domingo, 20 de abril de 2014

Los estalinistas pro moscovitas y pro maoístas, según Salvador Benesdra

Este fragmento de "El Traductor" puede ayudar a entender los "matices" de las dos grandes vertientes del estalisnismo. E incluso también algunos aspectos del kirchnerismo (con el reciente affaire Kunkel-Pinochet), ya que también se nutrió con un poco de cada uno: ex estalinos y ex maoístas.

"El estalinista pro moscovita le contestaba con bastante racionalismo pero partiendo de aseveraciones de improbable demostración: los obreros soviéticos eran felices, en Siberia no se vivía tan mal después de todo, los burócratas comunistas no tenían privilegios, en la U.R.S.S. reinaba la libertad desde la fundación si la discusión estaba ocurriendo antes del informe Jruschov, o desde Jruschov, si era posterior, ciertos generales progresistas del Tercer Mundo iban a traer el socialismo a sus países con solo que los trotskyistas pararan de criticarlos y los dejaran realizar en paz sus revoluciones democráticas, que luego desembocarían en el socialismo, porque solo a un ultraizquierdista podría ocurrírsele que un progresista como Chang Kai Shek iba a meter a los comunistas de Shangai y Cantón vivos en las calderas de sus locomotoras como combustible, o que un patriota constitucionalista como Pinochet iba a sublevarse. La prueba de que todo eso era verdad había que buscarla en la "prensa proletaria", y toda refutación de tales verdades fácticas solo era atribuible a la perfidia de la "prensa burguesa". Después de todo, solo la "prensa proletaria" del Partido Comunista había descubierto, unos días antes del 11 de septiembre de 1973, que Pinochet era un patriota constitucionalista y que abrirle proceso por contrabando, como estaba contemplando hacerle la Justicia, era una burda provocación.
El estalinista pro maoísta no se molestaba en cambio en aludir a la realidad, su dominio era la poesía: las cosas eran como eran porque había un "gran timonel", o porque había que lograr que "florezcan cien flores", porque se daría un "Gran Salto Adelante", o se privilegiaría la "contradicción principal" sobre las "secundarias". Cómo se pasaba de eso a la masacre de millones de comunistas y no comunistas chinos con cada gran salto, con cada flor florecida, con cada revolución cultural, podía entenderse si se conocía la respuesta que los sentimentales, los intuitivos, los místicos, los poéticos maoístas daban a los enigmas trotskistas sin solución: "con un trotskista no se discute, se lo abofetea", había dicho -rezaba la leyenda- Ho Chi Minh, y repetido Vo Nguyen Giap, o a la inversa. Y no había por qué poner en duda las leyendas. El panteón estalinista estaba repleto de asesinos, hasta sus más presentables héroes gustaban adornarse con alguna frase criminal de ese estilo. Por cierto, lo que habían recibido millares de trotskistas en Siberia, en Europa Oriental, en Yugoslavia, en la China e Indochina no habían sido siquiera solo bofetadas, sino balas o el encierro menos indultable de todos en los campos de concentración. Pero no debía pensarse que se usaba el eufemismo por faltar a la verdad, sino por elipsis poética, por puro refinamiento artístico. El maoísta nunca se molestó en mentir, como el pro moscovita. Siempre creyó que había algún giro poético, alguna voltereta del lenguaje, algún ideograma mágico que podía convertir mil cadáveres en mil flores y hacer de cada crimen un verso, fuera en la China, en Camboya o en el Perú. Le habría parecido el colmo del despropósito que se lo acusara de mentir: ¿miente el poeta?, ¿miente el surrealismo?, ¿miente el arte?. El maoísmo era el arte, la intuición, el sentimiento hecho política. Por eso en el Tercer Mundo terminaba a menudo disolviéndose en la lava sentimental del nacionalismo, casi siempre en el de derecha, porque el de izquierda había sido ya ocupado por los soviéticos. Pocos maoístas más fieles a su inspiraicón poética que los argentinos que apoyaron el irresistible ascenso del pseudonazi López Rega ya antes de que Pekín sentara escuela apoyando a Pinochet."
Salvador Benesdra, "El Traductor". Eterna Cadencia. 2012

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