domingo, 27 de mayo de 2012

Crisis, lucha de clases y kirchnerismo (o la verdadera "obstinación" argentina)

Una mirada más allá de la coyuntura nos impulsa a pensar las posibilidades de la clase obrera para intervenir de manera decisiva en la escena política nacional que evidencia, más allá de los ritmos, perspectivas de crisis. Reflexionar sobre su disposición de fuerzas objetiva, la subjetividad y la posibles vías para  la conquista de su independencia política.
Como la Masacre de Once, ahora la economía saca a la luz problemas estructurales que el kirchnerismo no resolvió, simplemente porque no estaba en su naturaleza, ni es su programa resolverlos. La cuestión del dólar es solo un ejemplo coyuntural que desnuda aspectos sustanciales de las "paradojas kirchneristas". Paradojas para aquellos que pretenden sostener el relato "Nac&Pop" y para los que se lo creen. Más allá de que logren soluciones parciales o no, en lo inmediato la crisis del dólar devela varios aspectos: la extranjerización de la economía, la falacia del desendeudamiento y el saqueo a los recursos que se expresa en la crisis energética, un componente clave en la balanza comercial que significa necesariamente salida de divisas. Es decir, revela del continuismo noventista. La inflación, el techo a la paritarias o el reciente bluf del cese de la concesión a TBA, para entregar el FFCC Sarmiento a Roggio y Romero, son elementos en el mismo sentido.
A su favor, como se ha dicho, el kirchnerismo tiene en el terreno económico una acumulación de recursos, producto de casi una década de crecimiento extraordinario de la economía nacional, y en el terreno político, una oposición que hizo todo lo posible para fortalecer al gobierno. Esto permite que la catástrofe no se desate aquí y ahora, pero no puede negarla como perspectiva trágica. En un mundo capitalista en caída libre y en un país que choca con los límites de su proceso de acumulación, la crisis y con ella la lucha de clases, es el destino inevitable.
Si hace exactamente 10 años discutíamos las condiciones de posibilidad de un "giro histórico" del movimiento obrero argentino, durante este período esas condiciones no han hecho más que mejorar desde el punto de vista de las perspectivas revolucionarias.
En su disposición de fuerzas objetiva la clase obrera se fortaleció con la incorporación de entre tres o cuatro millones de trabajadores y marca su impronta en la escena política. Las disputas entre la burocracia sindical y el gobierno no son más que la expresión distorsionada de este "retorno del proletariado" y su fuerza social. Del lado de la burocracia el objetivo es utilizar al movimiento obrero como base de maniobra de sus privilegios e incluso de impresentables proyectos políticos; del lado del gobierno, la pretensión es contener su potencialidad explosiva y "suprimir" la lucha de clases, con el objetivo de reducir al proletariado solo a una base de clientela electoral del kirchnerismo. Una utopía que ni el propio Perón pudo lograr. 
El límite de esta recuperación objetiva es la continuidad de las divisiones entre trabajadores en blanco, en negro, contratados y tercerizados.
En un terreno más subjetivo, además de ejercitarse en las huelgas y peleas salariales, la clase obrera inició un camino de recuperación de sus organizaciones de base (que el neoliberalismo nunca pudo destruir), como las comisiones internas y cuerpo de delegados y fue dándole forma a lo que llegó a conocerse popularmente como "sindicalismo de base" o los delegados de "doble representación". Incluso se llegó recientemente a batallas por recuperar importantes sindicatos, como pasó en gráficos o la alimentación, donde se consolidaron oposiciones que se reivindican clasistas.
Y en este mismo sentido, un elemento no menor es que el avance en la conquista de posiciones estratégicas en importantes concentraciones obreras, se da bajo la hegemonía o con un destacado peso de corrientes o militantes de la izquierda trotskista que se referencian en el Frente de Izquierda y los Trabajadores. El FIT en las elecciones del año pasado logró conformarse como un actor de la vida política nacional. Que las "minorías intensas" (que no podrían ser otra cosa que "minorías" en una situación reformista como la actual), respondan en gran parte a la izquierda clasista, tiene una relevante significación política. Si se compara el momento actual con la década del sesenta por ejemplo, que no fue más que el laboratorio de los fenómenos que marcaron la década siguiente, el peso de las corrientes reformistas (armadas o no) que iban desde el peronismo combativo o revolucionario a las variantes guerrilleras pro-cubanas o pro-chinas, pasando por el reformismo del estalinismo criollo, es en términos relativos, en la "carrera de velocidades" de la izquierda, indiscutiblemente menor en relación al trotskysmo en el seno de la vanguardia obrera que (con sus potencialidades y límites) se desarrolló en esa década pos Restauración.
Por último, en el horizonte de ideas de la época también existe una reversión y cambios relevantes, pasada una década. La ausencia de la idea de revolución está relativizada y el desprestigio del sistema capitalista es aún mayor. Si bien la perspectiva de un sistema alternativo al régimen del capital no aparece como posibilidad real (como aparecían los "socialismos reales"), si retornan las ideas de lucha de clases y de revolución. Bajo la forma de "primaveras" (como la árabe) o huelgas generales como en Grecia o el Estado Español o con los estudiantes que hace varios años y en diferentes lugares de un mundo en crisis están ocupando el proscenio y adelantando la lucha de clases. El último episodio fue protagonizado en el México del movimiento #yosoy132. Incluso el marxismo recupera cierto estatus en el terreno de los combates teóricos.
Si el 2001 fue una reversión de la derrota del 76 y el kirchnerismo un desvío, y como dijimos en otro lado, el producto de una ausencia; su fin de ciclo, más o menos postergado, acelerado o enlentecido, plantea la posibilidad de un nuevo "giro histórico", y las condiciones presentes reafirman el derecho al optimismo.
En las últimas crisis o quiebres de la Argentina contemporánea , como la del 89, cuando en el movimiento obrero todavía pesaban las reminiscencias de la dictadura (además de los errores de quienes influenciaban a su vanguardia) o en el 2001, cuando todavía gravitaban las derrotas de la "noche negra" del neoliberalismo, las posibilidades de emergencia independiente del proletariado estaban limitadas. 
El álgebra política del proyecto kirchnerista, como movimiento restaurador, se basó no en una derrota de la crisis orgánica del 2001, sino en un desvío que no cambió la relación de fuerzas impuesta por ese acontecimiento, que reestableció aún más (porque nunca fue liquidado) el carácter "contencioso", propio de la sociedad argentina, que reaparece con piquetes y deliberación permanente hasta en hechos menores.
Sintetizando, como no pasaba desde hace casi 40 años (es decir en los inicios de la insurgencia setentista), la clase obrera se prepara para encarar una crisis con sus fuerzas objetivas notoriamente recuperadas, sin el peso de derrotas históricas y con una vanguardia clasista en ascenso y débiles competidores en el terreno de la izquierda. 
Esto no quiere decir que no van a emerger fenómenos de contención reformista cuando la lucha de clases tienda a la polarización, pero tendrán que disputar en el terreno de la lucha real, las invalorables posiciones que el trotskismo (y sobre todo el PTS) conquistó en el movimiento obrero. 
Podemos agregar además que en términos materiales y políticos, el kirchnerismo no "refundó" al peronismo, que también sufre las consecuencias inevitables de su ciclo vital en la memoria histórica de la experiencia política del pueblo argentino. Puede haber utilizado la gravitación que todavía permanece, aunque mucho más débil, comparado con los años inmediatamente posteriores a su caída y en vida del mismo Perón. Pudo haberlo hasta reinventado, pero senilmente, por eso más allá de algunos movimiento sociales como el Evita o proyectos de juventudes como La Cámpora, ambos absolutamente dependientes de la caja del Estado, nadie da "la vida por Cristina". Puede haber adhesión, puede haber "Cris", pero no hay "pasión".
José Pablo Feimann, subtituló su libro sobre el Peronismo de una manera imperceptiblemente diferente, pero significativa, de los suplementos que sacaba en Página 12. Allí hablaba de la filosofía política de una "obstinación" argentina, en el libro en cambio lo define como una "persistencia argentina". Ya en el suplemento se había dado cuenta que el término "obstinación" imponía un sentido teleológico, una quintaesencia peronista del ser nacional argentino. El filósofo racionalista, un poco liberal, un poco marxista y un poco peronista, no podía permitirse tal digresión, por eso prefirió la definición de "persistencia".
Y efectivamente es indiscutible tal persistencia, que no responde a una filosofía de la historia, que no es teleológica, sino política. Los más de 60 años de "persistencia" del peronismo como movimiento dominante en la vida política argentina, no tienen una explicación esencialmente inmanente al propio peronismo. Sus causas de fundan en las debilidades de las estrategias que se propusieron superarlo. El peronismo es la forma nacional que adoptó la derrota histórica del movimiento obrero para devenir en partido, es decir en fuerza política independiente. La verdadera "persistencia" hacia la que tiende la clase obrera y que puede terminar de desarrollar si su vanguardia se arma de una estrategia. Y esa es la tarea que está planteada, ante el advenimiento de las condiciones para un nuevo "giro histórico". La clarificación estratégica, las conclusiones de los otros grandes momentos históricos y las tareas preparatorias de desarrollo y acumulación en el movimiento obrero y estudiantil, para aprovechar las oportunidades  que el futuro pone por delante.