miércoles, 1 de febrero de 2017

Malvenido Trump, ¿Welcome Lenin?





Por Juan Dal Maso y Fernando Rosso

El mundo está cambiando, al margen de hasta dónde pueda llegar Donald Trump con sus políticas "aislacionistas". En el contexto de otros procesos como el Brexit en Inglaterra y la crisis de la Unión Europea, representa una tendencia fuerte a la reversión de una serie de presupuestos que primaron durante largas décadas desde la salida de la Segunda Guerra Mundial y que se acentuaron con el neoliberalismo: globalización y libre comercio, exportación y extensión de la democracia formal occidental, expropiación de los reclamos de los llamados movimientos sociales, “integrando” a minorías étnicas, chicanos, mujeres y movimientos por la diversidad sexual, dentro de la política oficial de un sistema muy desigual pero para todos y todas. Neoliberalismo salvaje en el terreno económico, diversidad posmoderna y democracia formal parecía ser la fórmula del éxito del extenso periodo neoliberal. 


La categoría de "crisis orgánica", permite entender una situación como la que da origen a Trump: el neoliberalismo como "gran empresa" no fracasó desde el punto de vista de la concentración económica y la explotación de la clase trabajadora, pero sí en su intento de mantener una base social más o menos permanente en la medida en que los "beneficios del derrame" resultaron inexistentes o escasos. La internacionalización desbocada del capital dejó a mucha gente afuera, dentro de sus fronteras nacionales: se van las empresas a facturar su libertad y se quedan los desocupados a paliar su empobrecimiento.


La crisis del Estado en su conjunto aparece como un fenómeno de escala nacional y puede pensarse desde el punto de vista internacional, no como crisis orgánica mundial, sino en formaciones supranacionales contradictorias como la Unión Europea. 

Así la definía Antonio Gramsci: 

“En cierto punto de su vida histórica los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales, o sea que los partidos tradicionales en aquella determinada forma organizativa, con aquellos determinados hombres que los constituyen, los representan y los dirigen no son ya reconocidos como su expresión por su clase o fracción de clase. Cuando estas crisis tienen lugar, la situación inmediata se vuelve delicada y peligrosa, porque el campo queda abierto a soluciones de fuerza, a la actividad de potencias oscuras representadas por los hombres providenciales o carismáticos ¿Cómo se crean estas situaciones de oposición entre representantes y representados, que del terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral-parlamentario, organización periodística) se refleja en todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de la alta finanza, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes de las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es distinto, si bien el contenido es el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que se produce ya sea porque la clase dirigente ha fracasado en alguna gran empresa política para la que ha solicitado o impuesto con la fuerza el consenso de las grande masas (como la guerra) o porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeñoburgueses intelectuales) han pasado de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantean reivindicaciones que en su conjunto no orgánico constituyen una revolución. Se habla de "crisis de autoridad" y esto precisamente es la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto (Cuadernos de Cárcel, C13 §23 redactado entre mayo de 1932 y primeros meses de 1934).

En el marco del desprestigio creciente del neoliberalismo, la crisis de formaciones tradicionales como el Partido Demócrata yanqui o la socialdemocracia europea parecen confirmar que lo que está en default es lo que queda de un orden fundado en los años de la segunda posguerra. 

Desde el punto de vista económico, la tendencia que representa Trump cumple la misma función: intentar la tarea relativamente imposible -sin mayores enfrentamientos- de desarmar el entramado de "internacionalismo burgués" que la economía mundial fue tejiendo en las últimas décadas, que a su vez permitió que los Estados salvaran a los bancos desde el inicio de la crisis de 2008, que se viene administrando lentamente como una "crisis del '30 en cuotas": la larga agonía del orden globalizador.

Desde el punto de vista político esta “gradualidad” de la catástrofe se manifiesta no en el surgimiento aún de fenómenos como “centrismos de masas” con la centralidad e impronta de la clase trabajadora, como sucedía en los años '30, sino como neoreformismos a la izquierda de las viejas formaciones o como nuevas coaliciones: desde Syriza en Grecia hasta Jeremy Corbyn en Inglaterra, desde Bernie Sanders en Estados Unidos al debate que cruza a Podemos en el Estado Español o la nueva sorpresa y media del triunfo de Benoît Hamon en la interna de los socialistas franceses, una elección que, una vez más, jubiló a encuestadores y pronosticadores.

A la derecha, el propio Trump, el Frente Nacional galo o la Liga Norte de Italia que se reunieron en Alemania junto a otras formaciones de la todavía “paqueta” ultraderecha europea. 

Pensado desde el punto de vista internacional, Trump representa más cabalmente lo que sería un tendencia a la ruptura del "equilibrio inestable" del capitalismo. Con esa categoría extrapolada de la física, León Trotsky había señalado en la inmediata primera posguerra las alternativas catastróficas del capitalismo después de la gran confrontación y la revolución rusa, destacando que el equilibro capitalista era "un fenómeno complicado" que estaba en tensión permanente entre la continuidad y la ruptura y era el resultado de la interrelación entre la situación de la economía, las relaciones entre los Estados y el desarrollo de la lucha de clases. De este modo lo definía Trotsky: 

“Después de la guerra imperialista, entramos en un período revolucionario, o sea en un período durante el cual las bases del equilibrio capitalista se quiebran y caen. El equilibrio capitalista es un fenómeno complicado; el régimen capitalista construye ese equilibrio, lo rompe, lo reconstruye y lo rompe otra vez, ensanchando, de paso, los límites de su dominio. En la esfera económica, estas constantes rupturas y restauraciones del equilibrio toman la forma de crisis y booms. En la esfera de las relaciones entre clases, la ruptura del equilibrio consiste en huelgas, en lock-outs, en lucha revolucionaria. En la esfera de las relaciones entre estados, la ruptura del equilibrio es la guerra, o bien, más solapadamente, la guerra de las tarifas aduaneras, la guerra económica o bloqueo. El capitalismo posee entonces un equilibrio dinámico, el cual está siempre en proceso de ruptura o restauración. Al mismo tiempo, semejante equilibrio posee gran fuerza de resistencia; la prueba mejor que tenemos de ella es que aún existe el mundo capitalista." (La situación mundial, junio de 1921).

Este equilibrio se basa en el plano económico en la división internacional del trabajo, en el plano de la lucha de clases en el control del conflicto a escala interna de cada estado y en el plano de la geopolítica en un sistema de contrapesos más o menos estable entre los estados. En el primero y el segundo plano, las cosas no están marchando bien. En el segundo, la situación es más heterogénea. Pero de conjunto, las variables que dominaron la economía y la política mundial durante las últimas décadas, están cambiando más o menos aceleradamente. 

En este marco, el llamado "momento populista" podría estar anunciando algo mucho menos "posmarxista" y bastante más clásico: el retorno de contradicciones profundas del capitalismo y la tendencia a resolverlas sobre la base del Estado nacional y no pacíficamente en el orden internacional. 

De allí el “curioso” título de este artículo: muchas de las precondiciones “leninistas” se configuran en la escena mundial: crisis económica, divisiones de los arriba (Silicon Valley toreando a Trump!) y mayor actividad de la luchas sociales y en algunos casos como mayor o menor forma de lucha de clases. Con la excepción de una: las acciones históricas independientes que impongan una contratendencia contundente por izquierda. 

El discurso de Trump dirigido hacia el trabajador varón y de raza blanca parecería ser un intento de reeditar en condiciones desfavorables para los obreros el pacto que Giovanni Arrighi señalaba en Siglo XX, siglo marxista, siglo americano: la colaboración obrero-patronal en los marcos de un capitalismo en ascenso, se transforma en una mezcla de retórica proteccionista y empleo precario. 

Por eso los análisis que ven a Trump como un working class hero, además de falaces son fantasiosos: el voto a Trump no es un voto de clase, sino un voto de individuos trabajadores atomizados y transformados en polvo de la historia.

En esta entrevista, Emilio Albamonte afirma que “el proletariado ha entrado por el lado equivocado”, haciendo oír su furia mal dirigida y peor orientada, pero no por eso menos real. Y en parte es así porque cuando quiso entrar “por el lado correcto” (Grecia!) sus direcciones no tuvieron ni el 10% de decisión de la que muestran las nuevas derechas en la acción política y en la disposición para hacerse del mando. 

Por eso estamos lejos del análisis simplista de Slavoj Žižek (“Trump es mejor porque acelera las contradicciones”). Pero es cierto que el avance por derecha tiene un aspecto contradictorio: apelando al lenguaje de los puños, el garrote y los muros, Trump habilita la discusión sobre "soluciones" radicales. 

Aunque sería un error suponer que los trabajadores norteamericanos (o de otras partes del mundo) pueden radicalizarse de pronto desde la derecha xenófoba, nacionalista e imperialista a posiciones de izquierda, sin mediar grandes catástrofes sociales (no olvidemos que casi todas las revoluciones del siglo XX se hicieron en contextos de crisis y guerra mundial o de guerras de liberación nacional).

Tan erróneo como creer que las provocaciones confiadas de la derecha en ascenso no tendrán respuestas del otro lado, interno o externo, de sus nuevos muros. 

A esto se suma que el avance derechista golpea pero a su vez preserva a los alicaídos “progresismos”, lo cual puede verse en el intento del Partido Demócrata de capitalizar el descontento que ya se pone en movimiento contra Trump, o en el triunfo del candidato “de izquierda” en la reciente interna del PS francés. 

La política y la economía mundiales entran cada vez más en un terreno de incertidumbre, en el que fenómenos aberrantes estarán a la orden del día tanto como pueden terminar sepultados por la dinámica de los acontecimientos. Si la izquierda quiere presentar una alternativa a este proceso de descomposición de los regímenes políticos y crisis económica, necesitará una política independiente, una práctica combativa y una estrategia de ruptura con el capitalismo, para conquistar el corazón y la mente de la clase trabajadora y los sectores populares. 

En este plano también, más que nunca, Malvenido Trump, Welcome Lenin.



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