jueves, 28 de enero de 2016

Cero a la derecha

El dossier de la revista Panamá sobre Claudio Uriarte y su Almirante Cero, junto a la lectura del libro, inspiraron este post.  



Almirante Cero de Claudio Uriarte puso en cuestión en los tempranos años noventa las distintas historias oficiales en torno a la última dictadura militar.

La historia narrada por la síntesis de los discursos y condenas de los organismos de derechos humanos, y la historia de quienes por derecha defendían a los jerarcas militares que supuestamente habían salvado a la Nación y evitado su ruina eterna.

Hay un primer mérito del libro de Uriarte: la demostración de que hasta en los años en los que parecía que el poder emanaba mecánicamente de la punta del fusil o de las mazmorras de los centros clandestinos, la política actuaba y sus leyes regían hasta a los hechos armados. La dictadura fue la continuación de la política por otros medios ("decretos de aniquilamiento"). No se suspendió la política -como comúnmente se cree-, sino que se la llevó a cabo por medios que contenían episodios de guerra civil.

El Cordobazo abrió un periodo de aguda lucha clases que se transformó en lucha política y una experiencia colectiva que desafió seriamente al régimen del capital y tomó la forma de una “guerra sucia” contra un enemigo común: la clase obrera.

Las organizaciones guerrilleras podían ser un casus belli (Uriarte dixit) para el plan genocida, pero no su fundamento último ni esencial. No irrumpió una sociedad que enloqueció de soberbia y quiso resolver sus problemas a los tiros, sino un serio riesgo de que las clases dominantes perdieran sus privilegios. Los agentes militares pusieron la casa en orden y a cada uno en su lugar. En este punto Uriarte fue precursor de un “cuarto relato” que emergió unos cuántos años después.

El segundo acierto del libro es que detecta el punto ciego de cierto “derechohumanismo”, las contradicciones de su propio discurso y hasta de sus demandas. Un movimiento valiente y progresivo que con el motor de la búsqueda de justicia por sus muertos denunció y desnudó el terror al que puede recurrir el Estado, identificó a sus responsables y habilitó los juicios. Sin embargo, la igualación del hombre abstracto con derechos universales no explica la configuración concreta de la sociedad dividida en clases. La sociedad en la que el trabajador sabe que sus escasos derechos terminan donde empieza una constitución entera al servicio de la propiedad privada. La misma que anula la democracia en el “estado de excepción” que gobierna con mano de hierro en el territorio de la tiranía fabril (o empresarial). De esa sociedad emergió el llamado “Proceso” y encontró raíces en sus derrotas, en sus errores y en las tragedias de sus intentos revolucionarios. Esa experiencia de poco más de un lustro, que vista desde hoy puede considerarse el último gran “ensayo general”.

La descripción de la dialéctica de la victoria en la derrota (y viceversa) es el tercer notable aporte de Almirante Cero. Alfonsín como el mejor producto político civil de la dictadura militar, es decir, de Massera. Audaz.

El militante reconvertido en ciudadano como el resultado de la encarnación de una “democracia de la derrota”. El triunfo de la democracia sobre el fracaso de la revolución: una democracia pos-contrarevolucionaria.

El ciudadano que autocensura sus aspiraciones y no imagina un más allá de la democracia burguesa. “Ustedes están acá porque nosotros ganamos” dice más o menos Massera en su alegato final y hay un grano de verdad en la afirmación que Uriarte resalta en el texto con la destreza de los que no necesitan recurrir a las negritas.

El final amargo de la fiesta democrática ciudadana de los ochenta -con la hiperinflación y el quiebre económico-, abrió paso al ciudadano consumista de los noventa.

Para contener el pos-2001 (que fue una primera reversión del legado de la dictadura), el kirchnerismo realiza una mélange entre una reivindicación general y acuosa de los setenta como “enfermedad infantil”, tamizado por los derechos humanos de los ochenta, bajo la estructura del consumismo de los noventa.

En el terreno económico fue posneoliberal en tres sentidos: porque temporalmente vino después del neoliberalismo, porque se constituyó sobre sus bases y porque impulsó tímidas incursiones sobre algunos de sus postulados, sin alterar el núcleo duro que en algunas áreas reafirmó y profundizó (precarización, minería). 

En la escena política se erigió como una especie de etapa superior del alfonsinismo. Levantó las banderas del “derechohumanismo” e impulsó el consumo para todos y todas. Consumismo + derechos humanos, bajo el manto de una reivindicación moral de una juventud militante maravillosa, única, pero sobre todo irrepetible en sus contornos más disruptivos. Militancia ligth para consumo interno de una minoría intensa y consumismo “militante” para mayorías pasivas (o pasivizadas).

No es casualidad que para su operación de restauración del “país normal”, el kirchnerismo haya tenido que recurrir al último “ensayo general” de cuestionamiento al orden del capital, aunque lo hizo mediante una de sus figuras más burguesmente difusa: Héctor Cámpora, el tío. En aquellos años, el cuento del tío actuó como puente para el retorno del último Perón (el del “peornismo”) y en la última década cumplió la función de una transición para el regreso del pejota. Ahí está La Cámpora, haciendo honor a su nombre, enfrascada en una campaña de afiliación “masiva” a un PJ colmado de figuras que tienen casi todos los vicios del General y ninguna de sus virtudes.

El kirchnerismo fue a rescatar esa experiencia en los marcos y límites impuestos por la derrota: bajo el balance despolitizado del Nunca Más, con prólogo reformado y "repolitizado" pero sin cambio sustancial del “marco estratégico” legado por la dictadura, cuyo cerebro más inquietante y perverso fue el Almirante Cero. El hombre que fracasó en todos sus intentos de continuidad política en la vida civil, mientras triunfaba en su función histórica.

El carácter endeble y gaseoso de los supuestos “avances” de las últimas tres décadas queda expuesto en la facilidad con la que la “nueva derecha” retorna al kilómetro cero del andar de la democracia que parió el “Proceso”. Un camino que formalmente no fue pura impunidad, hubo juicio y algunos castigos a jerarcas que ya eran irreales por innecesarios, mientras se salvaba al conjunto del régimen político y social. 

Este límite queda en evidencia en el celo con el que todos guardaron los archivos bajo siete llaves, tanto bajo el alfonsinismo, el menemismo (su versión “blanca”: la Alianza), como bajo el kirchnerismo.

Los archivos nunca se abrieron porque desnudarían a todos los agentes del “Proceso”, los pilares que lo sostuvieron y sus verdaderos objetivos. Porque no se puede juzgar históricamente a la dictadura si no se establece rol histórico de la democracia, anterior y posterior al golpe.



El demoníaco rostro del Almirante Cero y sus cómplices de las Juntas fueron sólo el instrumento sangriento y salvaje del que se valieron los dueños del país para ponerse a salvo a cualquier precio. 

El fin justificó los medios y una vez garantizado el fin (“aniquilar” la insurgencia obrera) tenía que acabarse la rabia. El uso de la justa causa de Malvinas, fue un intento de perpetuarse en el poder, pero la indigna derrota apuró su salida con el concurso de la movilización popular.

Almirante Cero narra el álgebra y la mecánica de esa contrarrevolución, de las huellas profundas que dejó en la sociedad y la determinación que ejerció sobre el personal político del régimen constitucional.

Massera quiso ser tanto el jefe militar y estratega de la contrarrevolución como el líder político de la reacción democrática.

Pero el “Proceso” había cumplido su misión y el Almirante Cero era el candidato del “Proceso”. Murió políticamente cuando murió la dictadura como proyecto político extremo de los dueños de la patria. La casa estaba en orden y el capital podía (y debía) volver cubrirse con su mejor envoltura. Almirante Cero comenzó tempranamente a develar qué se escondía detrás de la nueva fachada de una democracia con oscura herencia, con el plus de una narración que contiene todos los condimentos cautivantes del siempre polémico “género culpable”.  . 




martes, 12 de enero de 2016

Siete años sin Alejandro "Bocha" Sokol




Hace siete años se le reventaba el corazón al "Bocha" Sokol en la estación de ómnibus de Río Cuarto (Córdoba) y entristecía el corazón de una generación (o varias). 

El momento de "El Cazador" era una pausa en el pogo soft de Las Pelotas, donde cada uno pensaba a qué cazador había querido tomar por presa. 

Quizá la cosa era más amplia y justo en el momento en el que, como se dice, creíamos ir la "conquista del mundo", nos íbamos dando cuenta de que estábamos en el fondo de una sucia prisión. 

Nuestro recuerdo y nuestro homenaje.


domingo, 10 de enero de 2016

La Revolución Libertadora y la Revolución de la Alegría




Hay en cierto kichnerismo estético un intento de identificar la situación que se vive a partir de su salida del poder, con la caída del primer peronismo. El objetivo es poner un signo igual entre la "Revolución Liberadora" y la "Revolución de la Alegría". 

Las comparaciones además de odiosas, a veces pueden ser también bizarras. Casi que no hay punto de comparación, partiendo del hecho de que el kirchnerismo tuvo mucho más continuidades en el cambio de lo que tuvo la experiencia por excelencia del nacionalismo burgués criollo encabezado por Perón, con respecto al régimen anterior; o el más evidente, el macrismo llegó al poder por elecciones y no constituye un régimen militar.

Sin embargo, con estas salvedades, en el álgebra de la dinámica política y de clases pueden encontrarse puntos de contacto, bajando mil cambios la intensidad de los fenómenos en cuestión o tomando esos puntos en su justa medida y armoniosamente. 

Afirma Claudio Uriarte en El Almirante Cero. Biografía no autorizada de Emilio Eduardo Massera: "El intento de preservar el orden sin el peronismo, y el intento peronista de volver al poder sin perturbar el orden burgués terminaban constituyendo, de este modo, la paradójica fórmula del desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente: no había gobierno que pudiera sostenerse sin el apoyo político de Perón, pero el golpe de 1955 inauguraba un ilevantable veto militar sobre cualquier experimento que recreara la participación de Perón en el escenario político. La extrema rigidez y el conservadurismo de las Fuerzas Armadas, junto a la extrema cautela y prudencia el jefe del movimiento peronista, terminaban, de este modo, forzando un desbalance paradójico para un drama político donde todos eran conservadores: la Revolución."

Y  más adelante explica: "El qué del peronismo era probablemente insignificante, y quizá no difiriera esencialmente de lo que hubiera hecho cualquiera en esas condiciones económicas sobresalientes de la Argentina. El cómo, en cambio, era profundamente perturbador, porque constituía la legalización del movimiento de masas en el universo político, la entrada de los trabajadores a la ciudadela política que antes había estado celosamente restringida a la oligarquía y a la clase media. Justamente, cuando los marinos cuestionaban el cómo, el estilo, ponían el dedo en la llaga quizá sin advertirlo del todo ya que esa democratización aluvional, ese mamarracho neocorporativista y esa cursilería cultural en que se resumió el primer peronismo, con sus constantes apelaciones a la sabiduría y la bondad del pueblo, constituían la forma imperfecta, el lenguaje a medias, para unas masas que recién comenzaban a expresarse. El cómo era el único elemento genuinamente progresivo del peronismo."

Esta última frase es a una exageración benévola para con el peronismo, quizá ese cómo haya sido en realidad el elemento más reaccionario, justamente por ser el más falso, el que encubría la esencia conservadora del peronismo, el relato que escondía la realidad de que -pese a que no lo reconozcan las clases dominantes-, había sido el hecho bendito del país burgués (o el hecho maldito para el subsuelo de la patria tan sublevado como contenido). 

Parece que un destino trágico condicionó al peronismo para no poder completar nunca el tránsito de partido de la contención a partido del orden. Ni en el '55 ni en el '74/75, ni en el 2015 (el menemismo es otro cantar, fue una extensión de la derrota y el orden que impuso el genocidio). 

El primer peronismo surgió como movimiento de anticipación, para evitar la radicalización de las masas obreras (un objetivo muchas veces confesado por el mismo Perón), el retorno se produjo para frenar esa radicalización, que de todos modos se produjo luego de que Perón declinara de la lucha "para evitar un baño de sangre".

El kirchnerismo emergió como movimiento de desvío de una crisis orgánica y una situación de convulsión social y radicalización política (aunque sin la impronta clásica de la clase obrera), y luego, como el primer peronismo, aprovechó condiciones internacionales e internas que habilitaron el crecimiento económico. 

Finalmente, se preparaba para completar el tránsito hacia la moderación que tenía nombre y apellido: Daniel Osvaldo Scioli, un hombre que no tiene problemas con la realidad, simplemente porque le gusta tal cual es. 

Muchas veces afirmamos que el kichnerismo produjo mucho más relato del que es capaz de satisfacer, ese fue el cómo que molestó a fracciones de las clases dominantes y una de las llaves de su capacidad de pasivización.

La "Revolución de la Alegría" hoy cuestiona los símbolos más estridentes del cómo del kirchnerismo: la llamada Ley de Medios que no había afectado sustancialmente los intereses de las corporaciones, las posiciones en la Justicia que nunca avanzaron genuinamente sobre la corporación judicial, las expresiones culturales como el CCK, los aparatos de comunicación o el presunto excesivo estatismo que en términos de condiciones laborales de los empleados públicos mantuvo una precariedad sorprendente y en términos de avances sobre las empresas nunca fue más allá de algunos roces. 

La radicalidad de las medidas a favor del capital para salir de la crisis en la que estaba la economía argentina y que son en su totalidad en contra de los trabajadores y las mayorías populares, se manifiestan hoy en quinta y a fondo.

Un gobierno Scioli hubiese seguido con matices una hoja de ruta similar de ajuste, podía diferir en los ritmos y en el nivel de negociación, pero no en sus objetivos. Esto por el simple hecho de que otro camino implicaba afectar los intereses del las empresas y de la oligarquía, medidas contrarias a la naturaleza del ex- candidato del FpV y de su coalición.

Un burócrata sindical afirmó recientemente que "este gobierno tiene reversa", aunque hasta ahora ha retrocedido en poco y nada, a golpes de Ceocracia y decretismo. 

En este contexto se produce la otra paradoja que puede compararse en términos algebraicos: la extrema rigidez y el conservadurismo de la nueva administración, junto a la extrema cautela y prudencia los jefes del movimiento peronista.

Las potencialidades y límites de esa paradoja se verán en el desarrollo de las próximas coyunturas que constituirán de conjunto una nueva etapa. Los condicionantes estructurales para que la clase trabajadora imponga su sello están a la vista de todos, tanto como su evidente recuperación social en los últimos años. El pueblo no pide sangre, como para poder afirmar que estamos cerca de la revolución. Pero si se sostiene esta paradójica fórmula, el desorden, la inestabilidad y la crisis política permanente están más que aseguradas, elementos que siempre son la antesala (con los tiempos que se toma la historia para resolver sus dramas) de grandes acontecimientos.