no nos quedamos en eso. En la última guerra, la de Octubre, todo el mundo sabe –y principalmente los israelíes- que no hubo dos frentes, sino tres: el egipcio, el sirio y el palestino. 

OLP Y CNP 

Fatah es la fuerza hegemónica de la guerrilla palestina. Su líder Abu Ammar (Arafat) preside la OLP y, desde comienzos de junio de 1974, el Consejo Nacional Palestino. Pero no es la única organización de la Resistencia. 

En la OLP figuran, además de Fatah, el Frente Popular dirigido por Habache, el Frente Democrático de Hawathme (escisión del FP) y Saika, organización adiestrada por los sirios. 

Después de Fatah, Saika es probablemente la de mayor capacidad militar, y el FD, que se define como marxista-leninista, la de mayor capacidad política, mientras que la estrella de Habache, inclinado al ultraizquierdismo, parece declinar. 

Fuera de la OLP se encuentra todavía el Comando General, escindido del FP y dirigido por Ahmad Jibril, que saltó a la notoriedad a comienzos de este año con la operación de Kyriat Shmonet. 

El Consejo Nacional Palestino, CNP, la organización más amplia de la Revolución, incluye no sólo a las organizaciones guerrilleras, sino a los frentes de masas, delegados de territorios ocupados y de la emigración y de grupos financieros y religiosos. 

A los dirigentes de Fatah no les gustan las fotografías ni las autobiografías. 

Trazar su historia no es fácil. Un documento de la Organización, fechado en 1969, admite que sus creadores fueron un grupo de intelectuales que publicaban la revista Nuestra Palestina, antes de optar por la lucha armada. 

En ese punto su primera preocupación fue financiar la futura Organización, sin pedir ayuda a los gobiernos árabes, y el camino que eligieron fue heterodoxo: 

-Ya no es un secreto que buscamos empleo o desarrollamos actividades comerciales en las regiones árabes ricas en petróleo, como el Golfo. Al principio esto creó una atmósfera particular alrededor de Fatah, pero eso no nos desalentó… porque nosotros sabíamos que nos privábamos hasta de lo esencial para ahorrar el máximo de nuestros ingresos y destinarlo al movimiento. 

¿Quiénes eran? 

Los nombres de guerra de alguno de ellos –Abu Ammar, Abu Iyad, Abu Ihad- son conocidos, pero salvo el primero (Arafat), poco se sabe de los demás. 

Los tres pertenecen sin embargo al grupo que fue al Golfo a trabajar. 

Cuando en 1965 decidieron lanzar la guerra, volvieron a suelo palestino. Abu Ammar operó allí, en Cisjordania, viviendo como un pastor a medias ciego, de gruesos anteojos negros. 

Su designación como vocero de Fatah fue una decisión en la que no participó. 

-Necesitábamos un hombre que pudiera hablar en nombre de Fatah. La prensa israelí había empezado a concentrarse en el nombre de Abu Ammar, porque era uno de los líderes en territorio ocupado, y un combatiente de primera fila… La dirección se reunió y lo designó vocero. Era el único miembro de dirección que no estaba presente. La decisión se anunció y él tuvo que cumplir con la decisión. 

HABLA FATAH 

A pesar del origen de sus fundadores, Fatah puso siempre el acento en la lucha de masas, además de la acción armada: -Si abordáramos solamente la lucha armada, estaríamos condenados al fracaso, porque en términos militares partimos de una situación de inferioridad. Pero si abordáramos solamente la lucha política, también estaríamos perdidos, porque tarde o temprano nos chocaríamos con la realidad de que el enemigo nos domina por la fuerza. La lucha armada es indisoluble de la lucha política, y el descuido de una o de otra equivale a convertir la guerra revolucionaria en una aventura. -En consecuencia, nosotros no diferenciamos entre acción política y acción militar, ni mandamos a combatir a nadie que no haya pasado por la organización política. 

¿Cuál es el objetivo último de Fatah? Sus dirigentes lo vienen repitiendo desde hace años: la creación de un estado y no religioso en Palestina. ¿Cuál sería la situación de los judíos en ese Estado? 

-Fatah no toma las armas contra los judíos. Aceptamos a los judíos como ciudadanos palestinos en absoluto pie de igualdad con los árabes. Fatah toma las armas contra el sionismo y se propone liquidarlo, porque el sionismo es el enemigo fascista y racista, el enemigo de toda la humanidad y no solamente de los árabes. 

Preguntó un periodista: 

-¿Qué harían ustedes frente a un judío perseguido en cualquier lugar del mundo? 

Contestó Fatah: 

-Le daríamos un fusil y pelearíamos a su lado. 

EL BOMBARDEO DE ALDEAS LIBANESAS DESNUDA LA ESENCIA DE UN TERRORISMO QUE SE LLAMA REPRESALIA 

Otra vez los rockets de los Phantom se han abatido sobre las aldeas del Líbano, un país pequeño que no tiene ejército ni aviación y cuyo pecado es dar refugio a 300.000 palestinos, una décima parte de los expulsados de su patria por los israelíes. 

Nuevamente los campamentos de refugiados son descriptos como bases guerrilleras. 

Visité uno de esos campamentos, el de Nabatiyeh, al día siguiente de su casi total destrucción por los aviones israelíes, el 16 de mayo de este año. 

Vi las pequeñas casas arrasadas como por una enorme topadora, los utensilios de cocina desparramados, ropa de mujer colgando de los árboles calcinados. 

Eso no era una base. 

Esto no significa que en Líbano, en Siria, en cualquier país árabe, no existan bases de fedaín. Existen pero ni están a la vista, ni albergan una población civil de millares de almas, ni están indefensas, ni son bombardeadas. 

Desde hace 25 años Israel vive anticipando ataques, en perpetuo estado de represalia. Una propaganda que empieza a volverse torpe describe cada acción de sus fuerzas como respuesta a un acto de terrorismo. 

En cada oportunidad se resucita la historia de ese terrorismo, se invoca Maalot, Kyriat Shmoné, Lod, Munich. 

Entre esos actos y los campos nazis de concentración se establece una continuidad, se retrocede a los pogroms zaristas, a la intemporal persecución del judío. 

En este proceso se ha perdido de vista toda la verdad: el palestino despojado de su patria se ha convertido en agresor, la víctima en verdugo. 

Se discute sobre los métodos. ¿Por qué los palestinos atacan escuelas? He visto la escuela de Nabatiyeh, nivelada con la roca. ¿Por qué los palestinos tiran granadas en un mercado? 

En Ain el Hue, la semana pasada, no quedó siquiera el mercado, bajo las bombas israelíes de 250 kilos. 

La discusión sobre los métodos es una de las formas de eludir la discusión sobre el fondo, reemplazar el porqué por el cómo. 

Pero aún esa discusión secundaria no debe ser rehuida. 

¿DE QUIEN ES EL TERROR? 

Hablemos de Maalot, por ejemplo. Las cosas en Maalot no empezaron el 15 de mayo de 1974, con la matanza de 22 estudiantes israelíes. 

Empezaron el 15 de mayo de 1948, con el Estado de Israel. 

Porque Maalot no se llamaba Maalot, sino Tarchiha, y no era un pueblo judío sino una aldea árabe. ¿Dónde está Tarchiha? Arrasada, borrada del mapa. 

Volvamos a Deir Yassin, otra aldea árabe hoy enterrada bajo Kfar Shaul, un suburbio de Jerusalén. 9 de abril de 1948. Fuerzas de la Haganah y del Irgun atacan la aldea, matan a 254 habitantes, descuartizan los cadáveres y los tiran a un pozo. 

Escuchemos el testimonio del coronel Meir Bail del ejército israelí, que tardó 24 años en hablar: 

-Los soldados peinaron las casa, tirando explosivos en su interior y usando todas las armas que tenían. 

Disparaban indiscriminadamente sobre todo lo que había adentro, incluso mujeres y niños. Sus oficiales no movieron un dedo para impedir las atrocidades que se estaban cometiendo. 

Junto con otros residentes de Jerusalén, imploré que se ordenara a los soldados detener el fuego. 

Fue inútil. 25 hombres fueron subidos a un camión, paseados por Jerusalén en desfile de la victoria, llevados a una cantera y fusilados a sangre fría. 

Retrocedemos al 30 de enero de 1948. La aldea se llamaba Sheikh. El método fue el mismo. Los muertos, 60. 

Sa´sa. 14 de febrero de 1948. 20 casas dinamitadas con sus habitantes adentro. 60 muertos. 

Recordemos a Lydda. 11 de julio de 1948. La Haganah reprime un alzamiento popular: 250 muertos según fuente israelí, entre 500 y 1700 según fuentes árabes. 

14 de octubre de 1953. Bombardeo de aldeas jordanas, 75 muertos. En 

Qibya se encierra a los vecinos en sus casas con fuego de ametralladoras, luego se las dinamita. 

Franja de Gaza. 8 de febrero de 1955. 38 muertos. 

31 de agosto de 1955. Ataque a Khan Yunis en la Franja de Gaza, 46 muertos. 

11 de diciembre de 1955. Ataque a aldeas sirias. 50 muertos. 

Otra vez Khan Yunis, abril de 1956. 275 muertos. 

10 de octubre de 1956. Ataque a aldeas jordanas. 48 muertos. 

Octubre de 1956. Kafr Qasim. 51 aldeanos son asesinados por estar fuera de su casa en un toque de queda del que no fueron avisados. 

13 de noviembre de 1966. Ataque a las aldeas de Gaza y Jordania. 200 muertos. 

Noviembre de 1967. Karameh, Jordania. Ataque con morteros a niños que salían de una escuela. 

La lista es interminable. Entre 1949 y 1964 los países árabes denunciaron 63000 actos de agresión, entre 1950 y 1966 las Naciones Unidas y la Comisión de Armisticio condenaron 78 veces al Estado de Israel. Después ya nadie llevó la cuenta, la “represalia” se convirtió en costumbre. 

VUELTA AL ORIGEN 

Si en el balance del terror en Medio Oriente, Israel lleva una ventaja sobre todos sus adversarios, si el Estado mismo de Israel fue la obra de organizaciones terroristas, si esas organizaciones inventaron o reactualizaron la mayoría de los modernos métodos del terror -recordar el asesinato de conde Bernadotte, la voladura del hotel Rey David, la ejecución de rehenes ingleses, las cartas explosivas- en eso no se agota la discusión sobre los métodos. 

Para restituir el cuadro disociado, es preciso volver a relacionar los métodos con los objetivos. 

El terror es un método de lucha que han usado todas las revoluciones y también todas las reacciones. Hechas las reverencias de práctica a la actitud que prefiere condenarlo en sí mismo (como si algo existiera en sí mismo), su humanidad o su inhumanidad depende de sus fines. 

Nuestra Revolución de Mayo fue terrorista. 

El general Aramburu también. 

Con estas precisiones es posible reenfocar el terror en Medio Oriente, superar las barreras de una propaganda que –casualmente- es la del imperialismo occidental, y decidir quién tiene la parte de razón que las circunstancias le permiten tener. 

El objetivo del terrorismo palestino es recuperar la patria de que fueron despojados los palestinos. En la más discutible de sus operaciones, queda ese resto de legitimidad. 

El terrorismo israelí se propuso dominar un pueblo, condenarlo a la miseria y al exilio. En la más razonable de sus represalias, aparece ese pecado original.

La Embajada de Israel replica 

El diario Noticias recibió el 27 de junio último una extensa carta del señor Mario H. Sejatovich a cargo de la oficina de prensa de la embajada de Israel, que se reproduce a continuación. 

El propósito de la dirección del diario fue publicarla íntegra y a la mayor brevedad posible. Lamentablemente cuando iba a cumplirse ese propósito, se produjo la muerte del Teniente General Perón y Noticias –como integrante del pueblo peronista- sumó su duelo al de sus lectores consagrando varias de sus ediciones a informar sobre la vida, la obra y la muerte del gran patriota desaparecido. 

Ahora cumplimos ese pedido, formulando tres aclaraciones: 

1º) la dirección del diario efectivamente respalda las opiniones vertidas por Rodolfo J. Walsh en su serie de notas sobre La Revolución Palestina aparecidas en Noticias en la semana del 12 al 19 de junio último. Cabe recordar al respecto que Walsh viajó a los países árabes como enviado especial de este matutino. 

2º) Walsh utilizará próximamente esta misma columna para contestar a la embajada de Israel. 

3º) La descripción objetiva de la injusticia histórica que ha venido soportando el pueblo palestino sólo con malicia puede interpretarse como una actitud antisemita o persecutoria de la comunidad judía de nuestro país. 



Este es el texto de la embajada de Israel: 

Señor Director: 

Cumplo en dirigirme a usted con relación a la serie de artículos titulada La Revolución Palestina publicada en Noticias cuya representación invoca su autor en reiteradas oportunidades. Como de ello surge que el diario aparece respaldando las afirmaciones del señor Walsh entre las cuales se encuentran flagrantes inexactitudes y deformaciones de los hechos históricos, esta Embajada apela al derecho de respuesta, confiando que dará cabida al texto completo de esta carta en las columnas de su diario. 

Ella no intentará ser una refutación exhaustiva del extenso trabajo del señor Walsh, pero entendemos que urge restablecer la verdad acerca de algunos de los más gruesos equívocos en que incurrió el nombrado, a saber:

1.- El problema de los refugiados palestinos fue creado por los propio líderes árabes, al destacar la Resolución de las Naciones Unidas del 29 de noviembre de 1947, que determinaba la creación de dos Estados, uno judío y otro árabe, violando así sus deberes como miembros de la Organización Internacional, y al compeler a los pobladores árabes a abandonar sus lugares de residencia para abrir paso a los ejércitos invasores, cuya intención proclamada era destruir el naciente Estado de Israel. 

El señor Walsh intenta demostrar que la inmigración judía significó el desplazamiento de los árabes. 

La verdad es diferente: al fin de la Primera Guerra Mundial la Tierra de Israel era un país casi despoblado. 

La población árabe era de 557.000 y la población judía de 100.000. Menos del 30 por ciento de los árabes vivían en el área que es hoy Israel. Hasta los comienzos de la década del 30 era una tierra de emigración árabe, tendencia que revirtió en los años siguientes cuando el desarrollo económico y social promovido por la comunidad judía atrajo la afluencia de árabes de los países vecinos. 

Al proclamarse la independencia de Israel, el número de árabes que habitaban su territorio era de 600 a 700.000. De éstos, permanecieron donde estaban 160.000. 

En consecuencia el número real de refugiados árabes salidos de Israel en 1948 puede estimarse en 450.000 y aún dando margen a errores estadísticos, nunca más de 550.000, cifra que equivale aproximadamente al mismo número de refugiados judíos provenientes de los países árabes (97 por ciento de la población judía total de estos últimos) que se vieron obligados a emigrar a Israel. 

De hecho se produjo una transferencia de poblaciones. 

Mientras Israel integró a estos hermanos venidos de los países árabes, los refugiados palestinos fueron concentrados por los países árabes en miserables campamentos, impidiendo hasta hoy día su integración pese a su identidad étnica, cultural, idiomática y religiosa para usufructuar esa situación como un arma política contra Israel. 

¿Quiénes provocaron el éxodo palestino? 

La respuesta está en las propias palabras de los líderes árabes. Lo admitió explícitamente el señor Emile Ghoury, secretario general del Alto Comité Árabe de Palestina, el 6 de septiembre de 1948: 

El hecho de que existan estos refugiados es consecuencia directa de la acción de los Estados Árabes al oponerse a la participación y al Estado Judío. Los Estados Árabes acordaron unánimemente esta política y deben participar en la solución del problema. 

Ya antes del 23 de abril de 1948, en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, el entonces presidente del Alto Comité Árabe, señor Jamal Husseini, confesaba: 

-Nunca hemos ocultado el hecho de que nosotros hemos iniciado la lucha. El diario jordano Al-Difaa aportó el 6 de septiembre de 1954 este testimonio de un refugiado: 

-Los gobiernos árabes nos dijeron: Salid para que nosotros podamos entrar. De modo que nosotros salimos pero ellos no entraron. 

2.- Fueron los Estados Árabes de la región los que impidieron con su agresión y la secuela consiguiente, la constitución del Estado Árabe Palestino previsto por la Resolución de Partición de la ONU. El señor Trygve Lie, entonces secretario general de las Naciones Unidas, dijo: 

Los Árabes habían afirmado reiteradas veces que resistirían la partición con la fuerza. Y así ocurrió: el 14 de mayo de 1948 los ejércitos regulares de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak, y contingentes de Arabia Saudita y Yemen, invadieron el Estado de Israel. El 15 de mayo de 1948 en El Cairo, el secretario general de la Liga Árabe, Azzam Pachá, llamó a los árabes a una Guerra Santa contra Israel, y declaró: 

-Será una guerra de exterminio, una matanza de la que se hablará como se habla de la matanza de los mongoles y de los cruzados. 

El señor Andrei Gromyko, entonces representante de la Unión Soviética y actualmente su Ministro de Relaciones Exteriores, declaró en el Consejo de Seguridad de la ONU, el 21 de mayo de 1948: 

-La Delegación de la URSS no puede menos que expresar su asombro ante la actitud adoptada por los Estados Árabes en la cuestión palestina y particularmente ante el hecho de que esos Estados hayan enviado sus tropas a Palestina a realizar operaciones militares encaminadas a la supresión del movimiento de liberación nacional en Palestina (Actas Oficiales del Consejo de Seguridad, Tercer Año, Nº 71, 299 sesión p. 4, mayo 1948). 

La agresión militar árabe fue derrotada, pero el Reino de Transjordania anexó la mayor parte del territorio destinado a convertirse en un Estado palestino, mientras Egipto hacía otro tanto con la franja de Gaza. Fueron los propios árabes, pues, los que impidieron la creación de un Estado palestino. 

3.- El señor Walsh afirma que el pueblo judío no tiene derecho a la Tierra de Israel. A esta altura de la historia ese es un tema fuera de discusión: La Tierra de Israel fue un estado independiente sólo tres veces en su historia y cada una de ellas fue un Estado Judío. 

Sólo cuando se la identificó con el pueblo judío entró en los anales de la humanidad como una unidad geopolítica e histórica. 

La ocuparon conquistadores extranjeros, pero sólo el pueblo judío alcanzó su independencia en esta tierra y la consideró el alma y el centro de su existencia nacional. 

4.- El señor Walsh afirma que Gran Bretaña -regaló Palestina- al pueblo judío, provocando con mentalidad colonial, la creación del Estado de Israel. 

La verdad es opuesta: el renacimiento de Israel, aspiración de siglos, se concretó como movimiento de liberación nacional del pueblo judío a través del sionismo, en la segunda mitad del siglo XIX y se afianzó con el trabajo de tres generaciones de pioneros judíos. 

La Declaración de Balfour no fue otra cosa que el reconocimiento de esa realidad histórica, consagrada por la comunidad internacional cuando la Liga de las Naciones resolvió crear el Mandato sobre Palestina, para instaurar el Hogar Nacional Judío. 

Era la primera vez que el sueño milenario del retorno a Sión recibía el auspicio universal. Incluso de los más representativos caudillos árabes de ese entonces, como el Rey Hussein, de Hejaz, quien escribió: 

-Vimos a los judíos afluir a Palestina… El móvil no puede escapar a los que tienen una intuición profunda; saben que este país ha sido para sus hijos originales, pese a todas sus diferencias, una patria sagrada y amada. (Al Kibla, La Meca Nº 183, 23 de marzo de 1918; George Antonius, Despertar Árabe pág. 269). 

Este reconocimiento a la formación del Estado Judío se integra en el contexto de la creación de los Estados Nacionales árabes en el Medio Oriente, al desintegrarse el Imperio Otomano, tal como en Europa el desmembramiento del Imperio Austro-Húngaro dio lugar a la conquista de su soberanía por los movimientos nacionales de los países sojuzgados. 

5.- El señor Walsh sostiene en sus artículos los objetivos proclamados por la organización Al Fatah: instaurar en reemplazo del Estado de Israel, un Estado árabe con mayoría árabe, lo que implica liquidar totalmente la soberanía y la independencia de Israel. 

El instrumento adoptado para este objetivo es el terrorismo que elige deliberadamente como blanco a civiles inocentes, en Israel y en el mundo, y que no trepida en asesinar a mujeres y niños. 

El señor Walsh confiesa haber visitado esas bases terroristas, que buscan abrigo en campamentos de refugiados instalados en territorio del Líbano, cuyo gobierno tolera esa situación. 

Una de las expresiones más significativas de esta situación es que el gobierno libanés ha suspendido el derecho de su ejército y su policía a entrar en las bases de los terroristas y los campos de refugiados que están bajo su control, hasta el punto de no tener siquiera competencia en delitos comunes, o asaltos por parte de los -fedayines, a soldados libaneses, o ante enfrentamientos entre grupos terroristas antagónicos. 

El señor Walsh da un testimonio dramático de lo que significa la educación para el odio, sin repudiarla. Exalta el hecho de que los niños sean adiestrados para matar. Y abunda en ejemplos parecidos para atribuir un contenido –revolucionario- al desborde criminal del terrorismo árabe. 

De este modo, el señor Walsh aparece justificando las matanzas de Lod, Munich, Fiumicino, Atenas, Zurich, Jartum, Kiriat Shmone, Maalot, Shamir, y Nahariya, entre otras. 

-La verdadera revolución en Medio Oriente es la paz. 

Saludo al señor Director atentamente. 

Mario H. Sejatovich 

Oficina de Prensa 

Embajada de Israel 


Respuesta de Rodolfo Walsh 

Flagrantes inexactitudes, deformaciones de los hechos históricos, gruesos equívocos, son algunas de las virtudes que la Oficina de Prensa de la Embajada de Israel en Buenos Aires atribuye a mi reciente serie sobre Palestina, según la carta publicada en Noticias el domingo 14. 

En ella el señor Sejatovich, funcionario de esa oficina, se propone -reestablecer la verdad y lo intenta sosteniendo, en síntesis, que Palestina era -un país casi despoblado al fin de la Primera Guerra Mundial; que el problema de los refugiados palestinos fue -creado por los propios líderes árabes, en 1948, -al compeler a los pobladores árabes a abandonar sus lugares de residencia; y que el 14 de mayo de 1948 los Estados Árabes -invadieron el Estado de Israel. 

En mi serie de notas yo he sostenido que Palestina era desde el siglo VII una tierra poblada por árabes; que el éxodo de 1948 fue provocado por las organizaciones terroristas Haganah, Irgun y Stern; y que fueron estas organizaciones las que desencadenaron la guerra. 

Frente a opiniones tan dispares, un lector distante tiene derecho a conocer las fuentes en que se basan para deducir dónde está la verdad. 

EL MITO DE LA TIERRA SIN PUEBLO 

Expliqué en mis notas que ya a fines del siglo pasado la propaganda sionista convirtió al palestino en -el hombre invisible de Medio Oriente, a tal extremo que Teodoro Herzl hizo un viaje a Palestina y escribió un informe donde no figuraba la palabra árabe. El mito de la tierra sin pueblo era útil para fomentar la inmigración del pueblo sin tierra. Ese mito renace en la carta de la Embajada de Israel, como si no hubiera sido refutado. 

Según el escritor israelí Amos Elon, en un libro de 1971, cuando Herzl viajó a Palestina en 1898, -debía haber allí más de 500.000 árabes palestinos. Esto se complementa con una observación formulada en 1891 por el judío Achad Haam, que conocía bien Palestina: 

-En el extranjero solemos pensar que Palestina hoy es casi desierta, un páramo incultivado… Pero no es así, en absoluto. Es difícil encontrar tierras sin cultivar… En el extranjero solemos pensar que los árabes son todos salvajes, comparables a los animales, pero esto es un gran error. 

Cabe preguntarse si no es esa forma racista de pensar, lo que volvía “invisible” al palestino y lo que, todavía hoy, hace que la Embajada de Israel invente cifras de población distintas a las que figuran en los únicos censos conocidos. Así el señor Sejatovich afirma, sin citar fuente, que al fin de la Primera Guerra -la población árabe era de 557.000 y la población judía, de 100.000. 

La verdad es que en 1914 los turcos hicieron un censo que dio una población total de 689.272, y el sionista Arthur Ruppin estimó que 60.000 eran judíos. 

El 31 de diciembre de 1922 el Gobierno de Palestina (o sea el Mandato británico) hizo un censo que dio estos resultados: 

Árabes 663.914 

Judíos 83.794 

Otros 9.474 

Total 757.182 

Es decir que cuatro años después de lo que dice la Embajada, la población judía aun no llegaba a los 100.000. Tampoco acierta la Embajada cuando dice que Palestina -hasta comienzos de la década del 30 era una tierra de emigración árabe. 

Si comparamos el censo de 1922 con el de 1931, vemos que la población árabe creció el 28% y la población judía, el 108% lo que sólo se explica por la política de inmigración que implantó el Mandato británico. 

De las cifras que acabo de citar se deduce que los términos Palestina, país despoblado, son una falacia en cualquier época que se considere. En 1922, la densidad de población ascendía a 22 habitantes por kilómetro cuadrado, cifra superior en ese momento a la de Estados Unidos o la URSS, y que la Argentina no alcanzará en un siglo: lo que espero no suministre argumentos a ningún colonizador. 

EL MITO DE LA AGRESIÓN ÁRABE 

Para explicar el éxodo palestino de 1948, la Embajada de Israel apela a un argumento que el sionismo ha dejado prácticamente de utilizar desde 1961, cuando fue pulverizado por el investigador inglés Erskine Childers. 

El argumento pretendía que dirigentes árabes habían hablado por radio a los palestinos ordenándoles evacuar sus casas. Childers viajó a Israel en 1953 y pidió pruebas de ese alegato, sin obtenerlas. 

Acudió entonces al Museo Británico, donde se conserva la versión grabada por la BBC de todas las emisiones de radiales de Medio Oriente desde 1948, y no sólo no encontró un solo llamamiento árabe a la evacuación, sino numerosas exhortaciones, e incluso órdenes, de permanecer en sus casas. 

Las razones que incitaron a los palestinos a huir al grito de Deir Yassin! son la destrucción de aldeas y las masacres que precedieron al 15 de mayo de 1948. Ello esta demostrado, en primer lugar, por uno de los responsables de esas masacres, el dirigente de la Irgun Menajem Begin, en su libro La Rebelión. Pero hay además centenares de testimonios. 

El mediador de la UN, conde Bernadotte (asesinado por terroristas sionistas) dijo en su informe: 

-El éxodo de los árabes palestinos resultó del pánico causado por la lucha, de rumores sobre actos de terrorismo reales o supuestos y de la expulsión… Prácticamente toda la población árabe huyó o fue expulsada del área ocupada por los judíos. 

El periodista (y luego diputado) israelí Uri Avneri dice: 

-En algunos casos, los dirigentes judíos trataron de persuadir a los árabes de que se quedaran, por ejemplo en Haifa. Pero por regla general los incitaron a abandonar sus ciudades y aldeas. 

El propio Yigal Allon ha referido que para limpiar Galilea de palestinos, llamó a los alcaldes árabes y les advirtió -que se van a quemar todas las aldeas de Huleh… que huyan mientras hay tiempo. 

El mayor O’Ballance, historiador militar inglés, señala que -expeditivamente los árabes fueron expulsados y obligados a huir, como en Ramleh, Lydda y otros lugares. Dondequiera avanzaban en territorio árabe las tropas israelíes, la población árabe era arrancada como por una topadora. 

El terror causado por las masacres tipo Deir Yassin, y no las inexistentes exhortaciones de -dirigentes árabes a quienes nunca se nombra, fue pues la causa del éxodo. 

La mayoría de esas masacres ocurrieron antes del 14 de mayo, fecha de la invasión de Estados Árabes, y ocurrieron en zonas netamente árabes, que aun dentro del Plan de Partición de la UN, figuraban dentro del Estado Árabe. 

Entre el 21 de diciembre de 1947 y el 14 de mayo de 1948, las organizaciones terroristas israelíes montaron las siguientes operaciones de gran envergadura, fuera de los límites de Israel, que en todos los casos significaron ocupación de territorio, toma o destrucción de ciudades y pueblos, y expulsión de árabes: Qazaza (21.12.47); Sása (16.2.48); Haifa (21.2.48); Salameh (1.3.48); Biyar Adas (6.3.48); Qastal (4.4.48); Deir Yassin (10.4.48); Lajun (15.4.48); Saris (17.4.48); Tiberias (20.4.48); Haifa (22.4.48); Jaffa (26.4.48); Acre (27.4.48); Safad (7.5.48); Beisan (9.5.48). 

La fuente es el New York Times. 

Estas incursiones, y los extensos relatos que las documentan, prueban que Israel no esperó siquiera el día de su Independencia, fijado por la UN, para lanzarse a la conquista de territorio árabe; y que fueron sus organizaciones armadas las que desencadenaron la guerra. 

En este contexto, importan relativamente poco las citas de funcionarios árabes que en su mayoría pertenecían a gobiernos corrompidos y reaccionarios, de fuertes vínculos con el colonialismo. 

Lo que hayan dicho o dejado de decir el rey Faruk, o el rey Abdullah, o el títere británico en Irak, Nuri as Said, tiene tan poca importancia como lo que hayan declarado los Comisionados designados por el gobierno británico, a quienes cita la Embajada (Abdul Khader, el único dirigente amado y seguido por los palestinos, murió en combate). 

Pretender que sobre esos testimonios se pueda erigir el derecho a la dominación de un pueblo; suponer que el relato de -un refugiado (entre un millón), aparecido en un diario jordano, justifique las infames Leyes de Expropiación dictadas por el Estado de Israel sobre las tierras árabes; hablar de una imaginaria -transferencia de poblaciones; todo eso es defender lo indefendible. 

Comprendo que el señor Sejatovich, lo haya hecho, por encargo de su Embajada, con tan poca convicción. 



PARA REFLEXIONAR 

Con respecto a los datos verificables, sólo me resta agregar que las cifras de refugiados que di en mi serie de notas proceden de la UN. 

La Embajada de Israel se permite, sin embargo, teorizar sobre mi actitud frente al terrorismo y la violencia, que expliqué claramente en mi serie sobre la Revolución Palestina. 

Dije allí que apruebo la violencia de los pueblos oprimidos que luchan contra sus opresores. Eso significa que el terrorismo que se inscribe en esa lucha es –más allá del juicio particular sobre cada acción- tan legítimo en el caso de los palestinos como en el caso de la Resistencia francesa. Y que la insurrección de los palestinos frente a los ocupantes de su patria es tan legítima como, por ejemplo, el alzamiento del ghetto de Varsovia contra los nazis. 

El testimonio de un escritor religioso judío ayudará a comprender el paralelo: 

-En lo que a mi concierne ha dicho Moshe Menuhin mi religión es el judaísmo profético y no el judaísmo-napalm. Los nacionalistas judíos, el nuevo tipo de guerreros –judíos- no son judíos, sino nazis –judíos- que han perdido todo el sentido de la moralidad y la humanidad judías… A pesar de todos los artificios de encubrimiento y la construcción de imágenes ficticias; a pesar de los torrentes de trucos sofisticados, publicidad astuta, retórica polémica, ocultamiento de los hechos, redacción tendenciosa de la historia, el hecho trágico es que los nacionalistas –judíos- se apoderaron por la fuerza de las armas, del terror y de las atrocidades, de los hogares, la tierra y la patria de los campesinos, trabajadores y comerciantes árabes, en la vieja Palestina; construyeron una -Patria Judía- y la expandieron durante los meses anteriores al 14 de mayo de 1948 por medio de masacres, despojos, terrorismo, entre el 10 de abril y el 14 de mayo, expulsando a los árabes de ciudades tan típicamente árabes como Deir Yassin, Jaffa, Acre, Ramleh, Lydda, etc.. Los nacionalistas –judíos- son nazis –judíos- y yo siento vergüenza que me identifiquen con ellos y con sus causas herejes. 

Rodolfo J. Walsh 

Trabajo realizado por Rodolfo Walsh, que fuera publicado por el diarios Noticias, en junio de 1974.