lunes, 26 de noviembre de 2012

Dos textos sobre las huelgas (Lenín y Trotsky)

Dos textos útiles para pensar el pos-20N y las perspectivas, tomando lo que tienen de común, más allá de las enormes diferencias históricas y de todo tipo. El primero "Sobre las huelgas" de Lenin (1899). El segundo es un capítulo, ("La estrategia de las huelgas") extraído de esta versión de "La lucha contra el fascismo en Alemania" de Trotsky, también publicado acá.
Para pensar las potencialidades y límites de las huelgas, los cambios que operan en la subjetividad de la clase obrera. Las relaciones del partido con la clase. El planteamiento serio de la cuestión de la "Huelga General" y su ubicación dentro de la estrategia, frente tanto planteo irresponsable (en el sentido literal: "del que no tiene responsabilidad") y en última instancia democratizante de la Huelga General, cuando no es más que un "medio" en el marco de la estrategia. Y algo sobre la cuestión de los desocupados y su relación con los ocupados (aunque hoy no sea relevante, lo será seguramente en futuras crisis), que tantos debates generó en la izquierda argentina.
Todos los resaltados son nuestros.


SOBRE LAS HUELGAS (Lenín - 1899)

En los últimos años, las huelgas obreras son extraordinariamente frecuentes en Rusia. No existe ni una sola provincia industrial donde no haya habido varias huelgas. En cuanto a las grandes ciudades, las huelgas no cesan. Se comprende, pues, que los obreros conscientes y los socialistas se planteen cada vez mas a menudo la cuestión del significado de las huelgas, de los modos de llevarlas a cabo y de las tareas que los socialistas se proponen al participar en ellas.
Queremos intentar hacer una exposición de algunas de nuestras consideraciones sobre estos problemas. En el primer artículo pensamos hablar del significado de las huelgas en el movimiento obrero en general; en el segundo, de las leyes rusas contra las huelgas, y en el tercero, de cómo se han desenvuelto y se desenvuelven las huelgas en Rusia y cuál debe ser la actitud de los obreros conscientes ante ellas.
En primer término, es preciso ver cómo se explica el nacimiento y difusión de las huelgas. Quien recuerde todos los casos de huelgas conocidos por su propia experiencia, por los relatos de otros o a través de los periódicos, verá enseguida que las huelgas surgen y se extienden allí donde aparecen y se extienden las grandes fábricas. De las fábricas más importantes, en las que trabajan centenares (y a veces miles) de obreros, apenas si se encontrará alguna donde no haya habido huelgas. Cuando en Rusia eran pocas las grandes fábricas, escaseaban las huelgas, pero desde que aquellas crecen con rapidez, tanto en las antiguas localidades fabriles como en las nuevas ciudades y pueblos industriales, las huelgas son cada vez más frecuentes.
¿Por qué la gran producción fabril conduce siempre a las huelgas? Ello se debe a que el capitalismo lleva necesariamente a la lucha de los obreros contra los patronos, y cuando la producción se transforma en una producción hecha en gran escala esa lucha se convierte necesariamente en lucha huelguística. Aclaremos esto.
Se denomina capitalismo a la organización de la sociedad en la que la tierra, las fábricas, los instrumentos de producción etc., pertenecen a un pequeño número de terratenientes y capitalistas, mientras la masa del pueblo no posee ninguna o casi ninguna propiedad y debe, por lo mismo, alquilar su fuerza de trabajo. Los terratenientes y los fabricantes contratan a los obreros, les obligan a producir tales o cuales artículos, que ellos venden en el mercado. Los patronos abonan a los obreros únicamente el salario imprescindible para que estos y sus familiares puedan bien que mal subsistir y todo lo que el obrero rinde por encima de esa cantidad de productos necesaria para su mantenimiento se lo embolsa el patrono; esto constituye su ganancia. Por tanto, en la economía capitalista, la masa del pueblo trabaja a jornal para otros, no trabaja para sí, sino para los patronos, y lo hace por un salario. Se comprende que los patronos traten siempre de reducir el salario: cuanto menos entreguen a los obreros, más ganancia les queda. En cambio, los obreros tratan de recibir el mayor salario posible, para sostener a su familia con una alimentación abundante y sana, vivir en una buena casa y no vestirse como pordioseros, sino como se viste todo el mundo. Por tanto, entre patronos y obreros se libra una lucha constante por el salario: el patrono tiene libertad para contratar el obrero que le venga en gana, por lo que busca el más barato. El obrero tiene libertad para alquilarse al patrono que quiera, y busca el más caro, el que más pague. Trabaje el obrero en el campo o en la ciudad, alquile sus brazos a un terrateniente, a un trabajador rico, a un contratista o a un fabricante, siempre regatea con el patrono, luchando contra él por el salario.
Pero, ¿puede el obrero, por sí solo, sostener esta lucha? Cada vez es mayor el número de obreros: los campesinos se arruinan y huyen de las aldeas a las ciudades y a las fábricas. Los terratenientes y los fabricantes introducen máquinas, que dejan sin trabajo a los obreros. Las ciudades aumenta sin cesar el número de desempleados, y en las aldeas, el de gente reducida a la miseria; la existencia de un pueblo hambriento hace que bajen más y más los salarios. Al obrero le es imposible luchar él solo contra el patrono. Si el obrero exige mejor salario o no acepta la rebaja del mismo, el patrono contestará: Vete a otra parte, son muchos los hambrientos que esperan a la puerta de la fábrica y se verán contentos de trabajar aunque sea por un salario bajo.
Cuando la ruina del pueblo llega a tal grado que en las ciudades y en los pueblos hay siempre masas de desempleados, cuando los patronos amasan enormes fortunas y los pequeños propietarios son desplazados por los millonarios, entonces el obrero aislado se transforma en un hombre absolutamente desvalido frente al capitalista. El capitalista obtiene la posibilidad de aplastar por completo al obrero, de condenarle a muerte en un trabajo de forzados, y no sólo a él, sino también a su mujer y a sus hijos. En efecto, ved las industrias en las que los obreros no han conseguido aun estar amparados por la ley y no pueden ofrecer resistencia a los capitalistas y comprobaréis que la jornada es increíblemente larga, hasta de 17 y 19 horas, que criaturas de cinco o seis años ejecuta un trabajo extenuador y que los obreros padecen hambre constantemente, condenados a una muerte lenta. Un ejemplo es el de los obreros que trabajan a domicilio para los capitalistas; ¡pero cada obrero recordará otros muchos ejemplos! Ni siquiera bajo la esclavitud y el régimen de servidumbre existió jamás una opresión tan tremenda del pueblo trabajador como la que sufren los obreros cuando no pueden oponer resistencia a los capitalistas ni conquistar leyes que limiten la arbitrariedad patronal.
Pues bien, para no permitir verse reducidos a esta situación tan extremada, los obreros inician la lucha más porfiada. Viendo que cada uno de ellos es pos sí solo impotente en absoluto y vive bajo la amenaza de perecer bajo el yugo del capital, los obreros empiezan a alzarse juntos contra sus patronos. Dan comienzo las huelgas obreras. Al principio es frecuente que los obreros no tengan ni siquiera una idea clara de lo que tratan de conseguir, no comprenden por qué actúan así: simplemente rompen las máquinas y destruyen las fábricas. Lo único que desean es dar a conocer a los patronos su indignación, prueban sus fuerzas mancomunadas para salir de una situación insoportable, sin saber por qué su situación es tan desesperada y cuáles deben ser sus aspiraciones.
En todos los países, la indignación de los obreros comenzó con disturbios aislados, con motines, como los llaman en nuestro país la policía y los patronos. En todos los países, estos disturbios dieron lugar, de un lado, a huelgas más o menos pacíficas y, de otro, a un lucha multifacética de la clase obrera por su emancipación.
¿Cuál es el significado de las huelgas (o paros) en la lucha de la clase obrera? Para responder a esta pregunta debemos reparar primero con más detalle en las huelgas. Si el salario del obrero se determina -como hemos explicado- por un convenio entre el patrono y el obrero, y si cada obrero por separado es en todo sentido impotente, resulta claro que los obreros deben necesariamente defender juntos sus reivindicaciones, recurrir a las huelgas para impedir que los patronos rebajen el salario o para lograr un salario más alto. Y, en efecto, no existe país capitalista alguno en el que no estallen huelgas obreras. En todos los países europeos y en América, los obreros se sienten impotentes cuando actúan individual mente; sólo pueden oponer resistencia a los patronos si están unidos, bien declarándose en huelga, bien amenazando con ésta. Y cuanto más se desarrolla el capitalismo, cuanto más se multiplican las grandes fábricas, cuanto más son desplazados los pequeños capitalistas por los grandes, tanto más imperiosa es la necesidad de una resistencia conjunta de los obreros, porque se agrava la desocupación, tanto más se agudiza la competencia entre los capitalistas, que tratan de producir las mercancías lo más baratas posible (para lo cual es preciso pagar a los obreros lo menos posible), y tanto más se acentúan las oscilaciones de la industria y las crisis. Cuando la industria prospera, los fabricantes obtienen grandes beneficios y no piensan en compartirlos con los obreros; pero durante las crisis tratan de cargar las pérdidas sobre los obreros. La necesidad de las huelgas en la sociedad capitalista está tan reconocida por todos en los países europeos que allí la ley no las prohíbe; sólo en Rusia siguen vigentes las bárbaras leyes contra las huelgas (de estas leyes y de su aplicación hablaremos en otro momento).
Pero las huelgas, que son determinadas por la naturaleza misma de la sociedad capitalista, significan el comienzo de la lucha de la clase obrera contra esa estructura de la sociedad. Cuando con los potentados capitalistas se enfrentan obreros desposeídos que actúan individualmente, ello equivale a la total esclavización de los obreros. Pero cuando estos obreros desposeídos se unen, la cosa cambia. No hay riquezas que puedan reportar provecho a los capitalistas, si éstos no encuentran obreros dispuestos a trabajar con los instrumentos y los materiales de los capitalistas, y a producir nuevas riquezas. Cuando los obreros se enfrentan individualmente con los patronos, siguen siendo verdaderos esclavos que trabajan siempre para un extraño por un pedazo de pan, como asalariados siempre sumisos y silenciosos. Pero cuando proclaman juntos sus reivindicaciones y se niegan a someterse a quien tiene bien repleta la bolsa, entonces dejan de ser esclavos, se convierten en hombres y comienzan a exigir que su trabajo no sólo sirva para enriquecer a un puñado de parásitos, sino que permita a los trabajadores vivir como seres humanos. Los esclavos empiezan a presentar la reivindicación de convertirse en dueños: trabajar y vivir no como quieran los terratenientes y los capitalistas, sino como quieran los propios trabajadores. Las huelgas infunden siempre tanto espanto a los capitalistas precisamente porque comienzan a hacer vacilar su dominio. “Todas las ruedas se detienen, si así lo quiere tu brazo vigoroso”, dice sobre la clase obrera una canción de los obreros alemanes. En efecto: las fábricas., las fincas de los terratenientes, las máquinas, los ferrocarriles, etc., etc., son, por decirlo así, ruedas de un enorme mecanismo: este mecanismo extrae distintos productos, los elabora, los distribuye adonde es menester. Todo este mecanismo lo mueve el obrero, que cultiva la tierra, extrae el mineral, elabora las mercancías en las fábricas, construye casas, talleres y líneas férreas. Cuando los obreros se niegan a trabajar, todo este mecanismo amenaza con paralizarse. Cada huelga recuerda a los capitalistas que los verdaderos dueños no son ellos, sino los obreros, que proclaman con creciente fuerza sus derechos.
Cada huelga recuerda a los obreros que su situación no es desesperada y que no están solos. Véase qué enorme influencia ejerce una huelga tanto sobre los huelguistas como sobre los obreros de las fábricas vecinas o próximas, o de las fábricas de la misma rama industrial. En tiempos normales, pacíficos, el obrero arrastra en silencio su carga, no discute con el patrono ni reflexiona sobre su situación. Durante una huelga, proclama en voz alta sus reivindicaciones, recuerda a los patronos todos los atropellos de que ha sido víctima, proclama sus derechos, no piensa en sí solo ni en su salario exclusivamente, sino que piensa también en todos sus compañeros, que han abandonado el trabajo junto con él y que defienden la causa obrera sin temor a las privaciones. Toda huelga acarrea al obrero gran número de privaciones, terribles privaciones que sólo pueden compararse con las calamidades de la guerra: hambre en la familia, pérdida del salario, a menudo detenciones, expulsión de la ciudad donde se ha acostumbrado a vivir y trabajar. Y a pesar de todas estas calamidades, los obreros desprecian a quienes abandonan a sus compañeros y entran en componendas con el patrono. A pesar de las calamidades de la huelga, los obreros de las fábricas vecinas sienten entusiasmo siempre cuando ven que sus compañeros han iniciado la lucha. “Los hombres que resisten tales calamidades para quebrar la oposición de un solo burgués sabrán quebrar también la fuerza de toda la burguesía”, decía un gran maestro del socialismo, Engels, hablando de las huelgas de los obreros ingleses. Con frecuencia, basta que se declare en huelga una fábrica para que inmediatamente comience una serie de huelgas en otras muchas fábricas. ¡Tan grande es la influencia moral de las huelgas, tan contagiosa es la influencia que sobre los obreros ejerce el ver a sus compañeros que, aunque sólo sea temporalmente, se convierten de esclavos en personas con los mismos derechos que los ricos! Toda huelga infunde con enorme fuerza, a los obreros, la idea del socialismo: la idea de la lucha de toda la clase obrera por su emancipación del yugo del capital. Es muy frecuente que, antes de una gran huelga, los obreros de una fábrica o de una industria o una ciudad cualquiera no conozcan casi el socialismo ni piensen en él, pero que después de la huelga se extiendan cada vez más entre ellos los círculos y las asociaciones, y sean más y más los obreros que se hacen socialistas.
La huelga enseña a los obreros a adquirir conciencia de su propia fuerza y de la de los patronos; les enseña a pensar no sólo en su patrono y en sus compañeros más próximos, sino en todos los patronos, en toda la clase de los capitalistas y en toda la clase de los obreros. Cuando un fabricante, que ha amasado millones a costa del trabajo de varias generaciones de obreros, rechaza el más modesto aumento del salario e incluso intenta reducirlo todavía más y, si los obreros ofrecen resistencia, pone en el arroyo a miles de familias hambrientas, entonces resulta claro para los obreros que toda la clase de los capitalistas es enemiga de toda la clase de los obreros, y que los obreros pueden confiar sólo en sí mismos y en su unión. Ocurre muy a menudo que un fabricante trata de engañar a todo trance a los obreros, de presentárseles como su bienhechor, de encubrir la explotación de sus obreros con una dádiva cualquiera, con promesas falaces. Cada huelga destruye siempre de un golpe todo este engaño, mostrando a los obreros que su “bienhechor” es un lobo con piel de cordero.
Pero la huelga abre los ojos a los obreros, no sólo en lo que se refiere a los capitalistas, sino también en lo que respecta al Gobierno y a las leyes. Del mismo modo que los patronos quieren hacerse pasar por bienhechores de los obreros, los funcionarios y sus lacayos se empeñan en convencer a los obreros de que el zar y su Gobierno se preocupan de los patronos y de los obreros por igual, con espíritu de justicia. El obrero no conoce las leyes ni se codea con los funcionarios, y menos aún con los altos, por lo que frecuentemente da crédito a todo esto. Pero estalla una huelga, se presentan en la fábrica el fiscal, el inspector de trabajo, la policía y a menudo las tropas, y entonces los obreros se enteran de que han violado la ley: ¡la ley permite a los fabricantes reunirse y discutir abiertamente cómo reducir el salario de los obreros, mientras que éstos son tildados de delincuentes por tratar de ponerse de acuerdo! Desahucian a los obreros de sus viviendas, la policía cierra las tiendas en que podrían adquirir comestibles a crédito y se trata de azuzar a los soldados contra los obreros, incluso cuando éstos mantienen una actitud serena y pacífica. Se llega a dar a los soldados la orden de abrir fuego contra los obreros, y cuando matan a trabaja dores inermes, disparando contra ellos por la espalda, el propio zar manifiesta su gratitud a las tropas (así lo hizo con los soldados que en 1895 asesinaron a huelguistas de Yaroslavl). A todo obrero se le hace claro que el Gobierno zarista es su enemigo jurado, que defiende a los capitalistas y maniata a los obreros. Comienza a comprender que las leyes se dictan en beneficio exclusivo de los ricos, que también los funcionarios defienden los intereses de los ricos, que al pueblo trabajador se le amordaza y no se le permite expresar sus necesidades, y que la clase obrera debe necesariamente luchar por el derecho de huelga, de publicar periódicos obreros y de participar en una asamblea representativa popular, encargada de promulgar las leyes y de velar por su cumplimiento. A su vez, el Gobierno comprende muy bien que las huelgas abren los ojos a los obreros, y por ese motivo les tiene tanto miedo y se esfuerza a todo trance por sofocarlas lo antes posible. Un ministro alemán del Interior, que adquirió particular fama por su enconada persecución de los socialistas y los obreros conscientes, declaró no sin motivo, en una ocasión, ante los representantes del pueblo: “Tras cada huelga asoma la hidra (monstruo) de la revolución”. Con cada huelga crece y se desarrolla en los obreros la conciencia de que el Gobierno es su enemigo y de que la clase obrera debe prepararse para luchar contra él, por los derechos del pueblo.
Así pues, las huelgas habitúan a los obreros a unirse, les hacen ver que sólo en común pueden sostener la lucha contra los capitalistas, les habitúan a pensar en la lucha de toda la clase obrera contra toda la clase de los fabricantes y contra el Gobierno autocrático y policíaco. Por eso los socialistas llaman a las huelgas “escuela de guerra”, escuela en la que los obreros aprenden a librar la guerra contra sus enemigos, por la emancipación de todo el pueblo, de todos los trabajadores, del yugo de los funcionarios y del yugo del capital.
Pero la “escuela de guerra” no es aún la propia guerra. Cuando alcanzan gran difusión las huelgas, algunos obreros (y algunos socialistas) comienzan a pensar que la clase obrera puede limitarse a las huelgas y a las cajas o sociedades de resistencia, que tan sólo con las huelgas la clase obrera puede conseguir una gran mejora de su situación e incluso su propia emancipación. Viendo la fuerza que representan la unión de los obreros y hasta sus pequeñas huelgas, algunos piensan que a los obreros les basta declarar la huelga general en todo el país para conseguir de los capitalistas y del gobierno todo lo que quieran. Esta opinión la expresaron también los obreros de otros países cuando el movimiento obrero estaba en su etapa inicial y los obreros tenían aún muy poca experiencia. Pero esta opinión es errónea. La huelgas son uno de los medios de lucha de la clase obrera por su emancipación, pero no el único, y si los obreros no prestan atención a otros medios de lucha, con ello demoran el desarrollo y los éxitos de la clase obrera.
En efecto, para que las huelgas tengan éxito son necesarias las cajas de resistencia, a fin de mantener a los obreros mientras dure el conflicto. Los obreros (ordinariamente los de cada industria, cada oficio o cada taller) organizan estas cajas en todos los países, pero en Rusia esto es sumamente difícil, porque la policía las persigue, se apodera del dinero y detiene a los obreros. Naturalmente, los obreros saben resguardarse de la policía; naturalmente, la organización de estas cajas es útil, y nosotros no queremos disuadir a los obreros de que se ocupen de esto. Pero no se debe confiar en que, estando prohibidas por la ley, las cajas obreras puedan contar con muchos miembros; y siendo escaso el número de cotizantes, dichas cajas no reportarán gran utilidad. Además, hasta en los países en que existen libremente las asociaciones obreras, y en los que son muy fuertes las cajas, hasta en ellos la clase obrera de ningún modo puede limitarse en su lucha a las huelgas. Bastan con que sobrevengan dificultades en la industria (una crisis, como la que, por ejemplo, se acerca en toda Rusia), para que los patronos provoquen incluso premeditadamente huelgas, porque a veces les conviene suspender temporalmente el trabajo, les trae cuenta que las cajas obreras agoten sus fondos. De ahí que los obreros no pueden de ningún modo circunscribirse a las huelgas y a las sociedades de resistencia. En segundo lugar, las huelgas sólo son victoriosas donde los obreros poseen ya bastante conciencia, donde saben elegir el momento para declararlas, donde saben presentar reivindicaciones, donde mantienen contacto con los socialistas para recibir octavillas y folletos. Pero obreros así hay todavía pocos en Rusia, y es necesario dirigir todos los esfuerzos a aumentar su número. A dar a conocer la causa obrera a las masas obreras, a hacerles conocer el socialismo y la lucha obrera. Esta es la misión que deben asumir los socialistas y los obreros conscientes, formando para ello el Partido Obrero Socialista. En tercer lugar las huelgas muestran a los obreros, como hemos visto, que el gobierno es su enemigo y que es preciso luchar contra él. En efecto, las huelgas han enseñado gradualmente a la clase obrera, en todos los países, a luchar contra los gobiernos por los derechos de los obreros, y por los derechos de todo el pueblo. Como ya hemos dicho, esta lucha sólo puede llevarla a cabo el Partido Obrero Socialista, difundiendo entre los obreros las justas ideas sobre el gobierno y sobre la causa obrera. En otra ocasión nos referiremos en particular a cómo se realizan en Rusia las huelgas y a cómo deben utilizarlas los obreros conscientes. Por ahora debemos indicar que las huelgas son, como ya hemos anotado más arriba, una “escuela de guerra”, pero no la guerra misma; las huelgas son sólo uno de los medios de lucha, una de las formas del movimiento obrero. De las huelgas aisladas los obreros pueden y deben pasar, y pasan realmente en todos los países, a la lucha de toda la clase obrera por la emancipación de todos los trabajadores. Cuando todos los obreros conscientes se hacen socialistas, es decir, cuando tienden a esta emancipación, cuando se unen en todo el país para propagar entre los obreros el socialismo y enseñarles todos los medios de lucha contra sus enemigos, cuando forman el Partido Obrero Socialista, que lucha por liberar a todo el pueblo de la opresión del gobierno y por emancipar a todos los trabajadores del yugo del capital, sólo entonces la clase obrera se incorpora realmente al gran movimiento de los obreros de todos los países, que agrupa a todos los obreros y enarbola en alto la bandera roja en la que están inscritas estas palabras: “¡proletarios de todos los países, uníos!


13. LA ESTRATEGIA DE LAS HUELGAS (León Trotsky - 1933)

En la cuestión sindical, la dirección comunista ha embrollado definitivamente al partido. El curso general del “tercer período” iba encaminado a la creación de sindicatos paralelos. Se partía de la hipótesis de que el movimiento de masas desbordaría a las viejas organizaciones, y que los órganos de la RGO (Oposición Sindical Revolucionaria) se convertirían en los comités de iniciativa para la lucha económica. Para realizar este plan no faltaba más que un pequeño detalle: el movimiento de masas. Durante las crecidas de primavera, el agua arrastra un gran número de empalizadas. Intentemos arrancar la empalizada, decidió Lozovsky, quizá así brotarán las aguas de primavera 
Los sindicatos reformistas han resistido. El Partido Comunista ha logrado excluirse a sí mismo de las fábricas. A partir de lo cual, se ha comenzado a rectificar parcialmente la política sindical. El Partido Comunista se negó a llamar a los obreros no organizados a entrar a formar parte de los sindicatos reformistas. Pero se pronunció igualmente contra la salida de los sindicatos. Al tiempo que creaba organizaciones paralelas, ha vuelto a dar vida a la consigna de la lucha por ganar influencia en el seno de las organizaciones reformistas. En su conjunto, esta dinámica es un modelo de autosabotaje. 
Die Rote Fahne se lamenta de que muchos comunistas consideren inútil participar en los sindicatos reformistas. “¿Para qué revivir estos mercadillos?” declaran. Y, en efecto, ¿con qué objetivo? Si se trata de luchar seriamente para apoderarse de los viejos sindicatos, entonces hay que llamar a los no organizados a entrar: son las capas nuevas las que pueden crear una base para un ala izquierda. Pero, en tal caso, no hay que crear sindicatos paralelos, es decir, una agencia competitiva para reclutar a los trabajadores. En su política con respecto a los sindicatos, la dirección alcanza las mismas cimas de confusión que en el resto de problemas. Die Rote Fahne del 28 de enero criticaba a los militantes comunistas del sindicato de metalúrgicos de Düsseldorf por haber avanzado la consigna de “lucha sin cuartel contra la participación de los dirigentes sindicales” en el apoyo al gobierno Brüning. Estas reivindicaciones “oportunistas” son inaceptables, porque presuponen (!) que los reformistas son capaces de dejar de apoyar a Brüning y sus leyes de excepción. ¡A decir verdad, esto tiene todo el aspecto de una broma de mal gusto! Die Rote Fahne cree que es suficiente con llenar de injurias a los dirigentes, pero que es inaceptable someterlos a la prueba política de las masas. 
A pesar de ello, los sindicatos reformistas ofrecen en la actualidad un campo de acción extraordinariamente favorable. El partido socialdemócrata tiene todavía la posibilidad de engañar a los obreros con su algazara política; por el contrario, el callejón sin salida del capitalismo se levanta ante los sindicatos como el muro de una prisión. Los 200 o 300.000 obreros organizados en los sindicatos rojos independientes pueden convertirse en un precioso fermento en el interior de los sindicatos reformistas. 
A finales de enero ha tenido lugar una conferencia de los comités de empresa comunistas de todo el país en Berlín. Die Rote Fahne ha dado el siguiente informe: “Los comités de empresa forjan el frente obrero rojo” (2 de febrero). Sería vano buscar datos sobre la composición de la conferencia, sobre el número de obreros y empresas representadas. A diferencia de los bolcheviques, que anotaban cuidadosa y públicamente toda modificación en la correlación de fuerzas en el seno de la clase obrera, los estalinistas alemanes, imitando en esto a los de Rusia, juegan al escondite. ¡No quieren reconocer que los comités de empresa comunistas no representan más que el 4% del total, frente al 84% de los socialdemócratas! El balance de la política del “tercer período” está contenido en este informe. ¿Es que el hecho de bautizar como “frente rojo” el aislamiento de los comunistas en las empresas va a hacer avanzar las cosas? 
La crisis prolongada del capitalismo traza en el interior del proletariado la línea de división más dolorosa y más peligrosa: entre los que tienen trabajo y los parados. El hecho de que los reformistas tengan preponderancia en las empresas y los comunistas en los parados paraliza a ambas partes del proletariado. Los que tienen trabajo pueden esperar durante más tiempo. 
Los parados son más impacientes. Hoy en día, su impaciencia tiene un carácter revolucionario. Pero si el Partido Comunista no logra encontrar las formas y las consignas de lucha que, uniendo a los parados y a los que trabajan, abran la perspectiva de una salida revolucionaria, la impaciencia de los parados se volverá ineluctablemente contra el Partido Comunista. 
En 1917, a pesar de la política correcta del partido bolchevique y del desarrollo de la revolución, las capas más desfavorecidas e impacientes del proletariado comenzaron desde septiembre-octubre, incluso en Petrogrado, a apartar su mirada del bolchevismo y volverse hacia los sindicalistas y los anarquistas. Si la Revolución de Octubre no hubiese estallado a tiempo, la desagregación del proletariado habría tomado un carácter agudo y habría llevado a la descomposición de la revolución. En Alemania no hay necesidad de anarquistas: los nacionalsocialistas pueden ocupar su lugar, combinando la demagogia anarquista con sus objetivos abiertamente reaccionarios. 
Los obreros no están en absoluto inmunizados de una vez por todas contra la influencia de los fascistas. El proletariado y la pequeña burguesía se presentan como vasos comunicantes, sobre todo en las condiciones actuales, cuando el ejército de reserva del proletariado no puede dejar de suministrar pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, etc., y la pequeña burguesía desarraigada, proletarios y lumpemproletarios. 
Los empleados, el personal técnico y administrativo, ciertas capas de funcionarios, constituyeron en el pasado uno de los apoyos importantes de la socialdemocracia. En la actualidad, estos elementos se han pasado o se están pasando a los nacionalsocialistas. Tras de sí pueden arrastrar, si no han comenzado a hacerlo ya, a la aristocracia obrera. Siguiendo esta línea, el nacionalsocialismo penetra por arriba en el proletariado. 
De todas formas, su eventual penetración por abajo, es decir, por los parados, es mucho más peligrosa. Ninguna clase puede vivir durante mucho tiempo sin perspectiva ni esperanza. Los parados no son una clase, pero constituyen ya una capa social muy compacta y muy estable, que busca en vano sustraerse a unas condiciones de vida insoportables. Si es cierto, en general, que sólo la revolución proletaria puede salvar a Alemania de la descomposición y la desagregación, esto es cierto en primer lugar para los millones de parados. 
Dada la debilidad del Partido Comunista en las empresas y los sindicatos, su crecimiento numérico no resuelve nada. En una nación conmovida por la crisis, minada por sus contradicciones, un partido de extrema izquierda puede encontrar decenas de millares de nuevos partidarios, especialmente si todo el aparato del partido, metido en una carrera "competitiva", está exclusivamente vuelto hacia el reclutamiento individual. Lo decisivo son las relaciones entre el partido y la clase. Un obrero comunista elegido para un comité de fábrica o la dirección de su sindicato, tiene más importancia que millares de nuevos miembros, reclutados aquí y allá, que entran hoy en el partido para dejarlo mañana. Pero este aflujo individual de nuevos miembros no va a durar eternamente. Si el Partido Comunista continúa postergando la lucha hasta el momento en que haya desplazado definitivamente a los reformistas, habrá de comprender pronto que, a partir de un cierto momento, la socialdemocracia deja de perder influencia en favor de los comunistas, y que, por el contrario, los fascistas comienzan a desmoralizar a los parados, base principal del Partido Comunista. Un partido político no puede abstenerse impunemente de movilizar sus fuerzas por las tareas que se desprenden de la situación. El Partido Comunista se esfuerza en desencadenar huelgas sectoriales para abrir el camino a una lucha de masas. Los éxitos en este terreno son magros. Como siempre, los estalinistas se entregan a la autocrítica: “No sabemos todavía organizar”, “no sabemos todavía arrastrar”, además “no sabemos” significa siempre “no sabéis”. La teoría de triste memoria de las jornadas de marzo de 1921 hace su reaparición: “electrizar” al proletariado mediante acciones ofensivas minoritarias. Pero los obreros no tienen ninguna necesidad de ser “electrizados “. Quieren que se les den perspectivas claras y que se les ayude a crear las premisas de un movimiento de masas. 
En la estrategia de las huelgas, está claro que el Partido Comunista se apoya en citas aisladas de Lenin, con la interpretación que les dan Lozovsky y Manuilski. Es cierto que hubo períodos en los que los mencheviques luchaban contra la “huelgomanía”, mientras que los bolcheviques tomaban la cabeza de cada nueva huelga, arrastrando en el movimiento a masas cada vez más importantes. Esto correspondía a un período de despertar de nuevas capas de la clase. Así fue la táctica de los bolcheviques en 1905, en el período de expansión industrial que precedió a la guerra, en los primeros meses de la Revolución de Febrero. 
Pero en el período inmediatamente anterior a Octubre, a partir del conflicto de julio de 1917, la táctica de los bolcheviques fue distinta: no impulsaban las huelgas, las frenaban, porque cada gran huelga tenía tendencia a En los albores del movimiento obrero, los agitadores se abstenían a menudo de desarrollar perspectivas revolucionarias y socialistas para no espantar a los obreros a los que trataban de arrastrar a una huelga. Hoy la situación se presenta en forma totalmente opuesta. Las capas dirigentes de los obreros alemanes no decidirán participar en una lucha económica más que si las perspectivas generales de la lucha por venir les resultan claras. En la dirección comunista no encuentran estas perspectivas. 
A propósito de la táctica de las jornadas de marzo de 1921 en Alemania (“electrizar” a la minoría del proletariado en lugar de ganarse a la mayoría), el autor de estas líneas declaraba en el III Congreso: “Cuando la mayoría aplastante de la clase obrera no se encuentra a sí misma en el movimiento, no simpatiza con él o incluso duda de su éxito, mientras que la minoría, por el contrario, continúa adelante y se esfuerza por empujar a los obreros a la huelga, en este caso esa minoría impaciente puede, en la persona del partido, entrar en conflicto con la clase obrera y estrellarse de cabeza”. 
¿Hay que renunciar a la huelga como forma de lucha? No, no hay que renunciar, sino crear las premisas políticas y organizativas indispensables. 
El restablecimiento de la unidad sindical es una de ellas. La burocracia reformista, naturalmente, no la desea. Hasta la fecha, la escisión le ha asegurado la mejor posición posible. Pero la amenaza directa del fascismo modifica la situación en los sindicatos, con gran desventaja para la burocracia. La aspiración a la unidad crece. La camarilla de Leipart siempre puede intentar, en la actual situación, rechazar el restablecimiento de la unidad: esto duplicará o triplicará la influencia de los comunistas en el interior de los sindicatos. Si la unidad se llega a realizar, tanto mejor: se abrirá ante los comunistas un amplio campo de actividad. ¡Lo que se necesita no son medidas tibias, sino un giro radical! 
Sin una amplia campaña contra la carestía, por la reducción de la semana laboral, contra la disminución de los salarios, sin la participación de los parados en esta lucha, sin la aplicación de la política de frente único, las pequeñas huelgas improvisadas nunca harán al movimiento desembocar en una lucha de conjunto. 
Los socialdemócratas de izquierda hablan de la necesidad, “en el caso de la llegada al poder de los fascistas”, de recurrir a la huelga general. Es muy posible que el mismo Leipart llegue a blandir esa amenaza cuando esté encerrado entre cuatro muros. Die Rote Fahne habla a este respecto de luxemburguismo. Esto es calumniar a la gran revolucionaria. Si Rosa Luxemburgo ha sobrestimado la importancia específica de la huelga general en el problema del poder, ha comprendido muy bien que no hay que llamar arbitrariamente a la huelga general, que ésta es preparada por todo el itinerario anterior del movimiento obrero, por la política del partido y de los sindicatos. En la boca de los socialdemócratas de izquierda, la huelga general es sobre todo un mito consolador que les permite evadirse de la triste realidad. 
Durante muchos años los socialdemócratas franceses han prometido recurrir a la huelga general en caso de guerra. En el Congreso de Basilea de 1912 prometieron incluso recurrir al levantamiento revolucionario. Pero la amenaza de huelga y de levantamiento no era en estos dos casos más que un rayo de opereta. No se trata en absoluto de la oposición entre huelga y sublevación, sino de la actitud abstracta, formal, puramente verbal tanto frente a la huelga como frente a la sublevación. El socialdemócrata bebeliano de antes de la guerra era un reformista armado con el concepto abstracto de revolución; el reformista de posguerra, blandiendo la amenaza de la huelga general, es ya una verdadera caricatura. 
La actitud de la dirección comunista con respecto a la huelga general, evidentemente, es mucho más seria. Pero le falta claridad, incluso en esta cuestión. Sin embargo, la claridad es necesaria. La huelga general es un medio de lucha muy importante, pero no es un remedio universal. Existen situaciones en las que la huelga general entraña el riesgo de debilitar más a los obreros que a su enemigo directo. La huelga debe ser un elemento importante del cálculo estratégico, pero no una panacea en la que se ahogue toda estrategia. 
Hablando en general, la huelga general es el instrumento de lucha del más débil contra el más fuerte, o, más exactamente, del que al comienzo de la lucha se siente más débil contra el que se considera a sí mismo como el más fuerte: cuando, personalmente, yo no puedo utilizar un instrumento importante, intento evitar al menos que se sirva de él mi enemigo: si yo no puedo disparar con un cañón, le arrancaré al menos el percutor. Esa es la “idea” de la huelga general. (el más clasusewitziano de los marxistas se dijo acá NDR)
La huelga general ha aparecido siempre como un instrumento de lucha contra un Estado establecido que dispone de los ferrocarriles, del telégrafo, de las fuerzas militares y policiales, etc. Al paralizar el aparato del Estado, la huelga general, o “asustaba” al poder o creaba las premisas para una solución revolucionaria del problema del poder. 
La huelga general se ha mostrado como un instrumento de lucha particularmente eficaz cuando las masas solamente están unidas por el entusiasmo revolucionario, no permitiéndoles la ausencia de organización y de un estado mayor de combate apreciar el avance de las relaciones entre las fuerzas ni elaborar el plan de operaciones. Podemos pensar que la revolución antifascista en Italia, cuyo inicio será marcado por un cierto número de conflictos localizados, pasará inevitablemente por el estadio de la huelga general. Esta es la única vía por la que la clase obrera italiana, hoy atomizada, cobrará de nuevo conciencia de que constituye una sola clase y podrá medir las fuerzas del enemigo al que tiene que derrocar. 
La huelga general solamente seria una forma adecuada de lucha contra el fascismo en Alemania si este último estuviese ya en el poder y controlase firmemente el aparato del Estado. Pero la consigna de la huelga general no es más que una fórmula vacía si se trata de aplastar al fascismo en su tentativa de apoderarse del poder. 
En el momento de la marcha de Kornílov sobre Petrogrado, ni a los bolcheviques ni a los sóviets en su conjunto se les ocurrió desencadenar una huelga general. En los ferrocarriles, los obreros luchaban por transportar a las tropas revolucionarias y retener los destacamentos de Kornílov. Las fábricas sólo se pararon en la medida en que los obreros debían partir al frente. Las empresas que trabajaban para el frente revolucionario redoblaron su actividad. 
La huelga general no se planteó durante la Revolución de Octubre. En la víspera de la revolución, la inmensa mayoría de las fábricas y los regimientos se habían adherido ya a la dirección del sóviet bolchevique. En esas condiciones, llamar a las fábricas a la huelga general significaba debilitarse a si mismo, y no debilitar al adversario. En los ferrocarriles, los obreros se esforzaban por ayudar a la insurrección; los funcionarios, aun simulando un aire de neutralidad, ayudaban a la contrarrevolución. La huelga general de ferrocarriles no habría tenido ningún sentido; el problema se resolvió con la preponderancia de los obreros sobre los funcionarios. En Alemania, si la lucha estalla a partir de conflictos localizados debidos a una provocación de los fascistas, es poco probable que un llamamiento a la huelga general responda a las exigencias de la situación. La huelga general significaría sobre todo aislar a una ciudad de otra, a un barrio de otro e incluso a una fábrica de otra. Sería más difícil encontrar y reunir a los parados. En esas condiciones, los fascistas, a los que no les falta un estado mayor, pueden ganar cierta superioridad gracias a una dirección centralizada. Es cierto que sus tropas están hasta tal punto atomizadas que, incluso en ese caso, la tentativa de los fascistas puede ser rechazada. Pero ese es ya otro aspeto del problema. 
El problema de las comunicaciones ferroviarias debe ser abordado no desde el punto de vista del “prestigio” de la huelga general que supone el que todos vayan a la huelga, sino desde el punto de vista de su utilidad en el combate: ¿a quién y contra quién servirán las vías de comunicaciones durante el enfrentamiento? 
En consecuencia, hay que prepararse no para la huelga general, sino para resistir a los fascistas. Esto implica crear en todas partes bases de resistencia, destacamentos de choque, reservas, estados mayores locales y centros de dirección, una ligazón efectiva, planes muy sencillos de movilización. 
Lo que han hecho las organizaciones locales en un rincón de una provincia, en Bruchsal y Klingenthal, donde los comunistas junto con el SAP y los sindicatos han creado una organización de defensa, a pesar del boicot de las altas esferas reformistas, es un ejemplo para todo el país, a pesar de sus modestas dimensiones. ¡Oh jefes poderosos, oh estrategas siete veces sabios, sentimos deseos de gritaros: aprended la lección de los obreros de Bruchsal y de Klingenthal, imitadles, extended su experiencia, aprended la lección de los obreros de Bruchsal y de Klingenthal! 
La clase obrera alemana dispone de poderosas organizaciones políticas, económicas y deportivas. Esto es lo que constituye la diferencia entre el “régimen de Brüning” y el “régimen de Hitler”. Brüning no tiene ningún mérito: la debilidad burocrática no es un mérito. Pero hay que mirar las cosas cara a cara. El hecho principal, capital, fundamental, es que la clase obrera de Alemania está todavía en plena posesión de sus organizaciones. La única razón de su debilidad es una utilización incorrecta de su fuerza. Basta con extender a todo el país la experiencia de Bruchsal y Klingenthal y Alemania presentará, un panorama totalmente distinto. En esas circunstancias, la clase obrera podrá recurrir contra los fascistas a formas de lucha mucho más eficaces y directas que la huelga general (una necesidad así podría nacer de un cierto tipo de relaciones entre los fascistas y el Estado), el sistema de comités de defensa constituidos sobre la base del frente único garantizaría por adelantado el éxito de la huelga de masas. La lucha no se detendría en esa etapa. En efecto, ¿qué es lo que hay en el fondo de la organización de Bruchsal y Klingenthal? Hay que saber discernir lo que hay de importante en los acontecimientos menores: este comité local de defensa es de hecho el comité local de los diputados obreros; no se llama así y no tiene conciencia de ello, porque se trata de un pequeño rincón de una provincia. Aquí también, la cantidad determina la cualidad. 
¡Trasladad esta experiencia a Berlín y tendréis el sóviet de diputados obreros de Berlín!

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