martes, 1 de septiembre de 2015

Breve comentario sobre el Diario del exilio de León Trotsky

Ilustración de Sergio Cena tomada del N°22 de la Revista Ideas de Izquierda

Mi vida, la autobiografía de Trotsky y una de las mayores obras literarias del siglo XX, es una intervención política en el fragor de la batalla con el arma implacable de un implacable itinerario personal. Está dotada de la objetividad del partidista, del que “odia a los indiferentes”, y por eso mismo se caracteriza por el respeto a los hechos que conforman su derrotero, narrados desde un punto de vista político.

El Diario del exilio*, en cierta medida también tiene esa característica, pero posee el atractivo de los pasajes donde se vuelca un pensamiento espontáneo, casi en estado de sentimiento.

El análisis político de los sucesos franceses o noruegos está mejor desarrollado en los documentos y folletos (¿A dónde va Francia?, entre otros). Lo novedoso e interesante del Diario, son las vicisitudes de una agitada y a la vez calma vida cotidiana.

Una noche no puede dormir y escribe a la una de la mañana, por culpa de esa necesidad que “sufre” todo escritor a quien se le impone registrar las ideas que lo torturan en la cabeza.

Otro día nos cuenta que Natalia Sedova, su compañera de la lucha y de la vida, tiene una capacidad especial para sentir todas las tonalidades de la música, y eso le da envidia. La describe tiernamente, afirmando que todo su ser está hecho de musicalidad. E incluso que vive con una plenitud extrema y da a sus sentimientos una expresión “artística”. El secreto de ese arte está en la “profundidad, la espontaneidad, la perfecta pureza del sentimiento”. No podemos comprobar si Natalia Sedova alcanzaba ese estado ideal de vivir su vida en forma artísticamente pura, en todo caso, la conmovedora descripción delata que Trotsky era un gran intérprete de las pasiones sociales de su tiempo; pero también un hombre que no se privaba de amar con plenitud.

Antes había asegurado que la música es buena compañera cuando ayuda a tirar las ideas sobre el papel, pero es un poco molesta cuando se trata de elaborarlas.

Deja caer sus angustias por la tragedia francesa que -junto con la española- se estaba sumando a la alemana. Se compara con un “viejo médico” que está presenciando impotente como curanderos inescrupulosos e ignorantes de las leyes de la historia (reformistas y estalinistas), intervienen sobre los procesos humanos y en vez de aportar a su cura, aceleran su liquidación.

Plantea más crudamente la agudeza de las contradicciones de la convulsiva situación francesa. La alianza de los socialistas y radicales galos le recuerda sorprendentemente –por sus semejanzas- al bloque de los “kadetes” y mencheviques rusos de 1917. Sin embargo, lamenta las diferencias que son “desgraciadamente no menores”: a) que las organizaciones obreras conservadoras (SFIO, CGT) en Francia desempeñan un papel incomparablemente mayor que en la Rusia de 1917; b) que el bolchevismo fue referenciado vergonzosamente con la caricatura estalinista; y c) que toda la autoridad del Estado soviético fue puesta en marcha para desorganizar y desmoralizar a la vanguardia proletaria.

Mientras públicamente, en los folletos donde analiza la situación francesa apuesta con justeza al optimismo revolucionario, a factores como las facultades creativas y la tradición que el movimiento obrero francés lleva en sus venas; en el Diario muestra el sufrimiento angustiante de la inexistencia de un partido, que, cómo los médicos -y más con la experiencia de los “viejos”- no se forma de un día para el otro.

Percibe que Engels es más “humano” que Marx, y que lograr convertirse en el complemento de un genio o un titán es un hecho que no le quita nada, todo lo contrario, suma méritos a su figura histórica. Es mucho más que un discípulo, es alguien que logró llegar a la altura de dialogar con Marx de igual a igual. Relata que Lenin justamente admiraba a Engels por “lo que hay en él de orgánico y universalmente humano”.

“La vejez es la cosa más inesperada de las cosas que le suceden a un hombre”, confiesa con un dejo de melancolía. Complementando la sentencia irónica que toma de Lenin que había afirmado que el mayor vicio de un hombre es tener más de 55 años. Deja entrever una mayor preocupación por esta cuestión, antes que por la muerte, de la que habla con toda naturalidad, ya que algún día hay que “unirse a la mayoría” (join the majority, una frase de Paul Lafargue recordada también por Lenin)

“La vida es bella”, esa frase de película se complementa en el Diario con otra que asevera que “la vida no es fácil…” Porque “uno no puede vivirla sin caer en la postración o el cinismo, sino la domina una gran idea que se eleve por encima de la miseria personal (…)”. Bella no quiere decir fácil.

Alfred Rosmer dice que el Diario es un documento único porque en él Trotsky comunicará más de sí mismo de lo acostumbrado. Y un intelectual de la talla de Erich Fromm dirá que en el Diario “encontramos a un hombre modesto; orgulloso de su causa y de las verdades que ha descubierto”.

Estas grageas levemente íntimas aunque profundamente políticas, donde la ventaja reside en que el género habilita no someterse a ninguna obligación o regla literaria (como reconoce el mismo Trotsky), amplían el conocimiento un hombre de fuertes convicciones. Pero además, permiten confirmar que, por suerte, no era un “hombre de hierro” y que hay mucho en él de universalmente humano.


*León Trotsky, ¿Adónde va Francia?/Diario del exilio. Obras Escogidas N° 5. CEIP León Trotsky en coedición con el Museo Casa León Trotsky (México). 2013



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